Bosquejos para Predicar
Bosquejos para Predicar Prédica de Hoy: Lo que Dios demanda de nosotros
Bosquejos para Predicar Lectura Bíblica: Romanos 12:1-2
Introducción
En muchas ocasiones nosotros llegamos delante de Dios demandando respuestas para nuestros problemas, pidiendo dirección cuando no sabemos qué camino tomar, buscando provisión cuando las puertas parecen cerradas, y esperando que Él intervenga rápidamente en aquellas situaciones que nosotros no podemos resolver. Sin embargo, con mucha facilidad olvidamos hacernos una pregunta igualmente importante: ¿qué demanda Dios de nosotros?
El evangelio no presenta a Dios como un instrumento para conseguir lo que deseamos, sino como nuestro Señor, nuestro Salvador y aquel a quien pertenece toda nuestra vida. Nosotros recibimos la salvación únicamente por gracia mediante la fe en Jesucristo, pero esa gracia que nos salva también comienza a transformarnos, enseñándonos a vivir de una manera diferente delante de Dios.
Pablo expresa esta verdad cuando nos llama a presentar nuestros cuerpos como “sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Romanos 12:1). La vida cristiana, por tanto, no consiste solamente en pedirle cosas al Señor; consiste también en rendirnos a Él, obedecer su Palabra y permitir que transforme nuestra manera de pensar y vivir.
La palabra griega λογικός (logikos), traducida como “racional” en Romanos 12:1, comunica la idea de aquello que es razonable y consciente. Nuestra entrega a Dios no debe ser mecánica ni superficial, sino una respuesta consciente a las misericordias que hemos recibido de Él (Blue Letter Bible Lexicon Strong’s G3050).
I. Dios demanda una vida completamente rendida a Él
a. Nosotros debemos presentarnos delante de Dios como sacrificio vivo y santo (Romanos 12:1)
Cuando Pablo habla de sacrificio, no está enseñando que nosotros podamos pagar por nuestros pecados mediante nuestras obras, porque el sacrificio suficiente y perfecto ya fue realizado por Jesucristo en la cruz. El apóstol está hablando de nuestra respuesta a la misericordia de Dios: una vida entregada al Señor, disponible para su voluntad y apartada para su propósito.
El verdadero sacrificio cristiano no ocurre solamente durante unas horas dentro del templo; alcanza nuestras decisiones, nuestros pensamientos, nuestras relaciones, nuestro trabajo, nuestras palabras y aun aquellas áreas privadas de nuestra vida que nadie más puede ver.
b. Nuestra obediencia a Dios debe estar por encima de la presión humana (Hechos 5:29)
Pedro y los apóstoles declararon que era necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. Aquella afirmación nació en un momento de presión y oposición, cuando obedecer al Señor tenía consecuencias reales. De la misma manera, nuestra obediencia no puede depender solamente de que sea cómoda, popular o conveniente.
Todos tendremos momentos cuando seguir a Cristo costará algo, quizás aceptación, comodidad, oportunidades o relaciones, pero nuestra lealtad pertenece primero al Señor que nos rescató.
c. Dios demanda santidad en nuestra manera de vivir (1 Pedro 1:15-16)
La santidad no significa que nosotros alcanzamos una perfección sin pecado mientras vivimos en este cuerpo, sino que hemos sido apartados para Dios y ya no podemos tratar el pecado como si fuera algo normal, pequeño o compatible con nuestra comunión con Cristo.
Dios no solamente desea que conozcamos doctrina correcta; Él quiere que esa verdad descienda desde nuestra mente hasta nuestra conducta, porque la fe verdadera inevitablemente comienza a producir una vida diferente.
d. Nuestra fe debe manifestarse con sinceridad aun en nuestras palabras (Santiago 1:26)
Santiago nos recuerda que una apariencia religiosa puede esconder un corazón que todavía necesita ser sometido al Señor. Podemos hablar acerca de Dios, participar en actividades cristianas y conocer muchas expresiones religiosas, pero si nuestra lengua permanece fuera del gobierno de Cristo, existe una contradicción que debemos enfrentar.
La sinceridad espiritual comienza cuando dejamos de aparentar delante de Dios y permitimos que su Palabra examine lo que decimos, lo que pensamos y lo que realmente somos.
