Dios nos libera de la adicción

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Bosquejos Biblicos Texto Biblico: Romanos 6:5-6

Tema: Dios nos libera de la adicción

Introducción

Las adicciones nos impiden la libertad del espíritu. Porque cuando pecamos, nos alejamos de Dios y debilitamos nuestras defensas ante la tentación. Cristo vino a esto al mundo, a liberarnos del yugo del pecado. Para libertarnos, se sometió a toda la debilidad, pero sin cometer el pecado. De este modo, nos enseñó cómo resistir, confiados en su ayuda y fortalecidos en su Palabra.

I. Debemos morir al vicio y resucitar con Cristo (vers. 5)

a. Cuando caemos en una adicción, perdemos nuestra libertad como seres humanos racionales y espirituales. Porque la adicción adormece la razón y nos hace actuar por instintos. Cuando tenemos el hábito del vicio, debemos recurrir con mucha fe a Dios para que nos de fuerzas ante la tentación. La ayuda divina nos liberará de las cadenas del pecado, con nuestras fuerzas no podemos hacer nada (1 Corintios 10:13).

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b. El hombre debe pedir a Dios el poder del discernimiento, que nos ayudará a rechazar lo malo y buscar lo bueno. Si no pedimos la luz a Cristo, nuestra naturaleza nos inclinará indefectiblemente al pecado, porque está herida. Dios nos ha creado libres, pero esa libertad se pierde cuando optamos por lo pecaminoso. Porque genera en nosotros una dependencia que nos resta capacidad de elección y libre albedrío (1 Corintios 6:12).

c. Para esto vino Cristo al mundo, se hizo hombre, cargó con nuestros pecados, murió y resucitó. Para liberarnos del yugo del pecado que nos esclaviza. Tenemos que morir al hombre viejo que sólo vive para satisfacer los deseos de la carne. Y tenemos que resucitar con Jesús a una vida nueva, libre de ataduras y en amistad con Dios (Gálatas 5:1).

II. Sirviendo a Cristo dejaremos de servir al pecado (Romanos 6:6)

a. La libertad con la que Jesús nos ha liberado es fuerza espiritual ante la tentación. Cuando Cristo venció al pecado y en el desierto venció a la tentación, nos dio el ejemplo a seguir frente a la ocasión de pecado. Tenemos que estar atentos cuando se presenta una próxima caída, para recurrir de inmediato a la oración y al auxilio del Espíritu Santo. Él nos auxiliará, pero de nuestra parte debemos poner la predisposición a recurrir en busca de su ayuda (Mateo 26:41).

b. La tentación, si es resistida, desaparece. El mal muchas veces es como un perro atado, el cual no nos hará daño si no nos acercamos demasiado a él. Tenemos que buscar la amistad con Dios ante todo, y soportar la invitación del demonio a rendirnos ante la carne. Si le hacemos frente invocando a Dios, la tentación desaparecerá, como desapareció el demonio en el desierto ante la fuerza de Cristo (Santiago 4:7).

c. Las adicciones nos alejan del reino de Dios. Hacen que nuestra alma esté esclavizada y no pueda levantar vuelo hacia el cielo. Porque nuestros sentidos, si no están ordenados, atan el espíritu a lo terrenal y le impiden el acercamiento a Dios. Debemos buscar la luz en la Palabra de Dios, donde encontramos qué cosas nos alejan de Él y nos hacen esclavos (Gálatas 5:19-21).

d. Numerosas serán las ocasiones en que sentiremos que nuestra carne nos tira hacia el mal. Lo importante es reconocerlo y pedir el auxilio divino en esa ocasión. Porque en la humildad del que se reconoce incapaz por sí solo es donde actúa con más fuerza el Espíritu Santo. Con su poder superaremos todas las adicciones, ya que no hay cadena que resista el poder de Dios que vino a liberarnos.

Conclusión

La adicción nos hace perder la libertad como personas racionales y espirituales. Porque el cometer pecado es un mal uso de la libertad con la que fuimos creados. Debilita nuestro espíritu y lo hace más propenso a caer nuevamente al presentarse la ocasión (Juan 8:34).

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Frente a la ocasión debemos reconocer que no podemos solos en la batalla y necesitamos el auxilio divino. Si buscamos en la Palabra, encontraremos el aliento y la gracia para resistir, sabiendo que nada hay más importante que la amistad con Dios (Juan 8: 31-32).

En la oración y en el freno a los deseos de la carne están las bases para el combate espiritual. Pero no hay que confiar en nosotros mismos, sino orar siempre sin cesar para que el Espíritu Santo nos habite y nos inflame con su amor (Mateo 6:13).

© Ricardo Hernández. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Ricardo Hernández

Siervo de Jesucristo.

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