Predicas Cristianas
Prédica de Hoy: La omnipotencia de Dios – Parte I
Introducción
Muchas veces nos referimos a algo o a alguien describiéndolo en lugar de llamarlo por su nombre. Por ejemplo, podríamos decir ‘el que venció a Goliat, ‘el segundo rey de Israel’ o ‘el padre de Salomón’ para hablar de David.
Citando otro caso, podríamos decir ‘el primer hombre sobre la tierra’ o ‘el compañero de Eva’ para aludir a Adán. Estas descripciones, cabe resaltar, corresponden a una sola persona y a nadie más. Es decir, solo un hombre (David) abatió a Goliat y solo uno (Adán) fue el compañero de Eva.
Cuando hablamos de Dios, por otra parte, también podemos valernos de varias descripciones para referirnos a él. ‘Creador del Universo’, ‘el alfa y el omega’ o ‘el principio y el fin’ son algunas de ellas.
Estas descripciones, sin embargo, se pueden resumir, como veremos, en dos cualidades de nuestro Señor: su omnipotencia y su omnipresencia. De forma resumida, al decir que Dios es omnipotente, estamos afirmando que Dios es un ser que todo lo puede.
De forma paralela, al expresar que Dios es omnipresente, lo que señalamos es que Dios está en todas partes.
En esta prédica vamos a explorar el significado de la omnipotencia de Dios, dejando para la próxima una explicación sobre su omnipresencia. Aquí vamos a suministrar una serie de respuestas a la pregunta ‘¿Qué significa decir que Dios es omnipotente?’
I. La omnipotencia de Dios como atributo su poder creador
Salvo nuestro Padre Celestial, no hay ser en este mundo que pueda crear y dar vida a través de su sola palabra. No hay ser humano que, valiéndose únicamente del lenguaje, pueda hacer que algo comience a existir físicamente.
Nadie, por ejemplo, tras decir en un desierto ‘sean las flores’ logrará que, de repente, germinen flores a su alrededor. Pero esta es, precisamente, una de las características de la omnipotencia de Dios, es decir, crear con su palabra. Recordemos lo que nos dice la Biblia desde el mismo inicio del Génesis: ‘Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.’ (Génesis 1: 3).
Es claro que el ser humano puede crear; nuestra cotidianidad nos da evidencia de ello casi en todas partes. Las ciencias, la ingeniería y el arte mediante los medicamentos, tecnologías y obras de artes dan prueba de ello.
Pero nada de esto fue creado por el hombre exclamando ‘sean los antibióticos’, ‘sean los aviones’ o ‘sea una sinfonía’. Por el contrario, el hombre necesita medios o recursos materiales para poder crear.
Ensayos clínicos en el caso de la penicilina, piezas mecánicas para los aviones e instrumentos musicales para la sinfonía. Por lo tanto, los seres humanos no somos omnipotentes, es decir, no lo podemos todo, por ejemplo, crear meramente con nuestra palabra.
Otro ejemplo de la omnipotencia de Dios que destaca por su belleza lo encontramos también en el libro de Génesis. Concluido el diluvio con el que Dios limpió la tierra de la maldad de los hombres, Jehová estableció un pacto con sus hijos.
Como señal de ese pacto, que perduraría por siglos perpetuos, extendió un arco a lo largo del cielo. De acuerdo a este pacto, Dios determinaba no castigar nunca más a los hombres y a los animales con un diluvio. Este arco, o más precisamente, arcoíris, aparecería cada vez que la lluvia se precipitase sobre la tierra (Cf. Génesis 9: 8-17).
Por eso, cada vez que veamos al arcoíris asomando en lo alto del cielo, recordemos que además de ser un símbolo de la misericordia de Dios, lo es también de Su omnipotencia.
Este reconocimiento de Su omnipotencia queda plenamente plasmado en uno de los Salmos cuando leemos ‘Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca.’ (Salmos 33: 6).
II. La omnipotencia de Dios como signo de su poder sobre la naturaleza
Siendo su creador y, al mismo tiempo, el único ser omnipotente, Dios puede, evidentemente, hacer que la naturaleza se comporte según Su voluntad. Por más que, por ejemplo, queramos que llueva en un determinado momento, nuestra voluntad no bastará para que, en efecto, llueva.
