Estudios Bíblicos
Estudios Bíblicos Estudio de Hoy: El Carácter de Dios en la Biblia
Estudios Bíblicos Lectura Bíblica Principal: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.” Juan 4:24
Tema: Conociendo la Naturaleza Santa, Fiel y Perfecta del Señor
Introducción
Conocer el carácter de Dios no es un ejercicio académico frío, como quien estudia una piedra antigua detrás de un cristal. Conocer el carácter de Dios es acercarnos, con temor reverente, al Dios vivo que se ha revelado en Su Palabra. Nosotros no tenemos autoridad para inventar a Dios conforme a nuestras emociones, cultura, heridas, preferencias o tradiciones. Dios no cambia para acomodarse al hombre. Dios se revela, y nosotros tenemos que humillarnos ante lo que Él ha dicho de Sí mismo. Una vida cristiana sana comienza cuando dejamos de fabricar ideas humanas acerca de Dios y empezamos a conocerlo conforme a la Escritura.
Juan 4:24 declara: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.”
Jesús no presenta a Dios como una fuerza impersonal, una energía religiosa o una idea moldeable. Él declara que Dios es Espíritu, y que la adoración verdadera tiene que ser en espíritu y en verdad. Esto nos enseña algo central: no podemos adorar correctamente a un Dios que conocemos incorrectamente. La adoración falsa muchas veces nace de un concepto falso de Dios. Por eso este estudio es necesario. Si nuestra idea de Dios está torcida, nuestra adoración, nuestra obediencia, nuestra doctrina y nuestra vida también se tuercen.
Para tener un mejor entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros hoy, primero tenemos que mirar una palabra clave: “Espíritu.” En el Nuevo Testamento, la palabra griega es πνεῦμα (pneuma – Blueletter Bible Lexicon, Strong’s G4151), y se usa para hablar de lo que no es material como un cuerpo humano. Esto importa porque Jesús no está diciendo que Dios sea una fuerza impersonal. Dios es personal, vivo, eterno, santo, soberano y digno de adoración. No lo descubrimos por imaginación; lo conocemos porque Él se ha revelado.
Cuando hablamos del carácter de Dios, hablamos de Sus atributos, Su naturaleza, Su santidad, Su justicia, Su amor, Su fidelidad, Su misericordia, Su verdad, Su poder y Su gloria. Pero tenemos que tener cuidado. No podemos separar los atributos de Dios como si fueran piezas sueltas sobre una mesa. Dios no es amor sin santidad. No es misericordia sin justicia. No es poder sin sabiduría. No es paciencia sin verdad. Todo lo que Dios es, lo es perfectamente, eternamente y sin contradicción.
Éxodo 34:6-7 declara: “Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación.”
Este texto nos guarda de los extremos. Dios es misericordioso y piadoso, pero también justo. Dios perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, pero no tiene por inocente al malvado. Aquí no encontramos al dios blando de la religión sentimental, ni al dios cruel que algunos imaginan sin misericordia. Encontramos al Dios verdadero: santo, compasivo, justo, fiel y perfecto en todo Su ser.
Por eso este estudio tiene que corregir una idea muy común: no basta decir “yo creo en Dios.” La pregunta necesaria es: ¿en cuál Dios creemos? ¿En el Dios revelado en la Escritura, o en un dios formado por la cultura, la tradición o el deseo humano? Muchos hablan de Dios, pero rechazan Su santidad. Otros hablan de Su amor, pero niegan Su justicia. Otros hablan de Su poder, pero ignoran Su misericordia. Nosotros tenemos que conocer al Señor como Él se revela, no como el hombre quisiera que fuera.
Ahora examinemos primero que Dios se revela a Sí mismo en la Escritura, porque nadie puede conocer correctamente el carácter de Dios si rechaza la Palabra donde Dios ha decidido darse a conocer.
I. Dios se revela a Sí mismo en la Escritura
El conocimiento verdadero de Dios comienza con revelación, no con imaginación. El hombre no sube por una escalera de pensamientos hasta descubrir a Dios por su propia inteligencia.
Dios habla, se revela, y muestra quién es. Por eso la Escritura es necesaria. Sin la Palabra, el hombre termina fabricando dioses a su semejanza, pequeños ídolos mentales que aprueban lo que él quiere y callan donde Dios ya habló.
Deuteronomio 29:29 declara: “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley.”
Moisés nos enseña que hay cosas secretas que pertenecen a Dios, y cosas reveladas que pertenecen a Su pueblo. Esto pone orden en nuestra mente. No tenemos que especular sobre lo que Dios no reveló. Tenemos que obedecer lo que Dios sí reveló. El carácter de Dios no se estudia desde curiosidad suelta, sino desde reverencia obediente.
a. Dios no puede ser definido por la imaginación humana
El hombre caído siempre intenta reducir a Dios. Quiere un dios que no confronte, que no juzgue, que no mande, que no corrija, que no llame al arrepentimiento. Pero ese dios no es el Dios de la Biblia. Es un espejo religioso donde el hombre se mira a sí mismo. El Dios verdadero no se adapta a nuestra imaginación; nosotros tenemos que rendir nuestra imaginación ante Su revelación.
