Jesús, el Autor y Consumador de la Fe

Julio Ruiz

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Estudios Biblicos

CAPÍTULO 12: (Estudio 12A) Jesús, el Autor y Consumador de la Fe

Estudio Bíblico de la epístola a los Hebreos

Este es el penúltimo capítulo de Hebreos, y así nos dice la Palabra:

1 “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante,” 2 “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”.

Hay una pregunta que es obligada hacer al comienzo de este texto: ¿Quién es “la gran nube de testigos” de la que la habla el escritor? Por el contexto inmediato, tenemos la información de una constelación de hombres y mujeres de fe; por lo tanto, ellos serían esa “nube de testigos”.

Y no que nos están mirando y empujando, pues eso sería darle la razón a esas sectas religiosas que creen que los muertos nos su fuerza para seguir adelante, sino que por la misma fe que ellos ejercitaron son testigos, y que así como ellos lo hicieron y lo lograron, nosotros también lo podemos hacer.

Mis amados, el autor nos confronta en lo que llega a ser la meta del creyente. Hay “una carrera que tenemos por delante”, y así como ellos corrieron y vencieron, se nos dice que lo hagamos también nosotros, pero para ello se nos dice que debemos despojarnos de esa carga que impide que nuestro avance sea ligero y seguro.

Hay un gran peso por el pecado, que puede pesar más que cualquier otra cosa en la vida cristiana. Es ese peso el que nos puede impedir que avancemos para que la carrera sea con paciencia. Mis hermanos, la carrera cristiana es la única que se hace con paciencia.

Eso pareciera ser una paradoja, pero es la referencia que tenemos; no es una carrera de velocidad, como la de 100 metros planos; sino como un maratón de largo alcance. ¡El cristiano es el único que corre esa clase de carrera!

Y mis amados, esa carrera tiene un blanco, una meta, un objetivo. El creyente pone sus ojos no en cualquier cosa mientras hace su carrera, sino en Jesús: “mirando desde lejos”; fijando los ojos en Jesús quien ahora está como nuestro gran sumo sacerdote en los cielos, sentado en el trono de Dios. Cuando corremos así jamás podremos desviarnos. Mientras Pedro se mantuvo caminando sobre las aguas yendo hacia Jesús no titubeó, pero cuando comenzó a ver el embravecido mar comenzó hundirse.

Necesitamos mantener nuestros ojos en Jesús porque Él es “el autor y consumador de la fe”. Porque Él cuando decidió morir por nosotros, lo hizo con gozo aceptando el oprobio, tal decisión lo llevó a sentarse en las alturas.

El autor nos sigue hablando y nos hace considerar lo que sufrimos, en comparación con lo que fue su sufrimiento:

3 “Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar”.

Mi preciosa gente, con cuánta frecuencia nuestro ánimo decae. ¡Con cuánta facilidad y rapidez perdemos la paciencia y dejamos que el desaliento invada nuestro espíritu! Pero, qué son nuestras pequeñas pruebas, en comparación con las agonías de Cristo.

Ciertamente Cristo sufrió todo tipo de contradicciones, porque su muerte fue la más injusta, la más ignominiosa y la más vergonzosa; con el único propósito de que nuestro “ánimo no se canse hasta desmayar”. El llamado de este texto es a no desmayar bajo las pruebas. En todo caso, ellas son las “medicinas divinas” para curar el carácter y aquilatar mejor nuestra fe. ¡Esa es la razón de nuestra carrera!

Notemos como el autor nos habla del valor de la disciplina y de la corrección cristianas:

4 “Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado;” 5 “y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, Ni desmayes cuando eres reprendido por él;” 6 “Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo”

Jesucristo luchó hasta la sangre, pues la derramó por causa del pecado. El autor nos dice que el creyente no ha tenido que llegar a esto. Por lo tanto, si en el combate contra el pecado cedemos, entonces tendremos que prepararnos para la disciplina divina.

No somos dados a ser disciplinados.

Acordémonos cuando nuestros padres nos corregían. Cada uno de nosotros, cada vez que dio razones para ser castigado, tiene que recordar cuanto dolor le producía aquel castigo. Nadie iba al castigo de una manera gozosa y voluntaria.

