Estudios Bíblicos
Estudios Bíblicos Estudio de Hoy: La instrucción bíblica de los hijos en una cultura secular
Estudios Bíblicos Lectura Bíblica Principal: Deuteronomio 6:4-9; Salmo 78:1-8
Introducción
Hay una batalla silenciosa ocurriendo dentro de muchos hogares cristianos, y no siempre la reconocemos. Nuestros hijos están aprendiendo constantemente quiénes son, qué deben amar, qué deben creer y cómo deben interpretar el mundo. Aprenden cuando hablan con nosotros, pero también cuando miran una pantalla; aprenden en la escuela, con sus amistades, en las redes sociales y en cada mensaje que la cultura coloca delante de ellos.
Por eso la pregunta no es si nuestros hijos serán formados. La pregunta es quién los está formando.
Este desafío también existe dentro de las propias familias creyentes. Barna publicó en 2025 resultados de un estudio sobre el discipulado infantil en el cual 51 por ciento de los padres encuestados esperaba que la iglesia tomara la iniciativa en la formación espiritual de sus hijos, mientras 49 por ciento entendía que esa responsabilidad comenzaba con ellos. Además, 86 por ciento reconoció que sus hijos aprendían en la iglesia enseñanzas espirituales que ellos mismos no se sentían preparados para enseñar. La investigación incluyó padres que asistían a iglesias y líderes de iglesias protestantes en Estados Unidos. (Parents and Church Leaders Disagree on How Best to Disciple Children).
Ese dato debe hacernos pensar. ¿Estamos dependiendo de una o dos horas semanales de ministerio infantil para realizar una labor que Dios diseñó para ocurrir también alrededor de la mesa, en el automóvil, antes de dormir, durante una crisis y en las pequeñas conversaciones de todos los días?
A esto se añade una realidad reciente que merece nuestra atención. El 21 de septiembre de 2026 se informó que un padre evangélico en España había llevado hasta el Tribunal Europeo de Derechos Humanos una disputa relacionada con su derecho a enseñar su fe a su hijo y llevarlo a la iglesia.
El caso surgió en circunstancias familiares específicas, incluyendo desacuerdo entre los padres y un acuerdo previo acerca de la educación religiosa del menor, por lo cual no debemos presentarlo como una prohibición general contra las familias evangélicas. Sin embargo, sí muestra que las preguntas sobre quién tiene autoridad para formar espiritualmente a los hijos ya no pertenecen solamente al terreno teológico; pueden llegar incluso a los tribunales. (Evangelical father takes right to share faith with son to Strasbourg, following denial by Spain’s Constitutional Court)
Pero nuestra doctrina no nace de una encuesta ni de una noticia. Nuestra autoridad sigue siendo la Palabra de Dios.
Y cuando regresamos a ella encontramos una verdad incómoda, pero necesaria: Dios nunca diseñó la formación espiritual de nuestros hijos para que fuera completamente delegada a otras personas.
I. La instrucción de los hijos comienza con el corazón de los padres
Deuteronomio 6 ocurre en un momento decisivo para Israel. Moisés habla a una generación que está preparándose para entrar en la tierra prometida. Allí encontrarían pueblos con otros dioses, otras prácticas religiosas y una cosmovisión completamente diferente.
Dios sabía que Israel no podría preservar la fidelidad simplemente levantando barreras alrededor de sus familias. El pueblo necesitaba conocer al Señor, amarle y mantener Su Palabra en el corazón.
Deuteronomio 6:4-5 dice: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.”
- Antes de hablar de los hijos, Dios habla a los padres.
- Antes de ordenar enseñanza, Dios demanda amor.
- Antes de decirnos qué debemos colocar en el corazón de la siguiente generación, la Palabra debe ocupar nuestro propio corazón.
El texto continúa.
Deuteronomio 6:6-7 dice: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.”
El orden es imposible de ignorar: primero “estarán sobre tu corazón”, después “las repetirás a tus hijos”. Aquí tenemos una de las grandes debilidades de muchos hogares cristianos. Queremos transmitir convicciones que nosotros mismos apenas estamos viviendo. Podemos decirle a nuestros hijos que la Biblia es importante, pero ellos observan si la abrimos.
Podemos enseñarles que debemos buscar primero a Dios, pero ellos descubren rápidamente qué ocupa verdaderamente nuestro tiempo.
Podemos hablarles acerca de la oración, pero ellos saben si nosotros dependemos de Dios cuando llegan los problemas. La instrucción bíblica de los hijos comienza mucho antes del momento devocional. Comienza cuando la verdad de Dios deja de ser solamente algo que conocemos y comienza a gobernar nuestra propia vida.
II. ¿Qué significa realmente “las repetirás a tus hijos”?
La expresión de Deuteronomio 6:7 merece nuestra atención.
