Vivimos tiempos donde la verdad ha sido reemplazada por opiniones, y la santidad se percibe como anticuada. Este estudio bíblico profundo te confrontará con la realidad del relativismo espiritual, revelando cómo ha contaminado la conciencia cristiana. A través de la Palabra, serás llamado a recuperar el estándar divino de la santidad, la obediencia genuina y la fidelidad práctica a Dios. Descubre cómo vivir apartado en un mundo que lo relativiza todo.
La santidad en tiempos de relativismo | Estudios Bíblicos
Estudios Bíblicos Texto clave: “Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.” 1 Pedro 1:14-16
Tabla de Contenido
Introducción
Hermanos, no hay que ser un erudito o experto para reconocer que estamos viviendo tiempos peligrosos. Y con esto no me estoy refiriendo a guerras ni pandemias. Sino que me estoy refiriendo a algo más silencioso, pero igual de destructivo. Me estoy refiriendo a un pensamiento que ha contaminado la mente y el corazón de muchas personas, incluyendo a muchos creyentes. ¿Por qué digo esto?
Lo digo porque hoy en día la verdad ya no se considera absoluta, sino que ahora, todo es relativo. Todo depende de cómo “lo sientas”, cómo “lo interpretes” o cómo “lo vivas”. Y este pensamiento no es nuevo, pero sí ha alcanzado una fuerza alarmante dentro y fuera de la iglesia. El relativismo moral y espiritual se ha infiltrado en sermones, en canciones cristianas, en redes sociales y hasta en las conversaciones más simples.
Ahora bien, ¿qué es el relativismo? Para que podamos entender bien el mensaje de hoy, primero es necesario que conozcamos qué significa la palabra relativismo. Según el Diccionario de la Real Academia Española esta palabra se define como: “Teoría que niega el carácter absoluto del conocimiento, al hacerlo depender del sujeto que conoce.”
En otras palabras, lo que para una persona es verdad, para otra no tiene por qué serlo. Y nada es considerado completamente bueno, ni totalmente malo. Todo queda a la interpretación personal, todo es relativo. Y esto no es solo una corriente filosófica, sino que es un veneno silencioso que ha contaminado los púlpitos, las redes sociales, la música cristiana, y hasta las decisiones más básicas en la vida de muchos creyentes. Hoy en día, pareciera que lo único “pecado” es llamar pecado al pecado. Se prefiere la comodidad a la convicción. La opinión al mandamiento. El “yo siento” al “Dios dice.”
No estamos hablando de algo teórico, estamos hablando de lo que estamos viviendo hoy. Muchos ya no miden su conducta por la Palabra, sino por las emociones. No preguntan “¿es esto santo?” sino “¿cómo me hace sentir?” Y ahí está el gran problema. Porque donde se elimina la verdad absoluta, se pierde también la autoridad divina. Y sin autoridad de Dios, no hay obediencia. Y sin obediencia, no hay santidad.
Pedro no fue ambiguo cuando escribió: “sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.” Hermanos, la santidad no es una opción, no es un estilo, y definitivamente no es una opinión personal. La santidad es el estándar de Dios, y también el reflejo de quienes han sido regenerados por Cristo.
El problema es que, en una cultura que premia lo superficial, que aplaude lo tibio y que suaviza lo eterno, la santidad ha pasado a verse como algo anticuado, incómodo, o incluso “tóxico.” Y por eso, muchos ya no quieren parecer diferentes, sino agradables. Ya no quieren ser luz, sino encajar.
Pero ser santo en tiempos de relativismo es precisamente lo que esta generación necesita. Porque en un mundo donde todo se negocia, Dios sigue siendo inmutable, Su verdad no cambia, Su carácter no evoluciona (Malaquías 3:6), y su llamado sigue siendo el mismo: “Sed santos, porque yo soy santo.”
Ahora bien, deseo que quede bien claro que este estudio bíblico no es una invitación al legalismo, y tampoco es una crítica emocional. El propósito de este estudio bíblico es hacer un llamado urgente a volver al diseño de Dios. En otras palabras, a despertar, y a vivir apartados para Él. Porque sin santidad, nadie verá al Señor (Hebreos 12:14). Y si no lo vemos a Él, de nada nos sirve haber ganado la aprobación del mundo (Mateo 16:26; Marcos 8:36).
