Vanidad de vanidades

Francisco Hernández

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Introducción

Vanidad de vanidades, todo es vanidad.” (Eclesiastés 1:2). Esta frase de los Eclesiastés es una de las más conocidas y repetidas de las escrituras sagradas. Aunque escrita originalmente en hebraico, fue su versión latina (vanitas vanitatum et omnia vanitas) que se hizo más famosa, hasta el punto de convertir el verso bíblico en un dicho popular.

Sin embargo, la palabra latina vanitas, dónde viene el término vanidad, es usualmente interpretada como un tipo de admiración de sí mismo. Por esta razón, estamos acostumbrados a comprender la vanidad en un sentido quizás un poco reducido, como mero narcisismo, o simples egolatría.

Todavía, la palabra hebrea original, hebel, dice un poco más que la palabra vanitas. Significa “soplo” o “vapor”. Esto puede indicar muchos otros sentidos para la vanidad, como algo sutil, etéreo o efímero.

En el estudio bíblico del Evangelio de Hoy, vamos a explorar el sentido de la vanidad un poco más allá del obvio. Nuestra intención aquí no es solamente alcanzar otros significados posibles de la palabra, pero aún aclarar la razón por la cual la vanidad es un obstáculo en el camino hacia Dios.

El libro del Eclesiastés

El libro del Eclesiastés es, en primer lugar, la autobiografía de la vida y de la sabiduría de Qohélet, el hijo de David, Rey de Jerusalén. Qohélet es una palabra hebrea que quiere decir “el predicador” o aún, “el profesor”.

O sea, no es propiamente un nombre, pero una titulación adoptada por el autor (o los autores) del manuscrito original. Aquél que predica o profesa algo, llamase en griego antiguo el “ekklesia”, dónde viene el título del libro que conocemos, a saber: “Eclesiastés”. En este sentido, el título quiere decir: “(el libro, o las palabras, o la reunión de enseñanzas) de aquél que predica o profesa”.

La estructura general del libro del Eclesiastés comprende: un prólogo, una investigación sobre el sentido de la vida, conclusiones de esta investigación, un poema final y un epílogo. Esta estructura está de acuerdo con otros “libros de sabiduría” que encontramos en las escrituras sagradas, como, por ejemplo, el libro de Job o los Proverbios.

En el prólogo del libro, donde encontramos la famosa sentencia sobre la vanidad, se recupera un tema desarrollado en otros momentos de la Biblia. Por ejemplo, en la Epístola de Pablo a los Romanos, cuando leemos: “Porque la creación fue sujetada a vanidad” (Romanos 8:20). O aún otro ejemplo, en los Salmos, donde leemos: “Por cierto, vanidad son los hijos de los hombres” (Salmos 62:9). La explicación para estas sentencias, veremos a seguir.

La vanidad como orgullo soberbio y orgullo envidioso

El Predicador escribe: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad.” (Eclesiastés 1:2). En los Romanos, Pablo escribe: “Porque la creación fue sujetada a vanidad.” (Romanos 8:20). ¿Qué vanidad es esta?

Estamos hablando aquí de la sujeción de la creación a vanidad. En este sentido, podemos resaltar dos episodios muy emblemáticos, a saber: el orgullo soberbio de Adán y Eva, que no asumieron el error de su decisión, y el orgullo envidioso de Lucifer, que cayó porque pensaba ser mayor que Dios.

Ya aprendimos en otra oportunidad (predica “Hacia la liberación”) que el pecado original de Adán y Eva consistió más en la negación de la libertad que en el acto de comer del fruto prohibido. La libertad es el mayor regalo de Dios. El gran pecado de la creación fue no asumir esta libertad regalada por el Señor. Además, Adán responsabilizó Eva. Y Eva, a su vez, responsabilizó la serpiente.

¿Por qué Adán y Eva hicieron esto?

Pero, ¿por qué Adán y Eva hicieron esto? Hicieron, todavía, porque fueran tomados por el orgullo. El orgullo de quien cree que está exento de error. Un orgullo todavía soberbio. Esto sucedió, sobre todo, porque estaban ellos en una posición privilegiada entre otros seres creados. Sin embargo, en lugar de reconocer la gracia, se llenaron de una vanidad orgullosa.