Isaías 55:8-9 declara: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.”
Dios declara que Sus pensamientos y caminos son más altos que los nuestros. Esto destruye el orgullo espiritual. No podemos juzgar a Dios desde nuestra pequeñez. No podemos sentar a Dios en el banquillo de nuestras opiniones. Tenemos que escuchar Su Palabra con humildad, porque Él es Dios y nosotros somos criaturas.
b. Dios se da a conocer por Su Palabra
Dios no dejó a Su pueblo caminando entre sombras sin voz. Él habló por los profetas, por las Escrituras, y de manera perfecta en Su Hijo. Por eso, cuando queremos conocer el carácter de Dios, tenemos que venir a la Biblia. No venimos a buscar frases bonitas para confirmar lo que ya pensábamos; venimos a ser corregidos, instruidos y formados por la verdad.
Hebreos 1:1-2 declara: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo.”
Dios ha hablado, y esa verdad sostiene todo estudio serio sobre Su carácter. No estamos adivinando, no estamos inventando doctrina desde la opinión humana. Dios habló, Dios se reveló, y Su revelación alcanza su punto más alto en Jesucristo. Quien quiere conocer a Dios tiene que escuchar Su Palabra y mirar a Su Hijo.
c. Jesucristo revela perfectamente al Padre
El carácter de Dios no se entiende separado de Cristo. Jesús no es una revelación parcial, confusa o secundaria. Él revela al Padre perfectamente. En Cristo vemos la santidad de Dios, la compasión de Dios, la verdad de Dios, la justicia de Dios y la gracia de Dios. No como ideas sueltas, sino encarnadas en la Persona del Hijo.
Juan 1:18 declara: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.”
Juan afirma que el Hijo ha dado a conocer al Padre. Esto significa que no podemos construir una doctrina de Dios ignorando a Jesucristo. Cristo no suaviza al Padre, como si el Padre fuera menos misericordioso. Cristo revela al Padre. El Dios que vemos en Cristo es el Dios eterno, santo, justo, amoroso y verdadero.
d. La creación también testifica del poder y gloria de Dios
La Escritura enseña que la creación declara la gloria de Dios. El cielo, la tierra, el orden, la vida y la conciencia humana anuncian que no existimos por accidente. Pero la creación, aunque habla, no nos da todo lo que necesitamos saber para salvación. Nos muestra que Dios existe y que Su poder es real; la Escritura nos revela Su carácter, Su ley, Su evangelio y Su Hijo.
Salmo 19:1 declara: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
El salmista mira la creación y ve testimonio. Los cielos cuentan la gloria de Dios. Esto significa que el mundo no está mudo. La creación predica sin palabras, pero el pecado vuelve sordo al hombre. Por eso necesitamos la Palabra de Dios para interpretar correctamente lo que la creación anuncia.
e. El pecado distorsiona el conocimiento humano de Dios
El problema del hombre no es solamente falta de información. Es rebelión. El pecado oscurece el entendimiento, endurece el corazón y cambia la verdad de Dios por la mentira. Por eso muchas personas no niegan a Dios porque no tengan evidencia; lo niegan porque no quieren rendirse ante Él. Esa es una realidad dura, pero necesaria.
Romanos 1:21-23 declara: “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.”
Pablo enseña que el hombre caído cambia la gloria de Dios por ídolos. Esa idolatría no siempre tiene forma de estatua. A veces tiene forma de ideología, orgullo, religión falsa, ciencia sin Dios, espiritualidad sentimental o autonomía moral. El corazón humano quiere un dios manejable, pero el Dios verdadero no puede ser domesticado.
f. Conocer a Dios exige respuesta de fe, adoración y obediencia
El conocimiento bíblico de Dios nunca termina en información fría. Termina en adoración, obediencia y rendición. Si conocemos que Dios es santo, tenemos que vivir en santidad. Si conocemos que Dios es verdadero, tenemos que abandonar la mentira. Si conocemos que Dios es misericordioso, tenemos que correr a Él en arrepentimiento. Si conocemos que Dios es Señor, tenemos que obedecer.
Jeremías 9:23-24 declara: “Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová.”
Dios declara que la verdadera gloria del hombre está en entenderlo y conocerlo. No en sabiduría humana, fuerza, dinero o posición. Conocer a Dios es el centro de la vida. Pero conocerlo correctamente significa recibir todo lo que Él revela: misericordia, juicio y justicia. El carácter de Dios no se contempla para curiosidad religiosa; se recibe para adoración, obediencia y vida transformada.
Dios se revela a Sí mismo en la Escritura para que Su pueblo lo conozca con verdad, lo adore correctamente y viva bajo Su autoridad. Ahora examinemos cómo la santidad de Dios gobierna todo Su carácter, porque no podemos entender Su amor, Su justicia, Su misericordia ni Su gracia separados de Su perfecta santidad.