La palabra hebrea “שָׁנַן” (shānan), traducida en este pasaje como “repetirás”, tiene la idea básica de afilar y, dentro de este contexto, comunica la acción de enseñar diligentemente, inculcando la verdad de manera constante (Blue Letter Bible Lexicon Strong’s H8150).
Esto cambia nuestra manera de entender el texto. Dios no está describiendo una conversación que ocurre una vez. Tampoco está hablando de entregar información religiosa de manera mecánica, está hablando de constancia.
Una herramienta se afila pasando repetidamente por la piedra. De manera semejante, el corazón de nuestros hijos necesita estar continuamente expuesto a la verdad de Dios. Por eso Moisés añade que debemos hablar de estas cosas estando en casa, andando por el camino, al acostarnos y cuando nos levantamos.
La Palabra entra en la vida cotidiana.
- Entra cuando alguien pierde la paciencia.
- Entra cuando un hijo pregunta por qué Dios permitió algo doloroso.
- Entra cuando aparece un contenido cuestionable en una pantalla.
- Entra cuando hay que perdonar.
- Entra cuando llega una bendición inesperada.
- Entra cuando tenemos miedo.
Eso significa que el discipulado familiar no necesita sentirse siempre como un pequeño culto formal. Muchas veces comienza con una pregunta que alguien hizo mientras cenábamos.
III. ¿Podemos aplicar Deuteronomio 6 directamente a la familia cristiana?
Aquí necesitamos tener cuidado con nuestra hermenéutica. Deuteronomio fue dado a Israel dentro del contexto del pacto mosaico. Nosotros, como Iglesia de Cristo, no estamos bajo aquel pacto nacional ni podemos apropiarnos indiscriminadamente de cada mandato dado a Israel como si hubiera sido dirigido originalmente a nosotros.
Sin embargo, el principio que encontramos aquí no desaparece con la llegada del Nuevo Testamento. La responsabilidad de formar espiritualmente a los hijos vuelve a aparecer claramente bajo el nuevo pacto.
Efesios 6:4 dice: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.”
Observe las últimas palabras: “del Señor”.
No se trata solamente de criar hijos educados, responsables o respetuosos. Todo eso tiene valor, pero Pablo coloca la crianza cristiana bajo el señorío de Jesucristo. También encontramos este principio en la vida de Timoteo.
2 Timoteo 3:14-15 dice: “Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.”
Aquí vemos la continuidad bíblica.
Deuteronomio muestra la transmisión de la Palabra dentro del hogar; el Salmo 78 muestra su dimensión generacional; Efesios ordena a los padres criar a sus hijos en la instrucción del Señor; y Timoteo demuestra cómo las Escrituras conocidas desde la niñez pueden dirigir a una persona hacia Cristo.
Por eso aplicamos el principio, no porque nosotros seamos Israel, sino porque el Nuevo Testamento confirma claramente la responsabilidad espiritual de los padres creyentes.
IV. El Salmo 78 y una generación que puede olvidar
El Salmo 78 nos lleva todavía más lejos.
El problema no es solamente que nuestros hijos desconozcan ciertos versículos. El peligro es que una generación entera llegue a olvidar las obras de Dios.
Salmo 78:4 dice: “No las encubriremos a sus hijos, contando a la generación venidera las alabanzas de Jehová, y su potencia, y las maravillas que hizo.”
Me llama la atención la expresión “no las encubriremos”. Nosotros podemos esconder la verdad sin proponérnoslo.
- La escondemos cuando nuestra fe nunca aparece en las conversaciones de la casa.
- La escondemos cuando nuestros hijos solamente escuchan de Dios los domingos.
- La escondemos cuando conocemos historias de la fidelidad del Señor, pero nunca se las contamos.
- La escondemos cuando la Biblia está físicamente presente en nuestro hogar, pero funcionalmente ausente de nuestra vida.
El salmista explica el propósito de esta transmisión.
Salmo 78:7 dice: “A fin de que pongan en Dios su confianza, y no se olviden de las obras de Dios; que guarden sus mandamientos.”
Observe que existen tres dimensiones: confianza, memoria y obediencia. No queremos simplemente hijos que sepan responder preguntas bíblicas.
- Queremos que conozcan al Dios de la Biblia.
- Queremos que recuerden Sus obras.
- Queremos que aprendan a confiar en Él.
- Queremos que comprendan que la obediencia no es una manera de comprar el favor de Dios, sino la respuesta de una vida que reconoce Su autoridad.
V. Nosotros enseñamos, pero solamente Dios puede transformar el corazón
En este punto necesitamos evitar otro error. La Biblia ordena instruir a nuestros hijos, pero nunca nos concede el poder de producir su conversión. Nosotros podemos enseñar, podemos explicar el evangelio, podemos corregir, podemos orar, podemos modelar una vida piadosa, y podemos llevarlos a la iglesia. Pero no podemos regenerar el corazón de nadie.