Asumir la libertad de comer al fruto prohibido es asumir que habían hecho algo que no era aconsejado por Dios. O sea, significaba asumir un error de juicio. Todavía, tanto Adán como Eva no pudieron asumir el error. Ahí estaba su orgullo soberbio y por esto fueran expulsados del jardín del Edén.

También aprendimos (mensaje “No debemos juzgar el otro”) que Lucifer, el Ángel de la Luz, intentó poner su trono arriba las estrellas de Dios, porque era él el más brillante de los ángeles. Lucifer fue acometido por un orgullo envidioso, es decir, envidió las estrellas más brillantes de Dios.

Pero, ¿por qué Lucifer hice esto? Él ha hecho esto porque fue tomado por lo que vio. Él vio la luz más brillante y se encantó. El apego a la visión fue el principio motor de su convicción. Ahí estaba su orgullo vanidoso y por esto fue expulsado del cielo.

Los vanidosos todavía envidian. Por más que esto parezca el contrario de lo que se comprende por una persona vanidosa, el hecho es que el vanidoso nunca está satisfecho. Él siempre quiere más.

Leemos en el libro del Eclesiastés: “El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad.” (Eclesiastés 5:10).

Esto es lo mismo que decir que la vanidad es una envidia. Envidiar es justamente se dejar llevar por lo que se ve, como indica el término latino invidere: “mirar sobre (algo)”.

Si volvemos lo que escribe Dante Alighieri, recordamos que los envidiosos son castigados en la Segunda Grada del Purgatorio, con sus ojos cosidos con alambre de hierro. Esto representa la mayor castigo posible para los que se dejaran llevar por la visión, los envidiosos.

Por fin, retomamos: la vanidad puede se manifestar como un orgullo soberbio o como orgullo envidioso. Una persona orgullosa no asume los errores, porque piensa ser mejor que los otros, porque piensa ser perfecta, porque es llevada por la soberbia. Además, una persona orgullosa nunca está satisfecha, quiere siempre más, porque piensa merecer más y no reconoce la gracia que Dios le dio.

La vanidad como soplo

Hay aún otro sentido para la vanidad, a saber: la vanidad como soplo. El término hebreo hebel indica algo como un “soplo”, o aún, un “vapor”, como traduce Moises Chavez en su Diccionario de Hebreo Bíblico. Havél havalím dice “vanidad de vanidades”, pero también podría decir “soplo de soplos”. Esto tiene todavía muchos sentidos.

En el primer sentido, podemos comprender que la vanidad es un soplo porque es algo muy ligero. Este significado nos acerca de la naturaleza y esencia de la vida de los seres creados, es decir, ligera y efímera. Cuando el Predicador indica que todo es vanidad, él apunta hacia lo que somos y tenemos: la ligereza y fragilidad de nuestra existencia.

Esto aclara un poco más la enseñanza dejada por Santiago, cuando dijo: “El hermano que es de humilde condición, gloríese en su exaltación; pero el que es rico, en su humillación; porque él pasará como la flor de la hierba. Porque cuando sale el sol con calor abrasador, la hierba se seca, su flor se cae, y perece su hermosa apariencia; así también se marchitará el rico en todas sus empresas.” (Santiago 1:9-12).

Por tanto, los vanidosos son aquellos que se apegan a lo que pasa muy rápido. Cuando hacen esto, ignoran lo que es sustancialmente eterno, o sea, ignoran a Dios.

Otro sentido posible es comprender el soplo como el vehículo por lo cual Dios dio vida a las criaturas. Así leemos en el libro de Job: “El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida.” (Job 33:4). Por esto, el Predicador dice que todo es vanidad, o sea, todo lo que es creado gana vida con el soplo de Dios.

Otra vez, aquellos que sostienen la vanidad miran las criaturas, pero se alejan del Creador porque solo ven la vida que tienen y no su principio fundador y eterno.

Aún otro sentido implica que el soplo es algo que no se puede agarrar. Es algo todavía desprovisto de materia que se pueda manosear. Es también desprovisto de lógica que se pueda comprender.

En este sentido, comprendemos el diálogo de Dios con Moises: “Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: Yo Soy El Que Soy”. (Éxodo 3:13-14). La respuesta de Dios es una tautología, es decir, una respuesta analítica que no explica, pero repite a sí misma, porque es un principio que basta a sí mismo, auto explicativo.