A lo largo de este estudio bíblico, vamos a considerar cuatro verdades fundamentales. Vamos a ver: ¿qué es realmente la santidad? ¿Cómo el relativismo ha afectado la conciencia cristiana? ¿Qué peligros trae consigo? Y ¿Cómo podemos vivir en santidad sin caer en el orgullo ni ceder al compromiso?
No se trata de ser perfectos, se trata de ser fieles. Porque si somos del Señor, nuestra vida debe reflejarlo, no solo con palabras, sino con una santidad práctica, profunda, y constante.
I. ¿Qué es realmente la santidad?
Antes de confrontar el relativismo que ha debilitado la conciencia espiritual de esta generación, primero debemos regresar a las Escrituras y entender qué es realmente la santidad. Digo esto porque no basta con repetirla en cánticos o predicaciones. Necesitamos rescatar su peso, su origen, y su aplicación práctica. Porque sin una comprensión bíblica de la santidad, terminamos llamando “devoción” a lo superficial, y “legalismo” a lo que simplemente es obediencia. Y la santidad no es para unos pocos, sino que es el llamado de todos los que hemos sido redimidos.
a. La santidad es separación, no aislamiento
Muchos hoy confunden la santidad con una actitud arrogante o con un aislamiento del mundo. Pero en la Biblia, ser santo no significa encerrarse en una burbuja religiosa. Significa estar apartado para Dios, no simplemente alejado de otros. En el Antiguo Testamento, todo lo que era santo estaba reservado para el uso exclusivo del Señor: desde los utensilios del tabernáculo hasta el mismo pueblo de Israel. Su santidad no consistía en estar lejos del mundo, sino en ser distintos en medio de él, y esto es algo que el apóstol Pedro declara con poder al escribir:
“Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.” 1 Pedro 2:9
Ese llamado no es un título, es una responsabilidad. Dios nos separó, no para vivir escondidos, sino para reflejar Su carácter. En otras palabras, la santidad no nos lleva a aislarnos, sino a impactar sin contaminarse, a caminar entre los perdidos sin perderse.
b. La santidad es conformidad al carácter de Dios
La raíz de la santidad no está en normas externas. Está en el carácter eterno de Dios. Cuando Pedro dice:
“Sed santos, porque yo soy santo”, él estaba citando Levítico 11:44-45. Y esto no es una sugerencia, ni una meta opcional, sino que es una orden que nace de quién es Dios.
Ser santos, entonces, no significa adoptar costumbres religiosas, sino reflejar la pureza, la justicia, la verdad y la misericordia de nuestro Padre. El problema es que el relativismo ha sustituido el carácter de Dios por la fluctuación de las emociones humanas. Se ha cambiado el “así dice el Señor” por “así lo siento yo.”
Pero el Dios de la Biblia no evoluciona, Su santidad es eterna, no negociable. Cuando tratamos de adaptar la Palabra al espíritu de la época, lo que estamos haciendo es rechazar el llamado de Dios a vivir en integridad.
Y aquí es donde debemos preguntarnos seriamente: ¿Estamos buscando parecernos al mundo para evitar la crítica? ¿O estamos comprometidos a parecernos a Cristo aunque eso implique rechazo?
c. La santidad es una obediencia práctica, no un ideal inalcanzable
Otro error muy común es pensar que la santidad es solo para “los muy espirituales.” Pero la Biblia no presenta la santidad como una meta abstracta, sino como una obediencia diaria, constante y visible. No se trata de perfección sin fallas, sino de una vida sin doblez.
Pablo escribe con claridad:
“Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.” 2 Corintios 7:1
Eso significa que la santidad se cultiva. No es automática, pero sí es alcanzable en Cristo. No es el fruto del esfuerzo humano, sino del Espíritu Santo obrando en nosotros. Es decir, se trata de cooperar con Dios, no de competir con otros creyentes.
