La Cruz y la Salvación

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¿Debemos aun hablar de cruz o de las crucifixiones de siglos pasados, hoy en pleno siglo 21? ¿O debemos de abordar estos temas solo en tiempos de la semana mayor o tal vez para propósitos evangelísticos? ¿Por qué no hablar de paz, de justicia, de amor y no de un instrumento de deshonra y humillación como lo fue la cruz entonces?

Porque fue precisamente en una cruz en donde “La justicia y la Paz se abrazaron” y la mayor manifestación de amor fue mejor expresada. Hablamos de la Justicia Divina, de la Paz con Dios por efecto de esta Justicia y del profundo y Eterno Amor que el Padre Celestial allí nos mostró. Debemos hablar entonces de la Cruz de Cristo.

Pero, ¿qué podemos decir nuevo al hablar de ella? Seguramente, pensaran algunos, estaríamos siendo únicamente redundantes, pero no, no si consideramos a los nuevos creyentes y su necesidad de conocer la trascendencia de la muerte del Hijo de Dios (Jesús de Nazaret), al tiempo que llevamos información algo fresca de algunos hallazgos interesantes en relación a este sistema inhumano de ejecución.

Se han conocido aspectos interesantes en el modo en que Jesucristo fue crucificado, uno de ellos es llegar a saber que los romanos acostumbraban a realizar ejecuciones en bloque, o por tipos de delitos, de donde se cree que los malhechores crucificados a ambos lados de Jesús, no eran en realidad ladrones sino, sediciosos o “revolucionarios” en virtud de la palabra griega usada por el evangelista a referirse a ellos como “lestes”, y que al igual que con el Nazareno, sus causas eran de corte “político” ya que su sentencia estaba bien establecida en el letrero que se le colocó en su cruz, INRI: Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos.

Sin embargo, el significado más importante de la muerte de Cristo en la Cruz es, y será siempre, que por medio de este hecho, Dios nos concedió el derecho al perdón de los pecados y el llegar a ser hechos templos de su Santo Espíritu, tal como lo expresó el Apóstol en su primer discurso de Pentecostés,: “Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” Hechos 2:38.

No nos importe cuantas veces hemos hablado, repetido, predicado acerca de la Cruz, probablemente lo hemos hecho tanto que parecemos locos repitiendo siempre lo mismo, pero quizá en parte por esto es que el Apóstol Pablo llama a la predicación “locura”, pero la verdad es que todavía es necesario insistir en ello, ya que constituye la esencia de la fe cristiana.

El evangelio es en sí una muy buena noticia, y claro que lo es, veamos el tamaño de los beneficios: la llegada de la Era Del Espíritu nada más y nada menos que por el perdón o absolución de toda culpa, y hablamos de la real culpa de nuestros hechos y obras, y no a al sentimientos de culpa, ocasionadas por el baja autoestima o el hecho de creer que todo lo hacemos mal, no es a esta culpa de la que estamos hablamos, sino a la que en la conciencia se refiere por el haber quebrantado la Ley de Dios, el haber ofendido al creador con nuestros actos, esta que las escrituras llaman pecado.

La realidad es que el pecado aleja al hombre de Dios y le endurece el corazón de tal manera que aunque no se esté muy consciente de ello, nacemos rechazando a Dios y aborreciendo al prójimo, y si rechazando a Dios, que aunque suene extraño es toda una verdad desconocida por el propio ser humano pero sí bastante manifiesta en el andar de cada uno que no toma en cuenta a Dios en la toma de sus decisiones, en su continuo mal andar e ignorándole continuamente en la continua iniciativa de Él en señales, alerta y llamamientos que a lo largo de la vida nos hace para despertarnos del engaño de la vida y el pecado.

Ese engaño que te hace creer que estarás y vivirás para siempre, que la vida es una sola y es para gozarla, o que aun soy muy joven para estar siguiendo a Dios, que algún día cuando sea adulto o más viejo lo haré, y es que nacemos así con esta condición y esto es lo que llamamos pecado original, el cual nos vino heredado por ser descendientes del primer hombre que pecó, Adán, y de él recibimos esta naturaleza ya viciada y contaminada, y no creamos que toda la culpa la tiene Adán, porque lo que nos condena no es solamente esta, sino la que ignoramos, la nuestra propia, la de nuestro pecados personales; del primer ser humano recibimos la corrupción de la naturaleza, pero la culpa y condenación nos la labramos nosotros mismos.

¿Apreciamos ahora con mayor claridad la verdad absoluta de la necesidad del perdón de nuestros pecados y cómo es que el evangelio es la mejor noticia que podemos recibir?

Solo así es que podemos recibir perdón de pecados y al Santo Espíritu de Dios, y este es el regalo más grande que el ser humano pudo recibir, pero era necesaria la purificación o limpieza de nuestras conciencias a través de Cristo Jesús para llegar a ser templos vivos de Dios.

Muchos podrían pensar que si lo que se necesitaba era simplemente el perdón de nuestros pecados, por qué Dios no nos lo dio como beneficio común de toda la raza humana sin mayores complicaciones, es por eso que es necesario predicar mucho de Jesucristo y el sacrificio en la Cruz, para que la vedad del evangelio y la necesidad de la salvación sea entendida.

Dios no dramatiza respecto la situación ni nada, no se trataba de solo enojo o disgusto grande el suyo, tenemos que necesariamente sentarnos a considerar la gravedad de nuestros delitos y pecados.

Todo acto de perdón tiene como eje central al ofendido no al ofensor, poco hace el que suplica perdón o da una excusa, y este tiene derecho alguno de esperar el ser perdonado, no importa si realiza la más grande suplica o muestra signo del mayor arrepentimiento, esto no favorece en nada, debe haber un argumento verdaderamente valido que se tiene que presentar y no todo pecado lo tiene; ¿qué puede decir por ejemplo el asesino de un niño? (que hoy los hay por millones), esto sin hablar del enorme un genocidio el que se comete cuando se legaliza el aborto.

