Estudios Bíblicos
Prédica de Hoy: Cristo es el Mediador del Nuevo Pacto
CAPÍTULO 9: (Estudio 9A) Jesús es el Mediador del Nuevo Pacto
Estudio Bíblico de la epístola a los Hebreos
Así comienza el nuevo y desafiante capítulo 9 de esta carta:
1 “Ahora bien, aun el primer pacto tenía ordenanzas de culto y un santuario terrenal”. 2 “Porque el tabernáculo estaba dispuesto así: en la primera parte, llamada el Lugar Santo, estaban el candelabro, la mesa y los panes de la proposición”. 3 “Tras el segundo velo estaba la parte del tabernáculo llamada el Lugar Santísimo,” 4 “el cual tenía un incensario de oro y el arca del pacto cubierta de oro por todas partes, en la que estaba una urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto;” 5 “y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio; de las cuales cosas no se puede ahora hablar en detalle”.
El autor de Hebreos ahora regresa a explicar los componentes del tabernáculo terrenal de lo que él llama una “sombra”, para luego hacer la debida aplicación a Cristo, en quien se van a cumplir todos los componentes de aquel primer tabernáculo. Resulta muy interesante ver en este libro, lo que los exegetas llaman el “tipo” en el Antiguo Testamento y el “anti tipo” en el Nuevo Testamento. El autor de la epístola era un conocedor a la perfección del mobiliario del tabernáculo, pero en la forma cómo luego va a aplicarlo en la persona de Jesús como Sumo Sacerdote.
El autor sigue en su descripción, y llega a la aplicación del santuario con todas sus partes. De esta manera el Espíritu Santo hace una aplicación de toda aquella simbología.
6 “Y así dispuestas estas cosas, en la primera parte del tabernáculo entran los sacerdotes continuamente para cumplir los oficios del culto;” 7 “pero en la segunda parte, sólo el sumo sacerdote una vez al año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo;” 8 “Dando el Espíritu Santo a entender con esto que aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie”. 9 “Lo cuales símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios que no pueden hacer perfecto, en cuanto a la conciencia, al que practica ese culto,” 10 “Ya que consiste sólo de comidas y bebidas, de diversas abluciones, y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas.”
La forma de cómo estaba distribuida cada parte en el santuario, era para que los sacerdotes hicieran sus oficios de una forma estricta, ordenada y santa. Ellos tenían que hacer ese trabajo diariamente en el Lugar Santo. Y esto nos muestra que el tabernáculo continuamente estaba prestando su servicio al pueblo necesitado.
El autor se asegura en decirnos que en la segunda parte de esa tienda santa, había otro lugar que se conocía como el Lugar Santísimo. Sin bien es cierto que la primera parte era visitada y concurrida dos veces al día por los sacerdotes, donde hacían su trabajo de mediación y oferentes en lo que respecta al pecado. El Lugar Santísimo, la parte más interna, era visitado solo una vez al año por el Sumo Sacerdote, lo que revela lo sagrado, santo e inaccesible de tal lugar.
Pero observemos el énfasis que el autor le da a la manera cómo el sumo sacerdote, tenía que presentarse con sangre en el lugar santísimo, para expiar los pecados del pueblo y también los suyos. Esa figura del sacerdote trayendo la sangre de la expiación era una sombra de lo que realmente vendría después. Es por eso que el autor nos dice: “dando el Espíritu Santo a entender con esto que aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo”.
Y en efecto, ese camino al “Lugar Santísimo” solo era posible abrirse a través de Jesucristo. No sabemos cuáles otras cosas se rompieron, pero lo que sí nos aseguran las Escrituras es que cuando Cristo murió, el velo del templo en Jerusalén, que separaba el Lugar Santo del Santísimo, se abrió verticalmente de arriba a abajo, dándose a entender que la muerte vicaria del Cordero de Dios hizo posible ese real acceso.
En los verss. 9 y 10, se explica que todo el ceremonial antiguo era sólo un símbolo de lo que se impondría luego de reformar las cosas.