Ahora bien, en tiempos de relativismo, muchos ya no preguntan “¿esto agrada a Dios?” sino “¿esto me hace feliz?”. Pero cuando la obediencia se reemplaza por conveniencia, la santidad se pierde, y con ella, el testimonio.
No se trata de vivir con culpa, sino con reverencia. No se trata de alcanzar un nivel espiritual “élite,” sino de vivir cada día con una conciencia limpia delante de Dios. Porque la santidad no se mide por lo que aparentamos los domingos, sino por cómo vivimos cuando nadie nos ve.
Ya que hemos comprendido lo que realmente significa la santidad, necesitamos ahora examinar cómo el relativismo ha entrado sutilmente en la conciencia cristiana. En la próxima sección veremos cómo esta filosofía moderna ha diluido la verdad eterna en muchos corazones creyentes, debilitando así el testimonio, confundiendo la identidad espiritual, y reemplazando convicciones por preferencias personales.
II. ¿Cómo el relativismo ha afectado la conciencia cristiana?
El relativismo no llegó a la iglesia de manera abrupta. Entró como lo hace la levadura en la masa: silenciosa, pero implacable. Se infiltró por medio de filosofías modernas, entretenimiento sin filtro, y una teología sin ancla. Y lo más alarmante es que no solo ha afectado la doctrina, sino la conciencia de muchos creyentes. Se ha producido una especie de anestesia espiritual, donde ya no se siente convicción por el pecado, ni urgencia por la santidad. Todo parece negociable, todo se vuelve opinable.
a. La verdad eterna ya no se recibe, se cuestiona
En una cultura relativista, la verdad absoluta se percibe como algo opresivo o anticuado. Muchos ya no buscan lo que Dios dice, sino lo que se ajuste a su experiencia o a sus emociones. La autoridad de las Escrituras ha sido reemplazada por la autoridad del sentimiento.
Isaías ya lo había profetizado:
“¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” Isaías 5:20
Eso es exactamente lo que estamos viendo. Y lo más triste es que ya no se ve solamente en el mundo secular, sino en púlpitos, conferencias cristianas, y contenido “devocional” que, aunque popular, carece de verdad bíblica. Se cita a Dios, pero se ignora Su Palabra. Se usa el nombre de Jesús, pero se desecha Su señorío.
Una conciencia deformada por el relativismo pierde su capacidad de discernimiento. Y cuando se pierde el discernimiento, se abraza el error como si fuera revelación.
b. El pecado se ha convertido en tema de sensibilidad, no de arrepentimiento
Uno de los efectos más visibles del relativismo dentro de la iglesia es la redefinición del pecado. Ya no se habla de transgresión, sino de “luchas.” Ya no se exhorta al arrepentimiento, sino a la “autoaceptación.” Y lo más grave es que muchos ya no ven necesidad de apartarse del mal, sino de justificarlo.
El apóstol Pablo advirtió claramente que este sería uno de los síntomas del tiempo final:
“Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.” 2 Timoteo 4:3-4
La conciencia cristiana, cuando está sana, reacciona al pecado con dolor y quebranto. Pero cuando ha sido adormecida por el relativismo, se vuelve insensible, racionaliza la desobediencia y termina rechazando la corrección. Y sin corrección, no hay crecimiento. Y sin crecimiento, no puede haber santidad.
c. La santidad ha sido sustituida por apariencia religiosa
Otro síntoma de esta contaminación relativista es la superficialidad. Hoy muchos prefieren parecer santos que serlo. Prefieren un cristianismo visible, pero vacío. Se invierte más tiempo en cuidar la imagen pública que en cultivar la intimidad con Dios. y esto es algo que el Señor confrontó en su tiempo con palabras fuertes:
“Este pueblo de labios me honra; Mas su corazón está lejos de mí.” Mateo 15:8
Cuando la santidad deja de ser una prioridad, lo que queda es una fe sin raíz. Una religión emocional, pero sin cruz. Una devoción sentimental, pero sin transformación. Y en ese estado, el creyente deja de impactar, porque ya no vive como sal ni como luz, sino como alguien que ha perdido el rumbo.
La conciencia deformada por el relativismo ya no anhela parecerse a Cristo, sino agradar a todos. Y lo que agrada a todos, rara vez agrada a Dios.