¿Existe argumento para ello? ¿Y el que viola a una niña, niño o anciano? ¿Cómo se borraría eso? ¿Y el que comete desfalco, como se repara la confianza depositada? ¿Y el adulterio? ¿O la calumnia, la soberbia manifiesta, el egoísmo expresado; la vanidad descubierta, el irrespeto notado, la codicia oculta, y cuanto acto de maldad disimulado en hipocresía? ¿En el despojo de bienes y privilegios? ¿En el plagio intelectual? en fin en todo tipo de pecado conocido o no, consciente o inconsciente, la lista pudiera ser más grande aún; pero a pesar de todo esto Dios nos ofrece perdón a través de su hijo Jesucristo.

¿Hay otra forma de que el pecado fuera perdonado?, pues resulta que no la hay, esta resulta ser la única posible, y podemos entenderlo por la pregunta y suplica de Jesucristo antes de su sacrificio, él oraba: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa” Tres veces oró y la respuesta fue siempre la misma, ¡No era posible! “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”, fue su acatamiento final Lucas 22:42.

Qué trascendental es la cruz, era la única manera de traer el perdón total del pecado, no podemos ni siquiera imaginar otra manera, y cuidado, que Dios amaba y ama en gran manera a Jesucristo, pero más nos amó a nosotros que lo entrego por nuestro bien (Juan 3:16).

Todo esto estaba anticipado y dibujado en la Ley De Moisés, es por ello que es llamada la sombra y figura de lo que vino después. ¿Y que fue lo que vino?, la gracia y la verdad, “Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de JesucristoJuan 1:17.

La salvación es un acto de redención Divina, y en la cruz fue pagada la deuda que la humanidad tenía, el precio de nuestra libertad fue comprada con la sangre de Cristo, pero, ¿a quién fue pagada?, precisamente a la Ley, pues como dice la Escritura: “Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión.” Hebreos 9:22, pero quien dio la Ley fue Dios mismo, de manera que volvemos a la dificultad de comprender mejor todo este asunto de por qué fue necesaria la cruz, ya que la ley habla solamente de derramamiento de sangre (de la sangre de una víctima pura), y la única sangre pura fue, es y será únicamente la de Jesús, por eso fue llamado por Juan el Bautista, “El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo Juan:1:29.

La ley no habló de la necesidad de una cruz, y los judíos no crucificaban a nadie, no les era permitido, pero Dios el Padre aceptó el sacrificio, decir lo contrario sería negar la fe, solo queremos aclarar el asunto no entrar por reductos teológicos.

La ley nos proveyó de la lógica de las instituciones y estatutos Divinos, y es tan solo un marco referencial imprescindible que validaría el método salvífico usado por Dios, esta lógica nos habla de la necesidad de una víctima sustitutiva e inocente sobre quien recaiga la culpa y el castigo consecuente y todo el asunto se centra en la persona del Cordero de Dios.

Pero Jesús fue siempre inocente y su sufrimiento duro pocas horas, no obstante el pecado ha estado ofendiendo siempre a Dios, y su Majestad ha sido siempre pisoteada por nuestros pecados y los del mundo; en consecuencia la cruz era necesaria para satisfacer la justicia a Dios y devolverle su deseo primario de vivir en paz y amor con todos sus hijos despejando toda ira en Él una vez satisfecha su perfecta justicia.

Ahora bien, no hemos aclarado todo el asunto, hemos afirmado que la muerte sustitutiva de una víctima inocente, es aceptada por Dios, tal como lo expresó bien en la Ley de Moisés y constituye a la cruz como un hecho valedero y consumado por Dios y que esto sirve como argumento suficiente para concederle a todos los creyentes el perdón de todos sus pecados, si creen en este acto y a partir de ese momento de fe deciden seguirle en obediencia.

Ante esta evidencia presentada, no nos queda más que insistir en la necesidad de afirmar, que sin la cruz de Cristo, no hubiese llegado el perdón de los pecados y el don supremo del espíritu no hubiera llegado al pueblo de Dios, que ha llenado de beneficios incontables a estos, creando un nuevo hombre, que implica la imagen de Cristo y no la de Adán, es decir, un hombre que conozca desde sus adentros la Voluntad Divina, pues esta voluntad está escrita en su corazón (Jeremías 31:33), impulsado también por el Espíritu a vivir un tipo de vida centrada en la nueva realidad que trajo consigo la llegada del Espíritu Santo a sus vidas, creando un templo verdaderamente amoldado al diseño Divino, un templo que somos nosotros los creyentes, manifestando una realidad no vivida ni siquiera en los mejores tiempos de la Ley.

No nos cansaremos pues en hablar de la cruz de Cristo, y animamos a todo creyente a avergonzarse de ninguna manera de esta salvación lograda de esta victoria total de Jesucristo sobre sus enemigos: el mundo, el maligno y la naturaleza carnal humana.

Sabemos que no es una doctrina o temática popular hoy en día, ya que muchos están inclinados a hablar de otros temas, quizá menos engorrosos, y aunque no pretendemos haber agotado el tema en su más pequeña manifestación, simplemente nos veremos siempre obligados a referirnos a Cristo como Señor, a causa de haber gustado la muerte por todos los hijos de Dios.

Ya lo sabe bien satanás y sus demonios, que lo que ellos llegaron a creer que sería su mayor victoria sobre Jesucristo, Dios la convirtió en la victoria mejor ganada en el mundo, en donde se decidió el destino de millones de seres humanos, la victoria de Cristo en la cruz.

Redactado por: Erick Principal

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