Por tal razón, el autor ahora nos dice:
11 “Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación,” 12 “Y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención”
Veamos ahora mis amados, cómo el autor hace una aplicación como el más ilustre de los predicadores, para aplicar una verdad pasada con una correcta interpretación del texto, a una situación presente y particular. Todo lo que ha venido diciendo del tabernáculo y del sacerdote, directamente desemboca en la persona de Cristo.
Si bien es cierto, que los sacerdotes escogidos según el orden de Aarón, ofrecían la sangre de los machos cabríos y de los becerros y entraban solo una vez por año, ahora nuestro Sumo Sacerdote entró “una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención”.
El sacrifico y la entrada una sola vez y para siempre de Cristo al lugar Santísimo, ha hecho posible que disfrutemos de una salvación completa y eterna. Ya nuestros pecados también han sido perdonados con su muerte de una vez y para siempre.
Y la razón de ese más grande y mejor sacrificio por nuestros pecados se expone, por lo que ahora el autor nos dice:
13 “Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne,” 14 “¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?”
Mi apreciada gente, este pasaje nos lleva a considerar que la “eterna redención” por la cual las bendiciones del nuevo pacto (cf. 8:10–12) nos han alcanzado, determina la manera en que servimos al Señor. Los resultados de los rituales del antiguo pacto beneficiaban a aquellos que desde el punto de vista ceremonial estaban inmundos, pero esa purificación solo era externa.
Sin embargo, el poder de la sangre de Cristo hace mucho más que eso. Su sacrificio llega a ser de valor infinito porque mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios. Eso es lo que hace santo y eterno el sacrificio de Cristo. Eso es lo que lo hace Mediador de un nuevo pacto. Su sacrificio nos limpia de obras muertas para servir al Dios vivo.
Llegamos, pues, a la conclusión amados hermanos, que la sangre de Cristo vertida una sola vez con la que entró al Lugar Santísimo, que también es una sóla y para siempre, es el sustento de nuestra salvación. Su expiación ha hecho posible que todos mis pecados sean perdonados, por lo que ya no hay más sacrificio que hacer por ellos.
Pero que frente a tan sagrado, sublime y santo sacrificio, que tuvo como precio la sangre preciosa de Jesús que fue dada por el Espíritu, vivamos para honrar su nombre, su sacrificio y su oficio ahora, de tal manera que en nada hagamos en vano semejante sacrificio hecho por todos nosotros. Que así sea. ¡Honremos a nuestro Señor! Amen.
CAPÍTULO 9: (Estudio 9B) El Sacrificio de Cristo Quita el Pecado
Así nos sigue hablando el autor en su capítulo 9 de Hebreos:
15 “Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna”. 16 “Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga muerte del testador”. 17 “Porque el testamento con la muerte se confirma; pues no es válido entre tanto que el testador vive”. 18 “De donde ni aun el primer pacto fue instituido sin sangre”.
Pablo sentenció la verdad de los siglos cuando dijo que: “hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5). Desde entonces entenderíamos, que para Dios no hay otro mediador que no sea su Hijo.
El escritor de los Hebreos ha venido diciéndonos, que Jesucristo como Mediador tiene un oficio sacerdotal, por cuanto entró una vez y para siempre en el Lugar Santísimo; y para ratificar su posición de Mediador, ahora nos dice que Cristo es “mediador de un nuevo pacto”. Eso pone en la cumbre toda la teología hebrea que tenía en los pactos antiguos su más firme promesa. Recordándonos que todo pacto se sellaba con sangre.
Mis amados hermanos, es un asunto muy grande saber que con los tratados o pactos, que luego serían conocidos como Testamentos, ha sido la manera solemne como nuestro buen Dios se ha relacionado con el hombre desde hace mucho tiempo. En el caso de Dios, por haber establecido pactos condicionales, ha dejado un legado a las personas que incluye en ellos, pero recordemos que solo se hace efectivo cuando la persona testadora muere.
Eso es parecido a esos testamentos que dejan por escrito las personas antes de morir. Y es después de muerta esa persona cuando se hace efectivo el testamento; pues eso fue lo que sucedió con Cristo. ¿Qué estamos diciendo con esto?
Que Cristo murió no solo para salvarnos, sino para concedernos la posibilidad de disponer de su testamento luego de que Él muriera. Ahora somos poseedores de un pacto, pero no de cualquier pacto, sino de uno de gracia. Ese nuevo pacto está revestido de la misericordia de Dios hacia el hombre pecador.