Ya que hemos visto cómo el relativismo ha anestesiado la conciencia cristiana, debilitando la convicción y diluyendo la verdad eterna, es momento de identificar los peligros concretos que esta filosofía representa para la vida espiritual del creyente. En la siguiente sección veremos por qué el relativismo no solo es erróneo, sino letal para una fe verdadera.
III. Los peligros del relativismo para la vida espiritual
Cuando una generación pierde la noción de lo santo, también pierde el temor de Dios. Y donde no hay temor de Dios, no hay límites morales. El relativismo no solo distorsiona la verdad eterna, también destruye la conciencia, sabotea la obediencia, y desactiva el testimonio. Es una enfermedad del alma que, si no se confronta con la Palabra, contamina toda la vida espiritual. Vamos a ver tres de los efectos más graves que el relativismo causa en la iglesia y en cada creyente que lo permite.
a. El relativismo apaga el fuego de la santidad
Cuando todo se vuelve opinable, la pasión por vivir en santidad se enfría. Ya no hay urgencia por apartarse del mal, ni deseo de agradar a Dios. El alma se acostumbra al pecado pequeño, y deja de luchar contra el grande. La conciencia se va apagando, y lo que antes dolía, ahora se tolera. Por eso Pablo escribió con tanta seriedad:
“No apaguéis al Espíritu.” 1 Tesalonicenses 5:19
El Espíritu Santo es quien nos impulsa a vivir en santidad. Pero cuando abrazamos ideas relativistas, lo resistimos. Y al resistirlo, lo apagamos. Ya no sentimos convicción, ni hambre por la Palabra, ni celo por lo recto. Solo queda una religión vacía, carente de vida y fruto.
Un corazón relativista se vuelve tibio. Y Jesús fue claro al advertirnos que lo tibio no tiene lugar en Su reino (véase Apocalipsis 3:15-16). O somos santos, o somos engañados. No hay punto medio.
b. El relativismo debilita la autoridad de la Palabra
Uno de los ataques más sutiles del relativismo es contra la Palabra de Dios. No la niega abiertamente, pero la minimiza. La reinterpreta según el contexto cultural, la encierra en el pasado, o la convierte en metáfora para no confrontar el pecado. Pero la Escritura no cambia. No se adapta. No evoluciona. Es viva, eterna, y eficaz.
“Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos.” Salmo 119:89
Cuando la Biblia pierde autoridad en nuestra vida, no tarda en perderla también en nuestros hogares, nuestras decisiones y nuestras convicciones. Lo que no se defiende, se deforma. Lo que no se obedece, se corrompe.
Un creyente que no honra la Palabra no puede vivir en santidad. Porque la fe no crece en opiniones humanas. Crece cuando nos rendimos ante lo que Dios ha dicho.
c. El relativismo abre la puerta a una fe superficial
Quizás el peligro más común del relativismo es que fabrica creyentes emocionales, pero no espirituales. Personas que asisten a una iglesia, que cantan, que publican frases cristianas, pero que no viven bajo el señorío de Cristo.
El Señor lo dijo de forma directa:
“¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” Lucas 6:46
La fe auténtica produce obediencia. La santidad no es un sentimiento, es una evidencia. Pero cuando el relativismo toma control del corazón, la fe se vuelve selectiva. Solo se obedece lo que no incomoda. Solo se cree lo que no reta. Y así, poco a poco, se construye una fe sin raíz, sin fruto, sin transformación.
Ese tipo de fe no resiste la prueba, ni vence la tentación, ni impacta al mundo. Porque está construida sobre arena, no sobre la roca.
Ya hemos visto cómo el relativismo apaga el fuego de la santidad, distorsiona la autoridad de la Palabra y produce una fe superficial. Pero la pregunta que ahora debemos hacernos es: ¿cómo podemos vivir en verdadera santidad sin caer en el legalismo, ni ceder ante el compromiso? En la próxima sección responderemos con principios bíblicos prácticos que nos guiarán a vivir separados para Dios, aun en medio de una generación que ha perdido el rumbo.