II. La santidad de Dios gobierna todo Su carácter
Después de afirmar que Dios se revela a Sí mismo en la Escritura, ahora tenemos que examinar una verdad central: la santidad de Dios gobierna todo Su carácter. No podemos entender a Dios correctamente si tratamos Su santidad como un atributo secundario.
Dios no es santo solo en algunas acciones. Dios es santo en Su ser, santo en Su voluntad, santo en Su amor, santo en Su justicia, santo en Su misericordia y santo en todos Sus caminos. La santidad de Dios significa que Él es absolutamente puro, apartado de todo pecado y perfecto en todo lo que es.
Esta verdad corrige muchas ideas modernas acerca de Dios. Hay quienes quieren un dios amoroso sin santidad, un dios paciente sin juicio, un dios cercano sin reverencia, un dios que perdona sin llamar al arrepentimiento. Pero ese no es el Dios de la Biblia. El Dios verdadero es santo. Por eso Su amor no es sentimentalismo, Su misericordia no es complicidad, Su paciencia no es debilidad y Su perdón no niega Su justicia.
a. Dios es santo en Su naturaleza
La santidad no es algo que Dios recibió, aprendió o desarrolló. Dios es santo eternamente. Su naturaleza no contiene sombra, impureza, maldad, corrupción ni error. Todo lo que Él es está marcado por perfección absoluta. Por eso el creyente tiene que acercarse a Dios con reverencia, no con ligereza.
Isaías 6:1-3 declara: “En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.”
Isaías ve al Señor en Su trono, y los serafines no proclaman primero que Dios es poderoso, amoroso o misericordioso, aunque ciertamente lo es. Proclaman: “Santo, santo, santo.” Esta triple declaración muestra la perfección absoluta de Dios. La santidad de Dios no es una nota pequeña en la doctrina bíblica; es una verdad que llena el cielo de adoración.
b. La santidad de Dios revela la gravedad del pecado
Cuando el hombre pierde de vista la santidad de Dios, inevitablemente empieza a tratar el pecado como si fuera algo pequeño. Y hermanos, ese es uno de los peligros más grandes dentro de la vida cristiana. Porque el pecado nunca se ve tan grave cuando el hombre se compara con otros hombres. Pero cuando el hombre se mira delante del Dios santo, ya no tiene excusas, ya no tiene máscaras, ya no tiene dónde esconder su orgullo.
Isaías no salió de aquella visión diciendo: “Qué experiencia tan hermosa tuve.” No. Isaías fue quebrantado. La santidad de Dios reveló la impureza del profeta.
Isaías 6:5 declara: “Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.”
Fíjense bien. Isaías no comenzó acusando al pueblo. Primero reconoció su propia condición. Dijo: “¡Ay de mí!” Esa es una respuesta correcta ante la santidad de Dios. Cuando el creyente realmente contempla al Señor, deja de justificar el pecado, deja de maquillarlo, deja de llamarlo debilidad inofensiva, deja de decir: “Así soy yo.” Ante la santidad de Dios, el pecado se ve como lo que es: rebelión contra el Señor.
Esto no significa que vivimos aplastados por condenación, porque en Cristo hay perdón, limpieza y restauración. Pero sí significa que no podemos tratar como liviano aquello que llevó a Cristo a la cruz. El pecado no es un accidente pequeño del alma. El pecado es ofensa contra Dios. El pecado contamina, endurece, engaña, destruye comunión y roba sensibilidad espiritual.
Habacuc 1:13 declara: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio;”
El profeta entiende algo que nosotros tenemos que recuperar: Dios no mira el pecado como nosotros lo miramos. Dios no negocia con la maldad. Dios no se acostumbra a la impureza. Dios no se acomoda a la corrupción del corazón humano.
Por eso la iglesia tiene que despertar. No podemos cantar de la santidad de Dios y vivir como si el pecado no importara. No podemos predicar gracia y usar esa gracia como permiso para desobedecer. No podemos hablar de adoración mientras el corazón se alimenta de cosas que contaminan la mente, la familia, el matrimonio, el testimonio y la conciencia.
c. La santidad de Dios demanda santidad en Su pueblo
La santidad de Dios no solo nos revela quién es Él. También nos muestra cómo tiene que vivir Su pueblo. Dios no salva a una persona para dejarla igual. Dios no redime al pecador para que siga enamorado del mismo pecado que antes lo esclavizaba. Cristo no murió para producir religiosos cómodos, sino un pueblo apartado para Dios.
1 Pedro 1:15-16 declara: “sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.”
La frase es clara: “en toda vuestra manera de vivir.” No dice solamente en el culto. No dice solamente cuando estamos con otros creyentes. No dice solamente cuando servimos en la iglesia. Dice en toda nuestra manera de vivir. La santidad toca el hogar, el carácter, las palabras, los pensamientos, el uso del tiempo, las decisiones, las amistades, la manera de responder bajo presión y la forma en que tratamos al prójimo.
¿Puede el creyente fiel vivir con una Biblia abierta y un corazón cerrado? ¿Puede decir que ama a Dios mientras se niega a obedecerlo? ¿Puede hablar de Cristo y al mismo tiempo abrazar aquello que Cristo vino a destruir? La respuesta bíblica es clara. No podemos vivir así y pretender que todo está bien.
