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Cristo, la Ley y la Gracia – Parte II

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“……La Ley por medio de Moisés fue dada, pero la Gracia y la Verdad vinieron por Jesucristo…..” Juan 1:17.

Juan nos indicó que el Unigénito del Padre, El Verbo “…fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad…”, Juan 1:14, precisándonos que estos dones (la gracia y la verdad) llegaron a los creyentes directamente de la fuente de donde emanan: de Cristo.

Esto es demasiado distinto al caso de Moisés, quien al igual que Cristo fue también mediador, pero de aquel Pacto de La Ley, y que nada dio de suyo sino que todo lo que oyó, vio o se le ordenó, y lo hizo como un fiel siervo de la casa, mientras que Cristo es hijo sobre su casa, heredero de todo.

Es conveniente el haber aclarado esto, por cuanto esta cita de Juan 1:17 es usada para sostener que no hubo Gracia Divina bajo el Antiguo Convenio o que no existe ley bajo el Nuevo, lo cual es el resultado directo de no comprender que la revelación de Dios, que es progresiva, siempre vino a la par con sus hechos salvíficos.

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Ya Dios había dado a conocer a los hombres de su Gracia en el ejemplo del patriarca Abraham; está bien establecido en las escrituras que Abraham le creyó a Dios “...y le fue contado por justicia…” Génesis 15: 6, y que “…el justo por la fe vivirá”, Habacuc 2:4, de manera tal que “…sin fe es imposible agradar a Dios” Hebreos 11:6a.

Este proceder de Dios, que constituye la base de su Pacto con Abraham, es muy bien llamado: Pacto de Gracia, porque en el mismo solo por la fe obtenemos la justicia que complace a Dios.

Esta justicia es básicamente el perdón de los pecados según nos lo indica Pablo en su bien conocida argumentación al respecto en la epístola a los romanos capitulo cuatro donde no solo cita el ejemplo de Abraham sino también, el ejemplo del rey David cuando este habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo:

“…Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, Y cuyos pecados son cubiertos.; Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado…..” Salmo 32:1.

Por esta razón fue imprescindible que la sangre de cristo fuera ofrecida para perdón de los pecados.

Abraham creyó a las promesas que le hizo Dios y fue Justificado por su fe en tales promesas, este fue siempre el método de Salvación Divina usado para salvar a creyentes bajo la Antigua Alianza y para hoy en día, de igual modo se exige la misma fe, pero esta vez no en promesas sino en los hechos consumados de la muerte y resurrección de Jesucristo.

El Pacto Abrahamico no es un simple corolario, sino el Gran teorema de la Salvación. Porque Dios:

  • “…Ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham”, Hebreos 2:16
  • “…No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de IsraelMateo 24:24
  • “…Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él (Saqueo) también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” Lucas 19:9-10
  • “…A Abraham fueron hechas las promesas y a su descendencia…”, Gálatas 3:16
  • “…Socorrió a Israel su siervo, Acordándose de la misericordia de la cual habló a nuestros padres, para con Abraham y su descendencia para siempre…” Lucas 1:55
  • “…Bendito el Señor Dios de Israel, que ha visitado y redimido a su pueblo, y nos levantó un poderoso Salvador en la casa de David su siervo, como habló por boca de sus santos profetas que fueron desde el principio; Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron; Para hacer misericordia con nuestros padres, y acordarse de su Santo Pacto; del juramento que hizo a Abraham nuestro padre, que nos había de conceder que, librados de nuestros enemigos, sin temor le serviríamos en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días…” Lucas 1:68-75.

El Pacto Abrahamico le otorgaba a Dios el derecho de ir a rescatar a su pueblo de la opresión faraónica, porque su cláusula fundamental dice:

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“…Estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti. Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos…”, Génesis 17:7-8

Este Pacto serviría de riel por donde transitarían los 2 pactos de las dos únicas dispensaciones de que habla la Biblia: El Pacto Sinaítico o Pacto de la Ley y el Nuevo Pacto o Pacto Eterno.

En Gálatas 4: 22-31 el apóstol Pablo usa la alegoría de las dos mujeres de las cuales el Patriarca engendro dos hijos: Agar y Sara; Agar la esclava es el Pacto Sinaítico y representa dentro de la alegoría a la Jerusalén terrenal, Sara que es la esposa, al Nuevo Pacto y a la Jerusalén Celestial; la primera engendra hijos en esclavitud, y connota a la carne sobre la cual se centra La Ley, la segunda da vida y centra su realidad en El Espíritu y sus hijos son libres.

Estos dos pactos no podrían coexistir, y aunque Pablo pareciera estarse refiriendo al pacto hecho con Abraham y no al Nuevo Pacto, se debe a que partiendo del Pacto Abrahamico, (aunque La Ley le imprimió su carácter distintivo o su formato), no es sino hasta que nuevamente recupera su carácter esencial de Gracia y Verdad, por la obra de Jesucristo, que apreciamos el rostro verdadero de la Salvación de Dios que llegó bajo el nuevo Convenio.

El apóstol Pablo al interpretar en Romanos 10 el texto de Deuteronomio 30:12.

“…Porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree. Porque de la justicia que es por la ley Moisés escribe así: El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas. Pero la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo…” Romanos 10:4-13. Dejando en claro que el propósito de la ley es Cristo y la verdad de que Dios de ambos pueblos, gentiles e israelitas, hizo un solo pueblo, por lo tanto ambos se rigen bajo una misma ley, la ley de Cristo.

Algunos creen que quedó muy poco de los mandamientos de Moisés que obliga a los seguidores de Cristo bajo el Nuevo Pacto.

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Les indicamos que todo mandamiento del tipo moral, y ético (ya que la moral y la ética cristiana es la misma del antiguo convenio de la Ley), siguen vigentes por un Principio de Continuidad; son únicamente filtrados los mandamientos que cesan por causa del Sacrificio Perfecto de Cristo que los hace inoperantes.

Resulta asombroso más bien la cantidad de mandamientos que se haya presente en los escritos inspirado de los Apóstoles los cuales, unido a los ordenados y establecidos por Cristo, sobrepasan con creces a los de La Ley.

Esto estaba profetizado también en Isaías 42 en donde Cristo, El Siervo de Yahvé, daría a los gentiles Su Ley: “…He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones. No gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia. No se cansará ni desmayará, hasta que establezca en la tierra justicia; y las costas esperarán su ley…”

Se afirma que solo la carta universal de Santiago continente 108 mandamientos, y qué decir de los de Pedro, Juan y los muchos de Pablo, que unidos a los que venían desde la Ley constituyen todo un verdadero sistema jurídico que también podemos llamar La Ley de Cristo, por ser el Señor el mediador de este Convenio.

El apóstol Pablo lo explica muy bien pues “…siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número. Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo La Ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley…” 1ª a los Corintios 9:19-21. “…Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así La Ley de Cristo”. Gálatas 6:2.

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