IV. ¿Cómo vivir en santidad sin caer en el legalismo ni ceder al compromiso?
Hermanos, como hemos visto, la verdadera santidad no es una rigidez religiosa, ni una licencia para comprometer la verdad. Sino que es un llamado constante a vivir rendidos a Dios, con un corazón limpio, una conciencia viva, y una obediencia práctica.
Así que en estos en tiempos de relativismo que estamos viviendo, donde muchos extremos confunden, necesitamos volver al camino bíblico: ese sendero angosto que no busca agradar al mundo, ni impresionar con apariencias, sino reflejar el carácter de Aquel que nos llamó.
a. La santidad se vive por gracia, no por mérito humano
Muchos, con buenas intenciones, han caído en el error de pensar que la santidad se mide por reglas humanas: no toques, no mires, no hagas. Pero eso no es lo que enseña la Palabra. El apóstol Pablo, confrontando este error, escribió:
“¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?” Gálatas 3:3
Hermanos, la santidad no comienza en el esfuerzo humano, sino en el nuevo nacimiento. No somos santos por cumplir normas externas, sino por ser transformados internamente por el Espíritu Santo. El legalismo produce orgullo. La gracia, en cambio, produce dependencia. No nos jactamos de nuestra obediencia, sino que damos gloria al Dios que nos cambió.
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe… no por obras.” Efesios 2:8-9
Es por eso que debemos alejarnos tanto del legalismo como del libertinaje. La santidad no es una escalera para alcanzar a Dios. Es el fruto de estar ya unidos a Él por Cristo.
b. Se cultiva por medio de la Palabra y la oración
No hay crecimiento en santidad sin alimentación constante del alma. El creyente que no medita en la Palabra ni guarda comunión con Dios, no podrá resistir el relativismo que domina este siglo. David preguntó:
“¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra.” Salmo 119:9
La Biblia no es un adorno espiritual, es nuestra arma en la batalla por la pureza. Pero no basta leerla, hay que vivirla. Esto es algo que se nos dice claramente en Santiago 1:22 cuando leemos:
“Mas sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos á vosotros mismos.”
Hermanos, y para vivirla, hay que orar. La oración no es solo pedir cosas; es rendirse al Señor. Es reconocer nuestra debilidad, y rogar por fuerza para obedecer.
Hoy en día muchos tienen agendas llenas, pero corazones vacíos. Están sobrealimentados de entretenimiento, pero desnutridos espiritualmente. La santidad requiere disciplina, hambre de Dios, y una comunión sincera que transforma lo interior. El que vive en la Palabra, anda en la luz. Y el que ora sin cesar, se fortalece para no ceder.
c. La santidad se demuestra en lo cotidiano, no solo en lo visible
El error de muchos es creer que la santidad solo se refleja en lo “espiritual”: en el púlpito, en los cantos, en los eventos. Pero Dios nos llama a vivir santos en lo cotidiano. En lo secreto. En lo que no aplaude nadie. El Señor enseñó:
“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” Mateo 5:48
Y para que podemos entender bien lo que el Señor nos esta diciendo, necesitamos conocer la definición de la palabra “perfecto utilizada aquí en este versículo. la palabra perfecto usada aquí por el Señor es una traducción de la palabra griega τέλειος (teleios) que se define como: “consumada integridad y virtud humana”. Fuente: Blue Letter Bible – Strong’s G5046. ¿Por qué es necesario que sepamos esto?
Es necesario que conozcamos esto porque aquí el Señor no habla de impecabilidad, sino de integridad. En otras palabras, una vida coherente, sin doblez. Así que no se trata de perfección sin falla, sino de sinceridad sin hipocresía. La santidad se ve en cómo tratamos al cónyuge, cómo reaccionamos cuando nos ofenden, qué elegimos cuando nadie nos mira. No es para la galería. Es para Dios.
El problema es que muchos han sustituido la santidad real por una imagen religiosa. Se visten bien el domingo, pero viven desenfocados el lunes. Publican versículos, pero practican egoísmo. Asisten, pero no obedecen. Y eso no es santidad. Eso es teatro.