Hebreos 12:14 declara: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.”
Este texto no enseña salvación por obras. La salvación es por gracia, por medio de la fe. Pero sí enseña que la fe verdadera produce una vida apartada para Dios. Donde no hay deseo de santidad, donde no hay lucha contra el pecado, donde no hay arrepentimiento, donde no hay fruto, tenemos que examinarnos seriamente.
La santidad no es legalismo. Legalismo es inventar reglas humanas y ponerlas como si fueran mandamientos de Dios. Santidad bíblica es rendir la vida a la autoridad del Dios santo. Hay una diferencia grande. El legalismo busca apariencia. La santidad busca agradar a Dios. El legalismo se alimenta del orgullo. La santidad nace de un corazón quebrantado y agradecido.
d. La santidad de Dios santifica nuestra adoración
Volvamos por un momento a Juan 4:24. Jesús dijo que los verdaderos adoradores tienen que adorar en espíritu y en verdad. Eso significa que la adoración verdadera no puede separarse de la santidad de Dios. No adoramos a un dios común. No adoramos a un ídolo religioso. No adoramos una emoción. Adoramos al Dios santo.
Juan 4:24 declara: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.”
La adoración en espíritu y en verdad no es adoración descuidada. No es una emoción sin obediencia. No es cantar con los labios mientras el corazón se resiste a la Palabra. El Dios santo no busca teatro religioso. Busca adoradores rendidos.
Por eso, cuando venimos delante del Señor, tenemos que venir con reverencia. No con miedo servil como si Dios fuera cruel, sino con temor santo, sabiendo que estamos delante del Creador, del Redentor, del Juez justo, del Padre misericordioso, del Dios que habita en luz inaccesible.
La iglesia necesita recuperar una adoración más bíblica. No menos gozosa, sino más reverente. No menos viva, sino más verdadera. No menos expresiva, sino más obediente. Porque el gozo cristiano no contradice la reverencia. La libertad espiritual no contradice la santidad. El amor de Dios no elimina Su majestad.
La santidad de Dios gobierna todo Su carácter. Ahora examinemos otra verdad necesaria: Dios es fiel. Y Su fidelidad no es un sentimiento que aparece cuando todo va bien, sino una perfección eterna de Su carácter que sostiene al creyente aun cuando todo parece temblar.
III. La fidelidad de Dios sostiene la confianza de Su pueblo
Después de contemplar la santidad de Dios, tenemos que mirar Su fidelidad. Y hermanos, esta verdad trae descanso al alma. Porque el Dios santo no es cambiante, no es inestable, no promete hoy para olvidar mañana, no habla con doble intención. Dios es fiel porque Su carácter es perfecto. Él no puede mentir, no puede fallar, no puede negar lo que Él mismo es.
Números 23:19 declara: “Dios no es hombre, para que mienta, Ni hijo de hombre para que se arrepienta. El dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?”
Esta declaración nos coloca sobre roca firme. El hombre promete y falla. El hombre se compromete y olvida. El hombre cambia con la presión, con el miedo, con el cansancio, con la conveniencia. Pero Dios no es hombre. Dios no está sujeto a nuestras debilidades. Cuando Dios habla, Su Palabra permanece.
a. Dios es fiel porque no cambia
La fidelidad de Dios está unida a Su inmutabilidad. Esto significa que Dios no cambia en Su ser, en Su carácter, en Su verdad ni en Sus propósitos santos. Nosotros cambiamos. Nuestros ánimos suben y bajan como ventanas golpeadas por el viento. Pero Dios permanece.
Malaquías 3:6 declara: “Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.”
Esta palabra fue dicha a un pueblo infiel. Israel había fallado, había desobedecido, había endurecido el corazón. Pero Dios seguía siendo fiel a Su pacto. No porque Israel fuera digno, sino porque Dios no cambia. Su misericordia no nace de la calidad del hombre, sino de la fidelidad de Su propio carácter.
Esto nos confronta y nos consuela al mismo tiempo. Nos confronta porque no podemos manipular a Dios. Él no cambia para acomodarse a nuestros pecados. Pero nos consuela porque tampoco cambia cuando estamos débiles, cansados, quebrantados y necesitados de gracia.
Santiago 1:17 declara: “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.”
No hay sombra de variación en Dios. Qué frase tan firme. En Dios no hay doblez. No hay inestabilidad. No hay temporadas de bondad y temporadas de injusticia. Dios es fiel siempre.
b. Dios es fiel a Su Palabra
La fidelidad de Dios se ve en que Él cumple lo que promete. Pero tenemos que tener cuidado aquí, porque muchos quieren convertir las promesas de Dios en permiso para reclamar deseos personales que la Biblia nunca garantizó. Dios no es fiel a nuestras fantasías. Dios es fiel a Su Palabra.
Josué 21:45 declara: “No faltó palabra de todas las buenas promesas que Jehová había hecho a la casa de Israel; todo se cumplió.”