La salvación pertenece al Señor. Esto nos protege de dos extremos. Por un lado, evita la negligencia que dice: “Dios los salvará si quiere, por eso yo no tengo que preocuparme por enseñarles”. Por otro lado, evita pensar que si seguimos determinada fórmula familiar podemos garantizar que nuestros hijos serán convertidos.
Nuestra responsabilidad es fidelidad, y el resultado final pertenece a Dios. Por eso las palabras que Pablo dirige a Timoteo son tan importantes. Las Escrituras pueden hacerlo “sabio para la salvación”, pero Pablo inmediatamente añade: “por la fe que es en Cristo Jesús”.
Cristo debe permanecer en el centro del discipulado familiar. Nuestros hijos necesitan comprender que no son cristianos simplemente porque nacieron en una casa cristiana. No son salvos porque nosotros creemos. No son salvos porque asisten a la iglesia. Ellos también necesitan comprender su pecado, arrepentirse y depositar personalmente su fe en Jesucristo.
VI. La iglesia debe ayudar a los padres, no sustituirlos
La investigación de Barna mencionada al principio revela una tensión que probablemente muchos pastores hemos observado: algunos padres esperan que la iglesia realice una tarea para la cual ellos mismos se sienten poco preparados.
Podemos comprender ese sentimiento. Algunos padres llegaron a Cristo siendo adultos, otros nunca fueron discipulados correctamente, y algunos apenas están aprendiendo a estudiar la Biblia. Por eso la solución no es condenarlos. La solución es equiparlos.
La iglesia tiene una responsabilidad real. Los pastores enseñamos, los maestros sirven, los ministerios infantiles ayudan y otros creyentes maduros pueden convertirse en influencias espirituales importantes.
Pero ninguna de esas personas reemplaza completamente el hogar.
La misma investigación de Barna encontró que 95 por ciento de los líderes de ministerios infantiles encuestados consideraba que el discipulado comienza en casa. También encontró que solamente 39 por ciento de los padres que asistían a iglesias y tenían hijos entre 5 y 14 años afirmaba que sus hijos mantenían una relación significativa con otro adulto de la congregación.
Necesitamos ambas cosas: hogares que discipulen e iglesias que acompañen. No competencia, sino cooperación.
VII. La cultura secular exige que enseñemos a nuestros hijos a pensar bíblicamente
No podemos criar a nuestros hijos esperando que nunca escuchen una idea contraria a la Biblia. La van a escuchar. Probablemente muchas. La cultura secular actual presenta respuestas acerca de identidad, sexualidad, matrimonio, dinero, éxito, sufrimiento, verdad, moralidad y propósito que muchas veces parten de presuposiciones completamente diferentes a las Escrituras.
Nuestra respuesta no debe ser criar hijos incapaces de escuchar una pregunta difícil. Necesitamos enseñarles discernimiento.
1 Pedro 3:15 dice: “sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros.”
La apologética también puede comenzar en casa. Si nuestro hijo pregunta: “¿Cómo sabemos que Dios existe?”, no debemos asustarnos. Si pregunta: “¿Por qué debo creer que la Biblia es verdadera?”, tenemos una oportunidad. Si cuestiona algo que ha escuchado en la escuela o en Internet, podemos examinarlo juntos. Y si no conocemos la respuesta, podemos decir algo completamente legítimo: “No lo sé todavía, vamos a estudiarlo”. Nuestros hijos necesitan descubrir que la fe bíblica no necesita esconderse de las preguntas difíciles.
VIII. Nuestros hijos escuchan nuestras palabras, pero estudian nuestra vida
Aquí es donde el estudio se vuelve personal. Nosotros podemos controlar muchas cosas de lo que decimos, pero tarde o temprano nuestros hijos descubrirán lo que realmente creemos por la manera en que vivimos.
Si hablamos de confiar en Dios, observarán qué hacemos cuando llega una crisis. Si hablamos del perdón, verán cómo tratamos a quien nos hirió. Si enseñamos dominio propio, escucharán la manera en que respondemos cuando estamos enojados. Si decimos que Cristo ocupa el primer lugar, ellos verán lo fácil o difícil que resulta desplazar nuestra vida espiritual por entretenimiento, trabajo o comodidad. Esto no significa que necesitan padres perfectos. Si fuera así, ninguno de nosotros estaría calificado. Lo que necesitan son padres genuinos.
A veces una de las enseñanzas espirituales más poderosas que podemos darle a un hijo consiste en acercarnos y decirle: “Lo que hice estuvo mal. Pequé contra Dios y contra ti. Perdóname”. Ahí el evangelio deja de ser teoría. El hijo ve que papá necesita gracia. Ve que mamá necesita gracia. Ve que todos nosotros necesitamos a Cristo.
