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Joven, levántate

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Mensajes Cristianos.. Lectura Biblica: Lucas 7:12-17  “Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo,  levántate. Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar

Introducción

La muerte es siempre desgarradora, incluso para una persona de fe. Pero cuando nos topamos con la muerte de un joven o de un niño que está apenas floreciendo y en pleno crecimiento es aún más dolorosa, sobre todo para una madre. En este pasaje Cristo abre su corazón y muestra su lado más humano que se compadece y se duele ante el dolor ajeno.

LA VIDA Y LA MUERTE ESPIRITUALES

Podríamos decir que es mucho más dolorosa la muerte espiritual, el pecado, por el que nos alejamos de Dios y quedamos postrados ante el demonio; perdemos la vida divina que el Espíritu Santo nos ofrece y la cambiamos por la muerte y la podredumbre espiritual.

Sobre la muerte física no tenemos ningún poder ni decisión; en cambio sobre la muerte espiritual sí tenemos una responsabilidad directa, porque sólo sucede cuando libre y voluntariamente nos alejamos de Dios.

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Aunque no es tan evidente como la muerte física, también es una muerte. Y también causa tristeza e impotencia, porque Dios nunca va a violentar nuestra voluntad y cuando tomamos malas decisiones sólo puede ver con tristeza cómo nos equivocamos. Aunque Dios se encarga siempre de sacar un bien de cualquier mal, no deja de ser doloroso.

Lucas nos narra cómo Jesús va acompañado de sus discípulos al entrar en la ciudad y observa desde lejos el cortejo fúnebre y a la madre viuda llorando amargamente la muerte de su hijo pequeño.

Jesús se enternece y se compadece de aquella mujer que ve truncada la vida de su niño en la flor de la juventud, cuando tenía toda una vida por delante: proyectos, planes, sueños… Todo truncado y roto por las garras de la muerte.

Jesús se compadece de la madre y la consuela. Muestra empatía, es decir, se duele junto con la madre, ve el dolor de su corazón y sufre el mismo dolor de aquella mujer. Por eso la consuela diciendo: no llores más, porque yo, que soy omnipotente, me voy a encargar, puedo librarte de este inmenso dolor.

Lo mismo le sucede con la muerte espiritual, Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, ¿puede Dios alegrarse de la muerte del pecador? (Ezequiel 18: 23). Jehová el Señor responde: “Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva.” (Ezequiel 33: 11).

Cuando una oveja se pierde, el pastor se entristece, se angustia y sale a buscarla dejando al resto (Lucas 15: 3-7), porque la ama y deja a 99 para auxiliar a la oveja que se alejó de él y que no conoce el camino de regreso. Y cuando la encuentra felizmente la carga sobre sus hombros, porque el cielo se alegra y festeja por un pecador que se arrepiente, que resucita a la vida divina (Lucas 15: 7).

Por eso, Jesús, igual que hizo con aquel joven, nos dice a cada uno: “levántate, resucita en tu vida espiritual, vuelve a la vida”.

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Hay que estar dispuestos a escuchar esa palabra poderosa y con autoridad que nos llama a la vida, hay que permitir que Cristo toque nuestra alma como tocó aquel féretro y nos devuelva la vida. Sabemos que Dios es Padre y siempre estará esperándonos con los brazos abiertos, listos para envolvernos con ellos, un Padre que siempre perdona con amor (Lucas 15: 1-32).

CONCLUSIÓN

Y sin hacer aspavientos ni teatralidades, con la sola fuerza vivificante de su palabra, el joven muerto se reanimó, volvió a la vida y comenzó a hablar, ante el miedo de unos y la alegría de sus seres más queridos. Cristo sólo se limita a entregarle el hijo vivo a su madre. ¡Con cuánta facilidad obra Cristo lo imposible!

De igual manera promete Jesús reanimar el alma de todo quien se acerque a Él. Lo puede traer a la vida espiritual, a la vida divina. Sólo necesitamos pedirlo con fe: Renuévame, revísteme del hombre nuevo (Efesios 4: 23-24). Manifiesta en mi alma tu poder (Lucas 5: 23-25).

© Ricardo Hernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Ricardo Hernández

Siervo de Jesucristo.

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