Este texto mira hacia atrás y confirma que Dios cumplió. No faltó palabra. No se perdió ninguna promesa. No hubo falla en el carácter de Dios. Todo se cumplió.
Ahora, ¿qué quiere decir esto para nosotros? Quiere decir que el creyente puede descansar en lo que Dios ha dicho. Si Dios prometió perdón al que se arrepiente y cree, podemos venir a Cristo. Si Dios prometió estar con Su pueblo, podemos caminar en medio del valle. Si Dios prometió completar Su obra, podemos perseverar con esperanza. Si Dios prometió juzgar el pecado, tenemos que temblar y arrepentirnos.
2 Timoteo 2:13 declara: “Si fuéremos infieles, él permanece fiel; El no puede negarse a sí mismo.”
Este texto no es permiso para vivir en infidelidad. Es una declaración del carácter firme de Dios. Dios permanece fiel porque no puede negarse a sí mismo. Su fidelidad no depende de nuestro estado emocional. No depende de nuestra fuerza. No depende de lo que sentimos al despertar. Dios es fiel porque Dios es Dios.
c. Dios es fiel en medio del sufrimiento
Aquí tenemos que hablar al corazón herido. Porque es fácil decir “Dios es fiel” cuando la mesa está llena, la familia está sana y las puertas se abren. Pero, ¿qué pasa cuando llega la prueba? ¿Qué pasa cuando la oración parece tardar? ¿Qué pasa cuando el dolor se sienta en la casa como visita que no quiere irse?
Lamentaciones 3:22-23 declara: “Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.”
Estas palabras no nacen de una vida cómoda. Nacen en medio del dolor, del juicio, de la ruina, del quebranto. Y aun allí, el profeta declara: “grande es tu fidelidad.” Eso nos enseña que la fidelidad de Dios no se mide por la ausencia de lágrimas, sino por la presencia de Su misericordia aun en medio de ellas.
Hermanos, Dios no deja de ser fiel porque nosotros estemos pasando por un proceso difícil. Dios no deja de ser fiel porque no entendemos lo que está haciendo. Dios no deja de ser fiel porque la respuesta no llegó en el tiempo que esperábamos. La fidelidad de Dios no está amarrada a nuestro calendario.
1 Corintios 10:13 declara: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar.”
Pablo no dice que no habrá tentación. No dice que no habrá lucha. No dice que el creyente nunca será presionado. Dice: “fiel es Dios.” En medio de la tentación, Dios sostiene, limita, provee salida y llama a resistir. Por eso no podemos usar la tentación como excusa para pecar. Dios es fiel, y Su fidelidad nos llama a permanecer firmes.
d. La fidelidad de Dios exige fidelidad en nosotros
Si Dios es fiel, Su pueblo tiene que reflejar fidelidad. No de manera perfecta como Dios, porque somos criaturas redimidas y seguimos dependiendo de Su gracia, pero sí de manera real. El creyente no puede vivir con una fe de domingo y una deslealtad de lunes a sábado. La fidelidad de Dios tiene que formar fidelidad en nosotros.
Apocalipsis 2:10 declara: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida.”
Este llamado es serio. No dice: “Sé fiel mientras todo sea fácil.” No dice: “Sé fiel mientras todos te aplaudan.” No dice: “Sé fiel mientras no cueste.” Dice: “Sé fiel hasta la muerte.” La fidelidad cristiana no es emoción pasajera. Es perseverancia. Es obediencia. Es permanecer con Cristo cuando la carne se cansa, cuando el mundo presiona y cuando el enemigo acusa.
La iglesia necesita creyentes fieles. Fieles en la doctrina. Fieles en la familia. Fieles en la oración. Fieles en el servicio. Fieles en la santidad. Fieles cuando nadie los mira. Fieles cuando obedecer cuesta.
La fidelidad de Dios no solo nos consuela; también nos llama. Nos llama a dejar la doble vida. Nos llama a abandonar la inconstancia espiritual. Nos llama a vivir con firmeza delante del Señor.
IV. La perfección de Dios afirma que todos Sus caminos son rectos
Cuando decimos que Dios es perfecto, estamos diciendo que en Él no hay defecto, error, injusticia, ignorancia, inmadurez, maldad ni contradicción. Dios no mejora, porque nunca ha sido incompleto. Dios no aprende, porque Su conocimiento es infinito. Dios no madura, porque nunca tuvo falta. Dios no necesita corrección, porque todos Sus caminos son santos, sabios y rectos.
Salmo 18:30 declara: “En cuanto a Dios, perfecto es su camino, Y acrisolada la palabra de Jehová; Escudo es a todos los que en él esperan.”
El salmista no dice que el camino de Dios parece perfecto solo cuando nosotros lo entendemos. Dice que perfecto es Su camino. Esa declaración tiene peso para el alma que está atravesando confusión. Porque muchas veces nosotros evaluamos la bondad de Dios según lo que estamos viviendo en el momento. Si todo va bien, decimos: “Dios es bueno.” Pero si llega la prueba, empezamos a dudar. Hermanos, eso revela cuán limitada puede ser nuestra mirada.
