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¿Amar al enemigo?

Mensajes Cristianos – Predicas Cristianas

“…Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen…” (Mateo 5:43-44)

La primera vez que leí este pasaje bíblico, me sentí bastante desconcertado (casi decepcionado se podría decir).

Me había enfocado tanto en concebir al amor como una de las bendiciones más perfectas del cielo para la complementación exclusiva entre aquellos seres “que se aman”, que expresar amor hacia el enemigo, o sea, a aquella persona que no muestra amor hacia uno y que más bien hace “méritos” para que no se lo ame, me parecía un contrasentido.

Desde aquella primera vez en que escudriñé este texto bíblico del evangelio, ya han pasado muchos años. Y poco a poco, el padre del cielo se ha encargado de alumbrarme con su espíritu hacia el discernimiento de tan elevada enseñanza.

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Sin duda, el primero en darnos el ejemplo del amor perfecto es Jehová nuestro Dios. Su gracia es la expresión de amor más grande que Él podría habernos dado.

Porque por amor y misericordia, lejos de ponerse duro con la humanidad tan imperfecta, Dios se desprendió de su hijo y lo envió a la tierra, y a través de él, nos transmitió su infinito amor, llamándonos al arrepentimiento e invitándonos a vivir una nueva vida y salvar nuestra alma.

Y su hijo, nuestro Señor Jesucristo, no hizo más que proclamar y vivir esta verdad, que nos amemos los unos a los otros. Incluso en la cruz, ¡Jesucristo clamó a Dios a que perdonara a los que lo habían crucificado! Demostrando de esta forma que él seguía las enseñanzas de su padre, y que el amor es misericordia y perdón por el prójimo aun cuando éste paga mal a uno.

También podemos poder de ejemplo la vida del apóstol Pablo, quien antes de convertirse en discípulo de Jesucristo, fue un encarnecido perseguidor de cristianos.

Pero Dios no tardó mucho en mostrar su gracia y amor hacia él, y en vez de castigarlo de por vida, lo exhortó al arrepentimiento y le dotó del espíritu santo, con lo cual fue instituido apóstol.

Esto es también un ejemplo divino de cómo Dios retribuye con amor, corrección y compasión, el odio que puede llegar a existir en el corazón de los humanos.

No obstante, es también cierto que ante el error del prójimo es imperativo la exhortación (¡no la venganza!) para que exista el arrepentimiento y por lo tanto, surja el perdón. Así nos lo enseña Jesucristo cuando dice: “…Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale…” (Lucas 17:3).

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¿Cuantas veces no hemos sentido revelados de nuestros propios actos cuando hemos oído la exhortación de alguien? Porque nuestro padre celestial exhortó fuertemente a sus hijos en la antigüedad, los llamó al arrepentimiento con palabra de autoridad y los que fueron capaces de oír, se salvaron.

Lo mismo sucedió con Jesús, que al ver mercaderes en el templo, los echó con autoridad demostrando su celo por el cumplimiento de la palabra de su padre, pero luego los volvió a exhortar para que se arrepintiesen y salvasen sus almas, mostrando así la grandeza de su alma.

Quizás todavía albergamos sentimientos encontrados al respecto de esta palabra. Si nos planteamos amar al que nos daña, podría estar resonando en nuestra ser interior frases como “No sería justo…”, “No se lo merecería…”. Pero lo que sí es cierto es que el amor, en su naturaleza divina, no distingue al prójimo.

Sea este un ser angelical con nosotros o alguien que nos lastima, el amor en nuestros corazones debe ser siempre el amor; o en palabras del Apóstol Pablo:

“…el amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor, no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta…” Y añade sabiamente: “…El amor nunca deja de ser amor…”. (1 Corintios 13:4-8).

© Favio Sz Jaramillo. Todos los derechos reservados.

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