La santidad no es solo decir “yo soy cristiano.” Es que otros lo noten sin que lo digamos. Es que nuestras acciones prediquen más que nuestras palabras. Es vivir de tal manera que cuando el mundo nos vea, sepa que Cristo vive en nosotros.
Hemos visto lo que es la santidad, cómo el relativismo la ha corrompido, los peligros que eso conlleva, y cómo debemos vivir rendidos, pero sin legalismo ni tibieza. Ahora, necesitamos responder.
Conclusión
Volvamos a la santidad bíblica
Hermanos, como les dije al inicio, estamos viviendo en tiempos peligroso. Estamos viviendo en días donde a la verdad se le dice mentira, y a la mentira se le dice verdad. Y es por eso que no podemos seguir viviendo como si la santidad fuera una opción. Y definitivamente no podemos permitir que el relativismo determine lo que creemos, cómo pensamos, o cómo vivimos.
En el día de hoy hemos visto que la santidad es el estándar inmutable de Dios. Y es la evidencia de una vida regenerada, el fruto de una conciencia viva, y la señal de que Cristo verdaderamente reina en nuestro interior.
Hoy hemos definido con claridad que vivir en santidad no se trata de aislamiento, sino de separación; no se basa en reglas externas, sino en el carácter de Dios; y no es una perfección inalcanzable, sino una obediencia sincera, visible, y constante. También vimos cómo el relativismo ha contaminado la conciencia cristiana, reemplazando convicción por conveniencia, diluyendo la verdad, y sustituyendo el temor de Dios por la aprobación del mundo. Y finalmente, comprendimos que la santidad no se logra por mérito humano, ni por apariencia, sino que es el fruto de una vida alimentada por la Palabra, rendida en oración, y transformada en lo cotidiano. Pero ahora viene lo más importante: ¿qué vas a hacer con esta verdad?
¿Seguirás negociando la Palabra para no incomodar a nadie? ¿O te alinearás con el llamado eterno de Dios a vivir apartado para Él? ¿Seguirás adaptándote al espíritu de esta época? ¿O vas a decidirte, de una vez por todas, a vivir como luz en medio de las tinieblas?
La Biblia no nos deja margen para la neutralidad:
“Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.” Hebreos 12:14
Esa es la urgencia. No se trata de legalismo, se trata de vida eterna. Porque sin santidad, nadie verá al Señor. Así que no continuemos viviendo anestesiados por el relativismo moderno. Dejemos de una vez y para siempre seguir buscado excusas para no obedecer. No caigamos en la trampa de pensar que porque muchos lo hacen, Dios lo aprueba. ¡No! Dios sigue siendo santo, y Su pueblo también debe serlo.
Hoy te invito con urgencia a tomar una decisión real, radical y práctica. Renuncia a lo superficial, renuncia a lo cómodo, renuncia a las voces del mundo, y vuelve a la voz de Dios. Decide vivir en santidad, no por obligación, sino por amor. No por miedo, sino por convicción. No para aparentar, sino para glorificar al Dios que te salvó.
Porque si la iglesia vuelve a la santidad bíblica, volverá también el poder, la autoridad, el testimonio, y la gloria de Dios entre nosotros. Y en una generación que lo relativiza todo, una vida santa sigue siendo el mensaje más fuerte, más claro, y más urgente que podemos predicar.
Sed santos, porque Él es santo. Y sed santos ahora, no mañana. Porque el tiempo se acaba, y el Señor viene.
¿Estás listo para vivir apartado para Él?
© José R. Hernández. todos los derechos reservados.







Muchas gracias por estos estudios que comparte con el pueblo de Dios, son de mucha bendición para mi vida, soy un cristiano celoso por las cosas de Dios, y me da tristeza como se ha introducido
en las iglesias el relativismo, hay que seguir predicando contra todo tipo de pecado aunque el mundo y los creyentes nos tengan por anticuados, que Dios le bendiga
Que poder tan grande a depositado Dios en usted pastor José estás predicas que usted sube no son comunes son como si el mismo Espíritu Santo tomara la pluma con la que escribe y el mismo lo guiará estamos felices temblando alabando quebrantados pero felices muy felices