Dios no es perfecto solo cuando la vida se siente liviana. Dios es perfecto también cuando permite procesos que nos humillan, nos forman, nos corrigen y nos hacen depender más de Él.
a. Dios es perfecto en Su sabiduría
La sabiduría de Dios significa que Él siempre sabe lo que es correcto, siempre escoge lo que es santo y siempre dirige Sus propósitos con perfección. Nosotros no tenemos esa sabiduría. Nosotros vemos una parte pequeña. Dios ve el principio, el camino y el final.
Romanos 11:33 declara: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!”
Pablo no presenta la sabiduría de Dios como algo pequeño que el hombre puede controlar. Dice que Sus juicios son insondables y Sus caminos inescrutables. Esto no significa que Dios sea irracional. Significa que Dios es infinitamente más sabio que nosotros.
Por eso tenemos que tener cuidado con el orgullo que quiere explicarlo todo, medirlo todo y juzgarlo todo. Hay momentos en que la fe tiene que decir: “Señor, no entiendo todo, pero sé quién eres Tú.” Esa no es fe ciega. Es fe basada en el carácter revelado de Dios.
b. Dios es perfecto en Su justicia
Dios nunca juzga mal. Dios nunca condena al inocente. Dios nunca absuelve al culpable por corrupción. Dios nunca se deja sobornar. Dios nunca exagera una falta ni ignora una maldad. Su justicia es perfecta.
Deuteronomio 32:4 declara: “El es la Roca, cuya obra es perfecta, Porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; Es justo y recto.”
Esta declaración es poderosa. Dios es la Roca. Su obra es perfecta. Todos Sus caminos son rectitud. No hay iniquidad en Él. Es justo y recto.
Esto significa que cuando Dios manda, manda con justicia. Cuando Dios disciplina, disciplina con justicia. Cuando Dios salva, salva sin negar Su justicia. Cuando Dios juzga, juzga sin error. Nadie podrá pararse delante de Dios en el día final y decir: “Fuiste injusto conmigo.” Toda boca será cerrada.
Romanos 3:23 declara: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios,”
Romanos 6:23 declara: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.”
La justicia de Dios nos muestra la gravedad del pecado, pero también nos lleva a mirar la cruz. Porque en la cruz de Cristo, Dios muestra Su justicia y Su gracia. Dios no barrió el pecado debajo de la alfombra del universo. Cristo llevó el juicio que merecían los pecadores que creen en Él. Allí vemos que Dios perdona, pero no perdona negando Su justicia. Perdona por medio de la obra perfecta de Su Hijo.
c. Dios es perfecto en Su amor
El amor de Dios no es débil, ciego ni sentimental. Es amor santo. Es amor verdadero. Es amor que salva, corrige, limpia, disciplina y restaura. Mucha gente quiere hablar del amor de Dios, pero no quiere que ese amor gobierne su vida. Quieren ser consolados por el amor de Dios, pero no transformados por ese amor.
1 Juan 4:8 declara: “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.”
Dios es amor. Pero tenemos que entender esa verdad bíblicamente. El amor de Dios no contradice Su santidad. No contradice Su justicia. No contradice Su verdad. El amor de Dios se manifestó de manera suprema en Cristo.
Romanos 5:8 declara: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
Fíjense bien. Dios no mostró Su amor diciéndole al pecador que el pecado no importaba. Dios mostró Su amor enviando a Cristo a morir por pecadores. La cruz nos enseña que el pecado es tan grave que requirió la muerte del Hijo, y que el amor de Dios es tan grande que Él dio a Su Hijo para salvar.
Por eso no podemos usar el amor de Dios como excusa para seguir viviendo en rebelión. El amor de Dios nos llama al arrepentimiento. Nos llama a la fe. Nos llama a la obediencia. Nos llama a una vida nueva.
d. Dios es perfecto en Su voluntad
La voluntad de Dios no necesita mejora. No necesita corrección humana. No necesita permiso de nuestra opinión. Dios sabe lo que hace. Y aunque nosotros no siempre entendamos Sus caminos, podemos confiar en Su carácter.
Efesios 1:11 declara: “En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad,”
Dios hace todas las cosas según el designio de Su voluntad. Esto no significa que entendemos cada detalle de la providencia divina. Pero sí significa que la historia no está fuera de control. Nuestra vida no está abandonada al azar. Dios gobierna con sabiduría perfecta.
Esta verdad tiene que producir humildad. No somos nosotros quienes damos dirección final al universo. No somos nosotros quienes sostenemos todas las cosas. No somos nosotros quienes tenemos el derecho de exigirle a Dios que actúe según nuestro guion. Somos criaturas. Somos siervos. Somos hijos redimidos que tienen que aprender a decir: “Hágase tu voluntad.”
V. El carácter de Dios se revela perfectamente en Jesucristo
Hasta aquí hemos visto que Dios se revela en la Escritura, que Su santidad gobierna todo Su carácter, que Su fidelidad sostiene a Su pueblo y que Su perfección afirma que todos Sus caminos son rectos. Pero ahora tenemos que mirar el centro: Jesucristo. Porque el carácter de Dios no se entiende correctamente separado del Hijo.