IX. Cómo podemos comenzar a discipular en el hogar
No necesitamos convertir cada cena en una clase de seminario. Tampoco encontramos en las Escrituras un horario obligatorio para realizar un devocional familiar. Pero sí encontramos intencionalidad.
Leer la Palabra juntos
Podemos comenzar con un pasaje breve. Leerlo, explicar su contexto y hacer preguntas sencillas: ¿qué aprendemos de Dios?, ¿qué revela acerca de nosotros?, ¿qué debemos creer?, ¿qué debemos cambiar?
Hablar de Dios durante la vida cotidiana
Deuteronomio 6 nos enseña precisamente esto. La verdad aparece mientras caminamos, descansamos y realizamos nuestra rutina.
Una noticia, una película, una conversación escolar o una decisión familiar pueden convertirse en oportunidades para desarrollar una cosmovisión bíblica.
Escuchar las preguntas de nuestros hijos
No debemos responder inmediatamente a toda duda como si fuera rebeldía. A veces detrás de una pregunta difícil hay una mente intentando comprender. Escuchemos primero, y después enseñemos.
Enseñarles a examinar lo que consumen
No basta con prohibir contenido. Debemos enseñarles por qué determinadas ideas contradicen la Palabra. Nuestro objetivo no es solamente controlar una pantalla hoy, sino formar discernimiento para cuando nosotros ya no estemos mirando esa pantalla mañana.
Orar con ellos y por ellos
Nuestros hijos necesitan escucharnos llevar problemas reales delante de Dios. Necesitan saber que oramos por su carácter, sus amistades, sus decisiones, sus luchas y, sobre todo, por su relación personal con Jesucristo.
Permanecer conectados con la iglesia
El hogar y la iglesia no deben competir. Una familia espiritualmente saludable necesita comunión, enseñanza bíblica, servicio y relaciones con otros creyentes maduros. Nuestros hijos deben descubrir que pertenecen a algo mayor que nuestra familia inmediata, pertenecen al pueblo de Dios.
Conclusión
Nuestros hijos crecerán escuchando muchas voces. Algunas serán sabias, otras estarán equivocadas. Algunas serán abiertamente contrarias a la Palabra de Dios. No podemos acompañarlos físicamente durante cada conversación que tendrán, ni controlar cada pensamiento que llegue hasta ellos. Pero sí podemos hacer algo. Podemos colocar la verdad delante de ellos una y otra vez. Podemos hablar de Dios estando en casa. Podemos hablar de Él andando por el camino. Podemos hablar de Él cuando llegan preguntas difíciles. Podemos enseñarles cuando fallamos y debemos pedir perdón.
Podemos mostrarles que Cristo no es simplemente una parte de nuestra vida familiar, Él es el Señor de nuestra vida. Y cuando alguna vez sintamos que la cultura tiene una voz demasiado grande y nosotros tenemos una voz demasiado pequeña, recordemos esto: Dios nunca nos pidió que fuéramos omnipresentes en la vida de nuestros hijos. Nos pidió fidelidad.
Nosotros sembramos, regamos, enseñamos, oramos. Pero solamente Dios puede dar crecimiento. Nuestra mayor meta no consiste en criar hijos que simplemente adopten nuestras costumbres religiosas. Queremos que conozcan la verdad de las Escrituras, comprendan el evangelio y lleguen personalmente a los pies de Jesucristo.
Porque al final, nosotros no podemos salvar a nuestros hijos. Pero sí podemos pasar años señalándoles fielmente hacia Aquel que puede hacerlo.
Oración
Padre celestial, gracias por los hijos y las familias que has colocado bajo nuestro cuidado. Reconocemos que muchas veces hemos delegado responsabilidades espirituales que tú nos llamaste a asumir, y también reconocemos que necesitamos tu sabiduría para hacerlo correctamente.
Pon primero tu Palabra en nuestro corazón. Ayúdanos a vivir delante de nuestros hijos aquello que les enseñamos con nuestros labios.
Danos paciencia para escuchar sus preguntas, sabiduría para enseñarles, discernimiento para enfrentar las ideas de nuestra cultura y humildad para reconocer nuestros propios errores.
Ayúdanos a no depender solamente de programas, maestros o ministerios, sino a asumir nuestra responsabilidad mientras caminamos unidos a tu iglesia.
Sobre todo, permite que nuestros hijos conozcan a Jesucristo. Que comprendan el pecado, la gracia, la cruz y la resurrección; que no tengan solamente una religión heredada, sino una fe verdadera y personal en el Señor Jesús.
Danos fidelidad para sembrar tu Palabra mientras esperamos en ti por el fruto.
En el nombre de Jesús. Amén.
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