Valores cristianos – Parte II

Estudios Biblicos… Predicas Cristianas

VIENE DE LA PRIMERA PARTE

  •  Respeto:

Cuando se habla de este valor se tiene que decir que implica marcar los límites de las posibilidades a la hora de hacer o no hacer de cada quien y de dónde comienzan las posibilidades de acción de los demás. También se refiere a una forma de reconocimiento, de aprecio y de valoración de las cualidades que tienen otros, bien sea por su conocimiento, experiencia o valor como personas.

En el evangelio de Mateo capítulo 8 versos 5 al 13 encontramos el pasaje que nos relata el encuentro de Jesús con un centurión romano, quien vino a solicitarle sanidad para uno de sus criados.

Lo importante de resaltar aquí son dos cosas:

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• Un centurión romano era para aquella época un militar de alto rango dentro de las filas del ejército; en términos comparables hoy en día a lo que sería un capitán o un comandante. Con esta jerarquía que lo distinguía, es notable que no escatimara como poco denigrante el buscar al Maestro para pedirle ayuda para uno de sus subalternos.

• A pesar de su alta investidura militar, admitió que la soberanía de Jesús para lidiar con las enfermedades podía trascender el tiempo y el espacio. Reconoció que la autoridad de Jesús en materia de sanidad era semejante a la autoridad que él mismo como militar ejercía en las filas centurias.

Por un lado, el centurión respetó la integridad y la condición humana de su criado aunque fuera inferior a él en rango, y reconoció al mismo tiempo, la autoridad de Jesús como sanador.

No importa cuál sea tu posición social o económica, o si tienes muchos títulos académicos en tu haber, el respeto al prójimo es una manifestación de aceptación y de reconocimiento del otro como tu semejante que en nada tiene que ver con la discriminación.

¿Un padre puede ofender a su hijo solo porque es su padre? ¿O un alumno tiene el derecho de insultar a su maestro porque no le agrada?

Mis derechos comienzan donde empiezan los de la otra persona. Eso es respeto.

  • Lealtad:

Es un valor que nos pone en el siguiente punto de reflexión:

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A nadie le gusta ser traicionado, o saber que un amigo habló mal de nosotros. Así que, se vuelve un compromiso el defender lo que creemos y en quién lo hacemos. La lealtad supone estar con alguien a quien llamamos amigo, tanto en las buenas como en las malas.

El mejor ejemplo de esto que encontramos en la biblia es el que nos cuenta la hermosa amistad entre David y Jonatán.

En el libro de 1 Samuel capítulo 20 versos 12 y 13 leemos acerca de la determinación por parte de Jonatán de ayudar a David su amigo por encima de la sentencia de muerte que pesaba sobre su cabeza por mandato de Saúl su padre.

Jonatán era hijo del por aquel entonces, rey de Israel, y cabría suponer que su lealtad estaría inclinada hacia su padre por asunto de familia y lazos sanguíneos, pero en lugar de eso, abrazó la amistad con David porque sin importar el vínculo familiar, Jonatán reconoció que el mal proceder de su padre no podía ser avalado ni justificado para atacar a un inocente. En especial, cuando esté inocente, era su mejor amigo.

La lealtad es el valor sobre el cual se apoya la confianza. Puede ser muy resistente cuando es genuina en la persona pero si es fingida y no tiene profundidad hundirá esa confianza, y luego de rota no puede ser reparada, porque la confianza es un vaso de cristal que si lo vuelves a juntar después de haberse hecho pedazos siempre dejará al descubierto todas sus fisuras y heridas.

La lealtad se aproxima al valor de la responsabilidad, porque cuando de verdad te comprometes a desarrollar una tarea, tu lealtad hacia la meta o el objetivo a alcanzar será la que te impulse a cumplir con tu deber a pesar de lo que sea.

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¿Qué tan leal serías a Dios si en el momento de la prueba te separaras de él? Ciertamente, él sobreviviría sin ti, pero, ¿tú podrías hacerlo sin él?

  • Gratitud:

Es turno de hablar de un valor que pasa fácilmente olvidado por debajo de la mesa, debido a su carácter tácito. La gratitud implica algo más que pronunciar unas palabras de manera automática, es lo que responde a aquella actitud que proviene del corazón en aprecio por lo que alguien más ha hecho por nosotros. El agradecimiento no tiene que ver con pagar una deuda, sino en reconocer la generosidad ajena.

El pasaje que está en el evangelio de Lucas capítulo 17 versos 11 al 19 nos relata la historia de cómo diez (10) leprosos tuvieron su muy particular encuentro con Jesús y cuando él les concedió el milagro de la sanidad de sus cuerpos, la alegría de verse limpios y con la posibilidad real de poder volver a ser parte de la sociedad, pareció haberles borrado todo rasgo de gratitud de la mente y del alma, porque de los diez que fueron camino de ser evaluados por el sumo sacerdote para que les diese el alta como reintegrados sanos, sólo uno tuvo el valor de regresar a Jesús al verse sano y agradecerle por aquella maravillosa obra que había ocurrido en su vida.

La gratitud se trata de reconocer el bien que has recibido de alguien más, no de devolverle el favor, porque eso sólo demostraría tu molestia por sentirte en deuda y tener que pagarlo.