Ahora, veamos cómo el autor presenta el ejemplo de Moisés, quien fuera la persona a través de la cual Dios dio el pacto del Sinaí, uno de los primeros pactos establecidos.
19 “Porque habiendo anunciado Moisés todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua, lana escarlata e hisopo, y roció el mismo libro y también a todo el pueblo,” 20 “diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios os ha mandado”. 21 “Y además de esto, roció también con la sangre el tabernáculo y todos los vasos del ministerio”. 22 “Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión”.
Mi hermano, si usted lee bien estos textos se dará cuenta de la importancia que tuvo la sangre derramada en el tabernáculo para la confirmación del pacto. Moisés lo hizo después que recibió la ley, y en ese sentido el pacto que Dios hizo con su pueblo, en donde Él se comprometía a hacer Su parte, y el pueblo también tendría que hacer la suya, se requirió del derramamiento y rociamiento de la sangre para que el pacto quedara así sellado.
Esta consideración de lo que Moisés hizo llevó al autor a una de las más grandes conclusiones, cuando dijo que “sin derramamiento de sangre no se hace remisión”. Esta declaración nos prepara para el resto del texto. A partir de ahora, el autor va a hacer la aplicación de tal derramamiento en la persona de Cristo como el de un sacrificio perfecto; pero sobre todo, que su sangre es lo que hizo perfecto la mediación de un nuevo pacto. Esto es lo que ahora vemos en estos textos:
23 “Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos”. 24 “Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios;” 25 “y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena”.
Mis amados, cuando uno lee estas palabras puede ver como el autor escarba en una hermenéutica acuciosa para encontrar, que lo que él llama “figuras de las cosas celestiales”, tienen un mayor y mejor cumplimiento en el sacrificio de Cristo. Y en efecto, el sacrificio de Cristo es infinitamente mejor que los de la ley, porque jamás podrían traer el perdón por el pecado y el dominio sobre nosotros. Sin embargo, Jesucristo, por su sacrificio destruyó las obras del diablo, para que los creyentes fuesen hechos justos, santos y felices.
¿Cuál es la razón que el autor esgrime para esto? “Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios…”. ¡Bendito sea el Señor por su ministerio de mediación! Cristo no entró en el santuario terrenal para hacer una ministración por nosotros, porque hubiera sido igual a lo que hacían los sacerdotes; sin embargo, sí lo hizo directamente en el cielo.
Ahora entendemos el por qué se desgarró el velo del templo. Era necesario que esto sucediera para que todos pudiéramos entender que no hay, ni habrá otro Mediador eterno como Él. Cristo hizo un solo ofrecimiento, no como lo hacía el sacerdote una vez al año, sino un solo sacrificio una vez y para siempre.
Y ahora el autor finaliza su texto, hablando de Cristo como el mayor de todos los sacrificios, con estas palabras:
26 “De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado”. 27 “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio,” 28 “así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan”.
Mi gente, hay en estos pensamientos finales una hermosura celestial. Veamos como dice el autor que en la consumación de los siglos, Cristo se presentó una vez para siempre para quitar de en medio el pecado, cosa que no pudieron hacer los sacerdotes del antiguo sistema.
Cuando se llega acá a la frase: “consumación de los siglos”, nos dice que ya había llegado el cumplimiento del Antiguo Testamento y con ello, el inminente desenlace de todas las cosas. ¡Cristo es el cumplimiento de todo lo que era “sombra” en el Antiguo Testamento!
Mis amados hermanos, en este orden de ideas es bueno recordar, siguiendo la verdad del versículo 27, que los seres humanos son criaturas pecadoras destinadas a morir una sola vez, y después de esto el juicio. Pero el Hijo de Dios no enfrentará tal juicio, porque también Cristo se ofreció una sola vez para llevar los pecados de todos nosotros; y en consecuencia, Él volverá sin ninguna relación con el pecado para darnos salvación. ¡El sacrificio de Cristo nos librará del juicio eterno! ¡Para esto Él murió por nosotros! Amén.
© Julio Ruiz. Todos los derechos reservados.