Juan 14:9 declara: “Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?”
Jesús no está diciendo que Él y el Padre son la misma Persona. La Escritura enseña la distinción personal entre el Padre y el Hijo. Pero sí está declarando que Él revela perfectamente al Padre. Ver a Cristo es ver el carácter de Dios manifestado en carne.
a. En Cristo vemos la santidad de Dios
Cristo vivió sin pecado. No hubo engaño en Su boca, ni corrupción en Su corazón, ni desobediencia en Sus obras. Él fue tentado, pero no pecó. Él caminó entre pecadores, pero nunca se contaminó con el pecado. Él comió con publicanos y pecadores, pero nunca aprobó la maldad. Él tocó leprosos, restauró quebrantados, perdonó arrepentidos, confrontó hipócritas y obedeció perfectamente al Padre.
Hebreos 4:15 declara: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.”
Esto nos consuela profundamente. Cristo entiende nuestras debilidades, pero no porque haya pecado, sino porque fue tentado sin caer. Él es santo y compasivo. Él no mira al pecador arrepentido con desprecio. Pero tampoco le dice: “Quédate igual.” Cristo perdona y transforma.
b. En Cristo vemos la fidelidad de Dios
Todas las promesas de Dios encuentran su cumplimiento en Cristo. Desde Génesis hasta los profetas, Dios prometió redención, reino, victoria, perdón y restauración. Cristo vino en el tiempo señalado. Nació conforme a la promesa. Vivió en obediencia perfecta. Murió en la cruz. Resucitó al tercer día. Ascendió al cielo. Y volverá.
2 Corintios 1:20 declara: “porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios.”
Cristo es la prueba suprema de que Dios cumple. Cuando el creyente duda de la fidelidad de Dios, tiene que mirar la cruz y la tumba vacía. Dios no olvidó Su promesa. Dios no abandonó Su plan. Dios no dejó a Su pueblo sin Redentor.
c. En Cristo vemos la perfección de Dios
La obra de Cristo es perfecta. Su sacrificio no necesita añadiduras humanas. Su sangre no necesita ayuda religiosa. Su justicia no necesita complemento. Su resurrección no necesita aprobación del mundo. Cristo salva verdaderamente a los que vienen a Él en fe.
Hebreos 10:14 declara: “porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.”
Qué descanso para el alma. Una sola ofrenda. No muchas. No repetida. No incompleta. Cristo hizo lo que ningún sacrificio antiguo podía completar por sí mismo. Su obra es suficiente.
Esto confronta todo orgullo religioso. No somos salvos por nuestra moralidad. No somos salvos por tradición familiar. No somos salvos por obras. No somos salvos por asistir a una iglesia. Somos salvos por la gracia de Dios, mediante la fe en Jesucristo, y esa fe verdadera produce fruto de obediencia.
d. En Cristo somos llamados a reflejar el carácter de Dios
El creyente no solo mira a Cristo para ser perdonado. Mira a Cristo para ser formado. Dios nos salva para conformarnos a la imagen de Su Hijo.
Romanos 8:29 declara: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.”
El propósito de Dios no es solamente sacarnos de la condenación, sino formarnos conforme a Cristo. Esto incluye santidad, obediencia, amor, humildad, fidelidad, verdad y perseverancia. El cristiano no puede decir: “Creo en Cristo,” y resistirse a ser transformado por Cristo.
VI. Aplicaciones prácticas del carácter de Dios para la vida cristiana
Ahora, ¿cómo se aplica todo esto a nuestra vida diaria? Porque una doctrina que no llega a la vida termina siendo información guardada en una repisa, como pan que nunca se come. Y la verdad de Dios no fue dada para adornar la mente, sino para gobernar el corazón.
a. Tenemos que adorar a Dios como Él se revela
Juan 4:24 declara: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.”
Este texto nos llama a corregir nuestra adoración. No adoramos según gusto personal. No adoramos según moda. No adoramos según tradición humana cuando esa tradición contradice la Palabra. Adoramos en espíritu y en verdad.
Eso significa que la adoración tiene que ser sincera, bíblica, reverente, obediente y centrada en Dios. No venimos a manipular a Dios. No venimos a entretener la carne. No venimos a presentar una imagen religiosa. Venimos a rendirnos delante del Señor.
b. Tenemos que rechazar los falsos conceptos de Dios
La iglesia no puede aceptar cualquier idea de Dios solo porque suena amable. Hay doctrinas que parecen dulces, pero son veneno con perfume. Un dios sin santidad no salva. Un dios sin justicia no es el Dios bíblico. Un dios que no llama al arrepentimiento no es el Dios revelado en Cristo. Un dios que permite que el hombre viva como quiera no es el Señor de la Escritura.
Gálatas 1:8 declara: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.”