La disciplina siempre tiene su resistencia. Pero el texto nos amonesta diciendo, que si teníamos que ser disciplinados, lo era para nuestro bien. ¡Esto es lo que hace nuestro Padre celestial! Por cuanto Él nos ama, utiliza la disciplina para corregirnos. Si nos dejara sin castigo no le importaríamos, de allí que nos aplique su disciplina.

Ahora observemos lo que pasa si soportamos la disciplina:

7 “Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?” 8 “Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos”. 9 “Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?” 10 “Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad”. 11 “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados”

Mis amados hermanos, la disciplina divina tiene propósitos eternos.

Su corrección es la medicina que nos cura de las intenciones del pecado y de nuestros propios desvaríos. Una verdad que surge de todo esto es que Dios puede dejar a los desobedientes en sus propios caminos y pecados, pero corregirá el pecado en sus propios hijos. Su actuación es como la del padre que ama a su hijo y que sabe el valor de disciplinarlo. ¡En el caso de nuestro  Padre celestial, jamás busca apenar ni afligir a sus hijos; siempre será para nuestro provecho!

Es bueno que  recordemos hermanos que  la corrección de Dios no es condenación. En todo caso, si soportamos con paciencia la disciplina divina, tal disciplina fomentará grandemente la santidad.

Por lo tanto concluimos que nuestra vida cristiana puede aprender de las aflicciones que nos llegan por cualquier vía. Si vienen del Señor, entonces debemos recibirlas con gozo porque su disciplina tiene el propósito de levantarnos para vivir en un estado mejor que el anterior.

Concluimos, pues, que “ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados”. Que así sea. Agradezcamos al Señor por su disciplina, porque ella es una muestra de su amor. Recordemos que Él es amor. Amen.

CAPÍTULO 12: (Estudio 12B) Los Que Rechazan la Gracia de Dios

Así nos dice el autor en esta parte final del capítulo 12:

12 “Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas;” 13 “y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado”. 14 “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”.

El autor de este libro pareciera siempre estar pulsando el ánimo de sus lectores. Da la impresión de que además de escritor de esta obra, también fuera el pastor de la iglesia. Él sabía que había situaciones en las que al creyente le hacían decaer sus manos, y hasta paralizaba su andar con el Señor.

Así que, en medio de todo esto anima a sus hermanos a renovar sus fuerzas; pero además, les exhorta para que se levanten cualquier estado de desaliento y que hagan “sendas derechas” para sus pies.

El autor tiene la meta de hacer que todo lo torcido en la vida deba enderezarse. Pero sin duda que el asunto más serio de estos textos se presenta en el v. 14. Hay dos cosas que el cristiano tiene que seguir en su vida: Una, es la paz para vivir bien con sus hermanos; y la otra, la santidad para ver a Dios. De esas dos cosas pareciera depender la real felicidad de todo hijo de Dios.

Y el autor sigue con su exhortación y llamado de atención a sus lectores, diciendo:

15 “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados;” 16 “no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura”. 17 “Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas”.

Mis amados, a continuación el autor presenta un asunto sumamente serio; la raíz de amargura pudiera ser la causa para que alguien dejara de alcanzar la gracia de Dios. Dejar que en el corazón se incube y crezca esta deformación del carácter tiene terribles consecuencias, en la pérdida de la herencia que Dios tiene preparada.

Tan serio es esto, que el autor recuerda el ejemplo del profano Esaú quien inicialmente no le importó aquella primogenitura, y la vendió por un plato de lentejas. En Deuteronomio 29:18, se habla de un apóstata del antiguo pacto que es llamado: “raíz que produzca hiel y ajenjo”.

Quien esto hace, es un profano de la gracia con tales consecuencias. Con esto, el autor advierte a sus lectores para que no se dejaran llevar por las presiones transitorias para poder alcanzar su herencia. El ejemplo de Esaú nos dice que después él trató de buscar otra vez la herencia pero ya no se podía, por lo que lloró amargamente; pero ya era demasiado tarde para ello. Debo nuevamente decir que estos ejemplos tienen que ver con la llamada apostasía, de la cual el autor ya nos ha hablado. Recordemos que una cosa es perder la herencia, y otra, es perder la salvación.