El vanidoso intenta agarrar y comprender el soplo, pero no logra, porque a Dios no se puede agarrar ni comprender. A Dios, solo se puede temer y amar.

En todos estos sentidos, lo que podemos percibir es que la vanidad como soplo pone en relieve dos cosas muy importantes. Por un lado, resalta la esencia efímera de la creación. Por otro, envía una alerta para aquellos que se aferran a la creación y olvidan del Creador.

Tenemos un ejemplo de un dicho popular muy famoso que explica esto: cuando el sabio apunta al cielo, el necio mira el dedo. Esto es lo que pasa con el vanidoso.

Conclusión

Estudiamos en el Evangelio de Hoy el sentido de la vanidad como un orgullo soberbio y también como un orgullo envidioso.

En los Proverbios encontramos una serie de dichos sobre estos tipos de orgullo. Ya en la primera parte, en el contexto de un elogio a la sabiduría, encontramos dos palabras sobre esto.

La primera dice: “No envidies al hombre injusto, ni escojas ninguno de sus caminos.” (Proverbios 3:31). Y la segunda dice: “El temor de Jehová es aborrecer el mal; la soberbia y la arrogancia, el mal camino, y la boca perversa, aborrezco.” (Proverbios 8:13).

Más adelante, en la primera colección de enseñanzas de sabiduría, leemos: “Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra; con los humildes está la sabiduría.” (Proverbios 11:2).

Y aún en esta misma colección de versos, leemos otros dos palabras esenciales. Una que dice: “El corazón apacible es vida de la carne; pero la envidia es carcoma de los huesos.” (Proverbios 14:30), y otra que dice: “Abominación es a Jehová todo altivo de corazón; ciertamente no quedará impune.” (Proverbios 16:5).

Luego después, leemos otra condena el los Proverbios: “Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu.” (Proverbios, 16: 18). Y por fin, leemos aún: “La soberbia del hombre le abate; pero al humilde de espíritu sustenta la honra.” (Proverbios 29:23).

Como podemos ver, la vanidad como orgullo es un camino contrario al camino de Dios.

Después, estudiamos también el sentido de la vanidad como “soplo” o “vapor”.

Reconocer nuestra vanidad es reconocer que nuestras vidas no son más que un soplo. Los vanidosos se apegan al soplo, pero se olvidan de la eternidad de Dios, que sopló la vida en las criaturas que creó.

Además, el soplo tiene el sentido de algo inalcanzable, incomprensible, inefable. Así leemos en los Salmos: “Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender.” (Salmos 139:6). Y así también leemos en la Epístola de Pablo a la Iglesia de Dios en Corinto: “¡Gracias a Dios por su don inefable!” (2 Corintios 9:15).

Ignorar la inefabilidad de Dios es el camino contrario al camino de Dios.

Sin embargo, no es el camino contrario solo porque no reconoce a Dios, pero por la ignorancia misma. Esto es lo que pasa con quien cultiva la vanidad: se vuelve ignorante, necio. Como aquél que mira lo dedo cuando le apuntan el cielo.

También encontramos en los Proverbios algo sobre esto: “El necio da rienda suelta a su espíritu, pero el sabio se mantiene en silencio.” (Proverbios 29:11). Aquél que da rienda suelta a su espíritu, libera su espíritu como un soplo ligero. Todavía, las palabras del necio son vacías, porque “Un necio no se complace en comprender, sino en expresar su opinión.” (Proverbios 18:2).

Concluyendo:

La vanidad de las vanidades dice nosotros mismo, de nuestra esencia y de nuestra falta. Dice de nuestro orgullo, de nuestra soberbia y nuestra envidia. También dice de nuestra fragilidad y de la origen en Dios, que es eterna, desde la cual venimos y hacia la cual volveremos. Dice aún del camino de la ignorancia y del camino del conocimiento de Dios.

Aquellos que están juntos de Dios se alejan de la vanidad. Ellos no suponen que saben, porque reconocen que no hay lo que saber. Ellos reconocen que su conocimiento es limitado porque Dios es ilimitado.

Alejándose de la vanidad, pueden por fin comprender la reflexión del Predicador, que dice: “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol.” (Eclesiastés 1:9).

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Francisco Hernández

Sirviendo a Jesucristo desde hace más de 20 años. No soy pastor de una iglesia, pero me gusta estudiar la biblia y redactar mensajes cristianos para ser participe de la gran comision.

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