Pablo no trató el error doctrinal como detalle pequeño. Cuando se distorsiona la verdad de Dios, se pone en peligro el alma. Por eso el creyente tiene que tener discernimiento. No todo lo que menciona a Dios viene de Dios. No todo mensaje religioso es bíblico. No toda emoción espiritual es verdad.
c. Tenemos que vivir en santidad delante del Señor
Conocer al Dios santo exige una vida apartada. No podemos seguir alimentando la carne y pedir fortaleza espiritual al mismo tiempo. No podemos jugar con fuego y luego sorprendernos de las quemaduras. No podemos abrirle puertas al pecado y después culpar a Dios por nuestra esclavitud.
2 Corintios 7:1 declara: “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.”
La santidad incluye lo externo y lo interno. Carne y espíritu. Acciones y pensamientos. Conducta y motivaciones. Dios no solo mira lo que hacemos. Mira por qué lo hacemos. Mira el corazón.
d. Tenemos que confiar en la fidelidad de Dios
Hay creyentes que viven cargando temor como si Dios fuera a fallarles en cualquier momento. Pero Dios es fiel. Esa verdad no elimina todas las pruebas, pero sí sostiene al creyente dentro de ellas.
Salmo 37:5 declara: “Encomienda a Jehová tu camino, Y confía en él; y él hará.”
Confiar no significa cruzarse de brazos en desobediencia. Significa poner nuestra vida bajo el gobierno de Dios, obedecer lo que Él manda y descansar en Su cuidado. El que conoce la fidelidad de Dios aprende a orar sin desesperarse, a esperar sin rendirse y a obedecer sin exigir explicaciones inmediatas.
e. Tenemos que someternos a la perfección de Dios
La perfección de Dios nos llama a rendir nuestra voluntad. Esto es difícil para la carne, porque queremos controlar, decidir, mandar y entenderlo todo. Pero el creyente tiene que aprender que Dios no necesita nuestra supervisión. Él es perfecto.
Proverbios 3:5-6 declara: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus veredas.”
No apoyarnos en nuestra propia prudencia no significa apagar la mente. Significa no poner nuestra razón limitada por encima de la Palabra de Dios. Significa reconocer al Señor en todos nuestros caminos. Todos. No solo en los caminos religiosos. También en decisiones, familia, dinero, trabajo, ministerio, sufrimiento y planes futuros.
f. Tenemos que proclamar el carácter de Dios con fidelidad
La iglesia tiene que predicar quién es Dios, no solo lo que el hombre quiere oír. Tenemos que hablar de Su amor, pero también de Su santidad. De Su misericordia, pero también de Su justicia. De Su gracia, pero también de Su llamado al arrepentimiento. De Su cercanía, pero también de Su majestad.
2 Timoteo 4:2 declara: “que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.”
La predicación fiel no entretiene al pecador para que se sienta cómodo en su pecado. La predicación fiel abre la Palabra, muestra a Dios, confronta el corazón, llama al arrepentimiento y apunta a Cristo.
Conclusión: Conocer a Dios exige rendición
Hermanos, el carácter de Dios no es un tema que se estudia para curiosidad religiosa. Conocer a Dios exige respuesta. Si Dios se ha revelado en Su Palabra, nosotros tenemos que escuchar. Si Dios es santo, tenemos que arrepentirnos y vivir apartados para Él. Si Dios es fiel, tenemos que confiar. Si Dios es perfecto, tenemos que someternos. Si Cristo revela perfectamente al Padre, tenemos que venir a Cristo con fe verdadera.
Juan 4:24 declara: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.”
No ignoremos esa palabra: “es necesario.” La adoración verdadera no es opcional. No es inventada. No es emocionalismo sin verdad. No es doctrina sin corazón. Dios llama a Su pueblo a adorarlo en espíritu y en verdad.
Hoy tenemos que examinarnos. ¿Estamos adorando al Dios de la Escritura o a una idea cómoda que nosotros formamos? ¿Estamos viviendo delante del Dios santo o estamos escondiendo pecados que ya tenemos que confesar? ¿Estamos descansando en la fidelidad del Señor o estamos viviendo como si Él pudiera fallar? ¿Estamos sometidos a Su perfección o seguimos peleando contra Su voluntad?
La respuesta no puede quedarse en la mente. Tiene que bajar al corazón y caminar con nosotros al hogar, al trabajo, a la iglesia, a la familia, a las conversaciones, a las decisiones y a las batallas secretas del alma.
Hermanos, Dios no cambia. Dios no miente. Dios no se equivoca. Dios no negocia Su santidad. Dios no abandona Su fidelidad. Dios no pierde Su perfección. Y en Jesucristo tenemos la revelación gloriosa del Padre, el Salvador suficiente, el Señor santo, el Mediador perfecto y el Rey que viene.
Volvamos a Dios como Él se ha revelado. Dejemos los ídolos mentales. Dejemos las excusas. Dejemos la religiosidad sin obediencia. Adoremos en espíritu y en verdad. Vivamos en santidad. Descansemos en Su fidelidad. Sometámonos a Su perfecta voluntad.
Porque conocer a Dios no es solamente decir: “Creo en Él.” Conocer a Dios es rendirse ante Él, adorarlo como Él manda, obedecer Su Palabra y vivir para Su gloria.
© José R. Hernández. Todos los derechos reservados.