Que Dios puede orientar el curso de su creación según sus designios es algo que podemos constatar en el relato mismo del diluvio. El libro de Génesis relata que tras advertir el mal que se cernía entre su creación, Jehová decidió purificarla con un diluvio. Pero no era un diluvio sin más, por el contrario, era uno que él mismo haría caer sobre la tierra (Cf. Génesis 6:17).
Otro testimonio contundente de la omnipotencia de Dios es suministrado también por el libro de Génesis. Según nos dicen aquí las Sagradas Escrituras, los habitantes de las ciudades de Sodoma y Gomorra vivían sumidos en el pecado.
Como consecuencia de ello, Jehová decidió destruir ambos lugares de un modo que solo un ser omnipotente podría hacerlo. Primero envió dos ángeles para sacar a Lot, sobrino de Abraham, y a su familia de esos territorios. Luego, dando muestras de su omnipotencia, hizo llover fuego y azufre, arrasando así ambas ciudades y el pecado que anidaban (Cf. Génesis 19: 24-25).
Otra fuente testimonial de la omnipotencia de nuestro Señor podemos encontrarla en el libro de Éxodo. Aquí asistimos al momento en que el pueblo de Israel, cuya dirección Jehová había encomendado a Moisés, sale de Egipto.
En cierto punto del trayecto, los israelitas se ven forzados a atravesar el Mar Rojo, pero los egipcios venían tras ellos para capturarlos. Entonces Moisés, acatando la voz de Jehová, alzó una de sus manos sobre el mar, invocando así el poder de Dios. Confirmando una vez más Su omnipotencia, Jehová dividió el mar para que los israelitas pudiesen cruzarlo en seco (Cf. Éxodo 14: 21).
Ese mismo relato, líneas después, reafirma la omnipotencia de Dios cuando narra que Jehová unió nuevamente las aguas del mar. De esta forma, el ejército egipcio, que había avanzado hasta la mitad del mar dividido, fue derribado por la omnipotencia divina (Cf. Éxodo 14: 27-28). Vemos, pues, que Jehová, con Su poder infinito, Su omnipotencia, despejó el camino para liberar a su pueblo y protegerlo.
III. La omnipotencia de Dios como signo de su amor
En el Nuevo Testamento, concretamente en Hebreos 11: 18 leemos: ‘… para que, por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta…’. Concentrémonos en aquella parte según la cual es imposible que Dios mienta.
Una interpretación de este versículo pondría en tela de juicio la omnipotencia de Dios. Veamos por qué: si Dios es omnipotente, entonces lo puede todo; pero no puede mentir, por ende, no es omnipotente. Este tipo de confusiones llegaron a ser, y aún son, tema de debate entre filósofos creyentes y ateos.
Esta interpretación, sin embargo, es errada, porque se apoya, precisamente, en una confusión. No se trata, en absoluto de que Dios no pueda mentir, sino que es Su santa voluntad no hacerlo. En eso radica, a decir verdad, la perfección de nuestro Padre Celestial.
Esa perfección descansa en el hecho de que aun teniendo el poder de hacerlo todo, nuestro Señor no hace aquello que vaya en contra de su amor por nosotros. Si en Dios hallamos la verdad, no es parte de su naturaleza divina mentir.
Cabe resaltar que la perfección de nuestro Padre es un modelo de vida que debemos imitar. En los evangelios leemos ‘Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.’ (Mateo 5: 48).
Así, guiar nuestra vida bajo la perfección de Dios es un modo de reconocer su omnipotencia. Resumiendo: la omnipotencia de Dios es tal que cada una de sus obras es una expresión de su amor hacia nosotros.
En conclusión
Dios manifiesta su omnipotencia de varias formas. La Biblia nos enseña, como hemos visto, que el poder de Jehová trasciende toda capacidad humana. Tiene la inigualable capacidad de crear, de dar vida con Su sola palabra.
Pero también tiene el poder de influir sobre su creación de tal modo que pueda proteger a sus hijos. Paralelamente, tiene también el infinito poder de hacer frente a aquellos que quieran amedrentar a su pueblo.
Con todo, su omnipotencia es una muestra incomparable de su amor, pues pese a su ilimitado poder, solo hace aquello que es bueno para nosotros.
© José R. Hernández. Todos los derechos reservados.