II. Dios demanda que permitamos que Él transforme nuestra vida
a. Nosotros no debemos conformarnos al sistema de este mundo (Romanos 12:2)
Pablo establece un contraste directo entre conformarnos y transformarnos. El mundo constantemente intenta colocarnos dentro de su molde, diciéndonos qué debemos amar, qué debemos perseguir, qué debemos considerar aceptable y hasta cómo debemos definir el éxito, pero el creyente no puede permitir que el espíritu de este siglo determine sus convicciones.
Nosotros pertenecemos a Cristo, y por esa razón nuestra manera de pensar debe ser gobernada por la Palabra de Dios y no simplemente por aquello que la cultura considera normal.
b. Nuestra transformación comienza mediante la renovación del entendimiento (Romanos 12:2)
La Escritura nos llama a ser transformados por medio de la renovación de nuestro entendimiento. Esto significa que Dios cambia nuestra conducta al cambiar primero nuestra manera de pensar, porque muchas batallas espirituales comienzan mucho antes de convertirse en acciones visibles.
Cuando nuestra mente es formada continuamente por la Palabra, nosotros comenzamos a reconocer con mayor claridad aquello que agrada al Señor, aquello que debemos rechazar y aquello que antes parecía normal, pero que ahora podemos ver bajo la luz de la verdad divina.
c. La gracia de Dios nos enseña a renunciar al pecado y vivir piadosamente (Tito 2:11-12)
La gracia nunca debe convertirse en una excusa para continuar viviendo como antes. La misma gracia que trae salvación también nos enseña a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, de manera que nuestra vida presente refleje dominio propio, justicia y piedad.
Cuando Cristo salva a una persona, no solamente cambia su destino eterno; comienza también una obra de transformación que toca sus deseos, prioridades y decisiones diarias.
d. Permanecer en Cristo es incompatible con entregarnos deliberadamente al pecado (1 Juan 3:6, 9)
Las palabras de Juan no enseñan que el verdadero creyente jamás vuelve a cometer un pecado, porque el mismo apóstol reconoce anteriormente que los creyentes todavía necesitamos confesar nuestros pecados. Su enseñanza apunta contra una vida caracterizada por la práctica persistente y deliberada del pecado.
Existe una diferencia profunda entre caer y luchar por levantarnos en arrepentimiento, y establecer nuestra residencia espiritual dentro de aquello que Dios condena. La nueva vida recibida en Cristo produce una nueva relación con el pecado.
III. Dios demanda perseverancia en su verdad y obediencia a su voluntad
a. Nosotros debemos ser hacedores de la Palabra y no solamente oidores (Santiago 1:22)
Santiago nos advierte: “sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores”. Escuchar sermones, estudiar la Biblia y conocer doctrina es indispensable, pero ese conocimiento debe producir obediencia, porque podemos llegar a engañarnos pensando que conocer lo correcto equivale automáticamente a vivir correctamente.
La Palabra de Dios funciona como un espejo que revela nuestra condición; cuando el Señor nos muestra algo que debemos abandonar, corregir o comenzar a hacer, la respuesta apropiada no es admirar el espejo, sino obedecer lo que hemos visto.
b. Nosotros debemos perseverar en la doctrina de Cristo (2 Juan 1:9)
Juan no está hablando aquí de caminar hacia una supuesta perfección humana, sino de permanecer dentro de la enseñanza verdadera acerca de Jesucristo. Nuestra fidelidad no consiste en inventar una versión de Jesús adaptada a nuestros deseos, sino en permanecer firmes en el Cristo revelado por las Escrituras.
Una iglesia puede modernizar sus métodos, mejorar sus herramientas y encontrar nuevas maneras de comunicar, pero jamás puede abandonar la doctrina de Cristo sin perder aquello que la convierte verdaderamente en iglesia.
c. Nuestro amor por Dios no puede compartir el trono con el amor al mundo (1 Juan 2:15)
Juan establece una advertencia seria cuando nos dice que no amemos al mundo ni las cosas que están en el mundo. Esto no significa despreciar a las personas ni abandonar nuestras responsabilidades terrenales; significa rechazar aquel sistema de deseos, orgullo y rebelión que intenta ocupar en nuestro corazón el lugar que pertenece exclusivamente a Dios.