El autor nos trae a otro ejemplo, cuando dice:

18 “Porque no os habéis acercado al monte que se podía palpar, y que ardía en fuego, a la oscuridad, a las tinieblas y a la tempestad,” 19 “al sonido de la trompeta, y a la voz que hablaba, la cual los que la oyeron rogaron que no se les hablase más,” 20 “porque no podían soportar lo que se ordenaba: Si aun una bestia tocare el monte, será apedreada, o pasada con dardo;” 21 “y tan terrible era lo que se veía, que Moisés dijo: Estoy espantado y temblando;” 22 “sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles,” 23 “a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos,” 24 “a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel”.

Mis hermanos, observemos como el autor, hablando de lo que significa el acercamiento a Dios hace la salvedad, de que nosotros no nos acercamos a aquel monte del Sinaí, donde fue dado el antiguo pacto y se describe su pasmosa y aterradora naturaleza (cf. Éx. 19:9–23; Dt. 9:8–19), sino que nos hemos acercado al monte de Sion, a la ciudad de Dios.

¿Cuál es la diferencia entre esos dos montes? Que uno es del antiguo pacto, el de la ley, y el otro es el de la  gracia, del nuevo pacto. Mis amados nos hemos acercado a: “Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles…”.

¿Sabe usted lo que esto significa?

Que nuestra entrega al Salvador nos hizo participes de los beneficios celestiales, los cuales incluyen: a la congregación de los primogénitos inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos y a los espíritus de los justos hechos perfectos.

Pero mi bella gente, como si a esto le faltara algo, el autor nos dice que nos hemos acercado “a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel”. Yo sé, cómo todos ustedes saben que el cielo es un lugar de sorpresas, y dónde nos esperan todas las cosas arriba mencionadas; pero yo no podré pensar en una cosa mejor que, el saber que allí está el Mediador de nuestras vidas. Aquel que intercede delante del Padre siempre, de modo que aun cuando yo merecía la condenación eterna por mis pecados, Él murió por mí y ahora intercede por mí. ¡Esa es la bendición mayor!

Por lo tanto, en función de todo por lo que el autor nos está amonestando, y también asegurándonos semejantes promesas, nos dice finalmente:

28 “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia;” 29 “porque nuestro Dios es fuego consumidor”.

Mis amados, este capítulo no podía terminar en una mejor forma. Si bien es cierto, que el autor ha hablado sobre aquellos que pueden desarrollar una raíz de amargura con la cual profanan la gracia de Dios, o aquellos que puedan llegar hasta el colmo de ser apóstatas, negando su fe en el Señor; lo que es cierto y prevalece, es que nosotros hemos recibido “un reino inconmovible”.

Eso significa que nada ni nadie lo podrá derribar ni acabar. La promesa de que será nuestro Señor Jesucristo, el Rey de tal reino nos da esa seguridad, por lo tanto, el llamado es para que “tengamos gratitud” y que a través de ella, “sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia”.

Hermanos míos hagamos esto, pues como ha comentado alguien: “Un creyente que se aparta de sus magníficos privilegios está invitando la retribución de Dios”. Por esto es que el autor afirma que: Él esfuego consumidor”.

Mi preciosa gente, que frente a tantos privilegios divinos, por habernos acercado, no al monte de Sinaí sino al de Sion que está rodeado de la gracia en lugar de fuego aterrador, decidamos vivir para Aquel que lo hizo todo por nosotros.

Que la gracia que ahora nos asiste por los méritos de Cristo, sea nuestra fortaleza para mantener nuestra herencia y seguridad de la fe dada a los santos, la cual nos conducirá a la patria celestial. Amen.

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CAPÍTULO 13: (Estudio 13A) Algunos Deberes Cristianos

Julio Ruiz
Autor

Julio Ruiz

Pastor en Virginia en los Estados Unidos, con 42 años de experiencia de los cuales 22 los dedicó en Venezuela, su país de origen. El pastor Julio es Licenciado en Teología y ha estudiado algunas cursos para su maestría en Canadá.

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