La gratitud como el amor son dos de las cosas que con más facilidad olvidamos demostrar porque tendemos a creer erróneamente que ya todo el mundo las conoce y en ese sentido, “no se necesita” hacerla visible pública.

La falta de gratitud denota un desdén por el bien recibido, así como el no decir un TE AMO sentido en el momento justo, deja entrever tu poco interés por esa persona que dices o piensas que te importa.

La gratitud es un valor que necesita exhibirse en como actúas y no sólo en lo que dices. Después del sacrificio de Cristo en la cruz, se podría pensar que todo aquel que conociera de ello correría inmediatamente a sus pies arrepentido por los pecados cometidos, pero en lugar de eso, nos pasamos la vida ignorando su presencia y viviendo como nos parece en lugar de como nos conviene, haciendo a un lado lo que él hizo por nosotros; dejando en claro que la gratitud no forma parte de nuestros valores.

  • Perdón:

Este valor en particular no tiene muchos adeptos practicantes. Irónicamente, es uno de los más demandados, ya que dada la tendencia humana a fallar y herir al prójimo en más de una oportunidad, recurrimos a la búsqueda del perdón como nuestro pase de salida del limbo amargo de la culpa.

Cuando hablamos de perdón hablamos de los sentimientos que se ven involucrados en la partida. La mayoría de esos sentimientos nos impiden vivir plenamente, porque se hace necesario pasar por alto esos detalles pequeños que nos incomodan, para alcanzar la alegría en el trato diario con familia, amigos, conocidos y demás personas que interactúan con nosotros.

Perdonar se vuelve un acto indispensable para quienes nos han ofendido; se trata de un acto voluntario que denota grandeza, disculpando interiormente las faltas que han cometido otros.

El capítulo 24 de 1 Samuel nos muestra a un David que tuvo la oportunidad de acabar con la vida del hombre que procuraba su muerte, pero no lo hizo, sino que le perdonó.

No se niega que cuando somos heridos, ofendidos y maltratados, otorgar el perdón, nos supone una tarea cuesta arriba porque implica entre otras cosas deponer el dolor y brindarle una nueva oportunidad a esa otra persona. Quizás para que nos lastime de nuevo.

La actitud de perdonar según piensan algunos, demuestra debilidad y hasta cierta estupidez por parte de quien se atreve a ejercerla, pero en realidad, es todo lo contrario. Perdonar es de hecho, uno de los actos más difíciles de ejecutar por parte del ser humano, porque cuando las emociones y los sentimientos lo impulsan, el ser humano puede hacer lo que sea, pero cuando llega el momento de otorgar el perdón, se interponen el orgullo y la razón.

Por lo general, el uso de la razón es de gran ayuda y libra de muchos males, pero cuando se aplica a la dádiva del perdón resulta por demás inconveniente.

El perdón sólo puede ser otorgado por la persona que ha sufrido la falta, lo que significa que es esa persona quien tiene el poder en sus manos de liberar o condenar a su ofensor.

Mientras el ofendido no otorgue el perdón mantendrá vivo el dolor que le fue causado y por lo tanto, seguirá sosteniendo un vínculo con su agresor. Otorgar el perdón significa la liberación por parte de ambos, ofensor y agresor, de ese episodio doloroso que no les permite avanzar.

Perdonar nos acerca más a Dios porque escrito está: “y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” (Mateo 6:12). El perdón es un don propio de Dios, pero se plació en otorgárnoslo y enseñárnoslo para que la humanidad pudiese ser salvada. En la cruz de calvario nos otorgó el perdón por nuestros pecados, pero cuando decidimos bautizarnos en su nombre le decimos a Dios que aceptamos ese perdón.

Tu capacidad de perdonar será un indicador de cuánto de Dios has permitido ingresar en tu vida.

CONCLUSIÓN

Cada valor cristiano debe estar presente en nuestras vidas. Todos y cada uno se conectan entre sí. Un hijo o hija de Dios que haya madurado verdaderamente en el evangelio no estaría completo si deja de lado uno o más de estos valores.

Ante el mundo, somos cartas abiertas. Estamos expuestos de continuo a la evaluación, análisis y crítica de todos los que nos rodean. Como embajadores de Cristo en la tierra tenemos un doble deber y compromiso de cuidar nuestro testimonio, ya que a través de él ofrecemos una imagen y una reputación que no sólo nos atañe a nosotros sino que también afecta el nombre de Dios y de su iglesia.

Como el niño rebelde que hace travesuras, es el creyente irresponsable que descuida practicar estos valores, cuando comete la falta, no sólo pone en entredicho su propio carácter sino que también, perjudica el testimonio de sus padres. Puesto que, se dice de él: “¿Qué clase de padres tiene que no lo saben educar para que se comporte?”

Asimismo sucede con el creyente cuyas malas acciones y práctica continua de los antivalores salpica de críticas negativas aquello que supuestamente representa, esto es Dios y el evangelio.

Cuidemos pues, que nuestro proceder diario en nuestras vidas, tanto dentro como fuera de la iglesia no sea causa de vituperio para la obra de Dios, porque no seremos tomados como inocentes si de forma premeditada actuamos sin ningún tipo de temor para con Dios y los hombres.

Ejercitémonos, en la práctica constante de estos valores, porque nos ayudarán en nuestro crecimiento espiritual y personal.

Dios te bendiga.

Redactado por: Emily Sánchez

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