El problema comienza cuando algo creado se vuelve más importante para nosotros que nuestro Creador, porque aquello que domina nuestros afectos terminará influyendo también sobre nuestras decisiones.
d. El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Juan 2:17)
Todo aquello que el mundo promete tiene fecha de vencimiento, aunque durante un momento parezca brillante y poderoso. Las riquezas pasan, la fama desaparece, las generaciones cambian y nuestros logros eventualmente quedan atrás, pero la voluntad de Dios permanece.
Por eso nosotros necesitamos preguntarnos con frecuencia si estamos construyendo nuestra vida alrededor de aquello que desaparece o alrededor de aquello que tiene valor eterno.
IV. Dios promete fruto eterno a quienes permanecen en Cristo
a. Permanecer en Cristo nos permite esperar su venida con confianza (1 Juan 2:28)
Juan exhorta a los creyentes a permanecer en Cristo para que podamos tener confianza cuando Él se manifieste. La esperanza de la venida del Señor no debería producir indiferencia espiritual, sino una vida vigilante, fiel y preparada.
Nosotros no sabemos cuándo veremos al Señor, pero sí sabemos cómo debemos vivir mientras esperamos: permaneciendo en Él, obedeciendo su Palabra y caminando cada día bajo su gracia.
b. La vida eterna se encuentra únicamente en Jesucristo (Juan 6:40)
Nuestra obediencia jamás compra la vida eterna, porque la salvación descansa exclusivamente en Jesucristo. Él es quien salva, sostiene y promete resucitar a quienes creen en Él, por eso nuestras buenas obras no son la raíz de nuestra salvación, sino el fruto visible de una vida que ha sido alcanzada por la gracia.
Nosotros obedecemos porque hemos sido amados, perdonados y reconciliados con Dios mediante Cristo; no obedecemos intentando comprar aquello que solamente la cruz podía conseguir.
c. Podemos tener confianza delante de Dios cuando permanecemos en su amor (1 Juan 4:17)
El creyente no necesita vivir aterrorizado ante el juicio como quien todavía permanece bajo condenación, porque nuestra seguridad descansa en la obra de Cristo. Sin embargo, esa seguridad tampoco produce descuido espiritual; al contrario, nos mueve a permanecer cerca del Señor y a vivir de una manera consecuente con la gracia que hemos recibido.
d. Todos nosotros daremos cuenta de nuestra vida delante de Dios (Romanos 14:10-12)
Pablo nos recuerda que compareceremos delante del tribunal de Cristo y que cada uno dará a Dios cuenta de sí. Esta verdad no significa que nosotros podemos ganar nuestra justificación por medio de obras, sino que nuestra vida cristiana tiene peso, responsabilidad y consecuencias delante del Señor.
No fuimos salvados para vivir distraídos, indiferentes o espiritualmente dormidos. Fuimos comprados por precio, pertenecemos a Cristo, y cada día que recibimos constituye una oportunidad para honrarlo con aquello que somos.
Conclusión
Muchas veces nosotros preguntamos: “Señor, ¿cuándo vas a responderme?”, pero quizás también necesitamos preguntarnos: “Señor, ¿qué estás demandando de mí mientras espero tu respuesta?”. Dios ciertamente escucha nuestras oraciones, conoce nuestras necesidades y permanece fiel a sus promesas, pero también nos llama a una vida rendida, santa, obediente y transformada.
Lo que Dios demanda de nosotros no es una religión vacía que se limita a unas pocas horas durante la semana. Él desea nuestro corazón, nuestra mente, nuestro cuerpo, nuestras decisiones y nuestra voluntad. Nos llama a vivir en obediencia a Dios, crecer en santidad cristiana y someternos diariamente a la voluntad de Dios.
Entonces la pregunta final no es solamente qué esperamos nosotros recibir de Dios, sino qué parte de nuestra vida todavía estamos reteniendo cuando Él ya nos ha llamado a entregarla. Si Cristo entregó su vida por nosotros, nuestra respuesta razonable es colocar la nuestra completamente en sus manos.
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