¿Donde esta el prójimo?

Estudios Biblicos… Predicas Cristianas

“…amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová…” Levítico 19:18

He trabajado durante más de treinta años con personas ciegas. Se de sus sufrimientos, sus anhelos y frustraciones. He aprendido a “ver” el mundo desde su perspectiva, casi sentir en carne propia la condición de rechazo y discapacidad a la que se enfrentan.

Mucho o poco ha hecho la sociedad por ellos, particularmente los educadores y rehabilitadores, mas aún no se ha alcanzado la tan acariciada meta: integrarse plenamente en la vida laboral y ser aceptados como individuos capaces de valerse por sí mismos, no merecedores de lástima sino de comprensión por parte de los que tienen vista.

Esta situación de menosprecio o subvaloración como personas no es privativa de los ciegos, sino que de la mayoría de las personas con discapacidad y quienes en alguna medida son diferentes al común de la gente. Tanto nos cuesta aceptar al otro, al que piensa distinto, al que camina de otra manera, al que le falta un miembro de su cuerpo, al que no siente como nosotros.

Nos decimos una “cultura cristiana”, sin embargo al relacionarnos con aquellos que presentan alguna diferencia de raza, color, cultura, etc., somos intolerantes e incapaces de aplicar aquello de que “el amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.

Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. ¿Es acaso esta una palabra para los discapacitados? A ellos le exigimos que tengan paciencia, tolerancia y amor hacia Dios y los hombres, mientras nosotros seguimos siendo intolerantes, despreciativos, indiferentes, o bien nos damos el lujo de una caridad mensual o anual para alivianar nuestra conciencia cristiana.

Pareciera que hemos olvidado aquella igualdad que tenemos los hombres y mujeres frente a Dios, como iguales somos los cristianos entre nosotros y frente a nuestro Salvador y Señor; concepto que tan claramente expone Pablo en Gálatas 3:28, cuando asevera que “ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús“.

Podríamos agregar -sin ánimo de adulterar la Palabra de Dios- ya no hay ciego ni vidente, inválido ni normal, deficiente mental ni inteligente; porque todos somos iguales, con los mismos derechos y deberes a la vida en Dios.

LAS RAZONES DE DIOS

En mi experiencia profesional y ministerial he palpado que la solución para la discapacidad está más allá de las técnicas y métodos que se utilicen. En verdad hay una voluntad de Dios expresada en la misma existencia de la discapacidad, la cual se aprecia muy claramente en aquel pasaje en que Juan nos relata:

Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo.” (Juan 9:1-5)

La natural inclinación del ser humano, por su naturaleza legalista y porque siempre queremos darle una explicación a todas las cosas, en especial a los sufrimientos; es buscar culpables y señalar culpabilidades. Algún grave pecado contra la Ley de Dios debe haber cometido este hombre o sus padres, que hoy se encuentra ciego o sordo o con SIDA.

Buscamos maliciosamente, escarbamos en la herida, muchas veces nos acercamos curiosos al que sufre, más que para ayudarle, para conocer su maldad. Sin embargo el Maestro nos dice misericordioso: por ninguna de estas razones, sencillamente Dios lo permitió para que ahora se manifieste su gran Amor.

Tal como Jesús, nosotros los cristianos estamos aquí entre los que sufren cegueras y sorderas de todo tipo, no para culparles sino para sanarles.

Una sanidad que comienza por el anuncio del Evangelio y termina con la completa restauración espiritual de la persona. Si aquel hombre o aquella mujer recuperan su vista o se incorporan de su silla de ruedas, es asunto de Dios; mas sí abrirán sus ojos a la Luz y podrán cruzar la Puerta y movilizarse en el Camino que es Jesucristo, Verdad y Vida.

Él dijo “Yo soy la luz del mundo”, pero también señaló “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.” Es misión de todo cristiano iluminar su entorno con obras de amor, nacidas de un corazón regenerado por el Espíritu Santo. Recordemos lo que San Pablo asegura en Efesios 2:10Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas“.

Jesús decía que cumpliría su misión diligentemente mientras durase el día, su momento. Asimismo para nosotros hay una oportunidad de servir al que sufre, hay un tiempo de anunciar el Reino de Luz de Jesucristo, hay una corta vida en la cual debemos cumplir nuestro trabajo de sanidad espiritual, hemos sido puestos en un lugar y en una época para extender nuestra mano y nuestro corazón al necesitado.

Luego vendrá la noche, ya sea para cada uno el tiempo de dormir en el Señor o cuando sobrevenga sobre este mundo aquella noche espiritual que será el tiempo de tribulación, cuando la Palabra de Dios sea pisoteada o quitada de esta sociedad. Hoy es tiempo de servir.

EL ESPEJO DE LA LEY

San Lucas en uno de los evangelios más humanitarios, quizás porque su autor es de profesión médico, quizás por su cercanía al gran apóstol Pablo; en el capítulo 10, versículos 25 al 42, relata la parábola del buen samaritano. Comienza diciendo: “Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? El le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquel, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; has esto, y vivirás.”

La intencionalidad del legalista intérprete es probar cuan apegado a la escritura es Jesús. Su pregunta no es para saciar un hambre de conocimiento espiritual, sino para pesar a este maestro que es seguido de tanto pueblo. Jesús, conocedor del alma humana, le responde con la misma ley de Dios, que el judío dice defender. “¿Qué está escrito en la ley?” le pregunta.

Casi irónicamente, como insinuando ignorancia en su interlocutor, le insiste “¿Cómo lees?” La respuesta es simple y profunda. El intérprete de la ley la sabe, pues se encuentra en Deuteronomio 6:4,5 y Levítico 19:18: a) amor integral a Dios con todas las potencias de nuestro ser; b) amor al prójimo como si fueran extensión nuestra y c) amor a sí mismo, que no es egolatría sino una justa apreciación del ser que Dios nos ha regalado.

También conoce la promesa de vida que trae el cumplimiento de tal ordenanza (Deuteronomio 30:15,16), pero en su fuero interno sabe que el disfrute de ella sólo es posible por el absoluto cumplimiento de la triple norma de amor. Así es que nuestro buen judío se encuentra, como dice mi mujer “en un zapato chino”: conoce la ley de Dios y anhela la promesa de vida eterna, mas sabe en su corazón que no puede gozarla sin cumplir a cabalidad con el amor. ¿Qué hacer?

Jesús no le dice la solución, sólo lo enfrenta a su propia ley, a su incapacidad, a su culpa ante Dios, en un plan magistral que conduce a cualquier ser humano a una derrota total y a la entrega al Salvador. De lo contrario permanecerá en las normas y se esforzará toda una vida por agradar a Dios cumpliendo su ley, unas ordenanzas que la naturaleza humana no puede satisfacer por sí sola.

DIVINA IRONÍA

Continúa contando Lucas que el judío “queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole pasó de largo.

Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo de lo pagaré cuando regrese.”

Acerca de Iván Tapia

Pastor de Iglesia Cristiana Discípulos de Jesucristo. No funcionamos en un templo sino en el hogar de nuestros pastores. Cada domingo, a las 17 horas, nos reunimos en la capilla de la casa-iglesia para celebrar el culto a Dios.

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