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El consejo del burro

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Texto Principal: Números 22: 21–40

El refrán popular dice: “Guerra avisada no mata soldado, y si lo mata, es por descuidado”

A menudo, nos enfrentamos a situaciones donde recibimos consejos o advertencias respecto de lo que queremos hacer, pero por diferentes motivos (la gran mayoría de ellos asociados al orgullo), no atendemos a la llamada “Voz de la Razón” y terminamos luego con un desastre tan enorme entre las manos que nuestra única opción se vuelve la de llorar amargamente.

Pues, si bien el desastre por sí sólo ya implica algo bastante malo, lo que lo vuelve aún más insoportable es el recordatorio constante de que pudimos haberlo evitado, si tan sólo, hubiéramos hecho caso de la advertencia.

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Ahora bien, ¿Qué pasaría si el motivo por el cual desestimamos el consejo es porque proviene de una persona que consideramos “indigna”, “no capacitada” o “ajena a nuestros intereses”?

Personalmente debo decir, que el noventa por ciento (90%) de mis equivocaciones y fracasos tienen su origen en la incapacidad de reconocer y aceptar el consejo cuando éste se me ha dado; entre otras razones, porque cometí el error de prejuzgar a la fuente de ese consejo que a mi parecer y en ese momento, “no era el indicado”.

El pasaje bíblico en el libro de Números, nos presenta el caso de Balaam, quien fue llamado por Balac, rey de Moab, para que maldijera al pueblo de Israel, que por aquel tiempo se encontraba vagando por el desierto.

La biblia no ofrece mayores detalles respecto del currículum de Balaam, excepto que provenía de Petor y el nombre de su padre era Beor. Sin embargo, este singular personaje no era cualquier aparecido ni recién vestido cuya fama se limitaba a la hora del almuerzo en su propia casa.

Balaam, según lo describe el verso 6 del mismo capítulo, era alguien que podía bendecir o maldecir con el 100% de efectividad. Así que, Balaam era el tipo de persona que querías tener de amiga, porque si te lanzaba una maldición, podías darte por herido, derrotado o en el peor de los casos, muerto.

En tal sentido, se puede deducir que Balaam era una persona de sumo cuidado y para que sus palabras pudieran tener tal impacto sobre la vida de una persona o de una nación entera, es porque dicho poder debió haberle sido otorgado por Dios en primer lugar. Recordemos los pasajes bíblicos que dan prueba de lo anterior:

“Y a ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.” (Mateo 16:19)

“A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.” (Juan 20:23)

En el primer texto encontramos a Jesús, dándole potestad a Pedro, luego que éste confesara la naturaleza de Cristo y en el segundo, tenemos a Jesús apareciéndose ante sus discípulos luego de la resurrección para indicarles lo que debían de hacer de allí en adelante.

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Como podemos ver en ambos casos, autoridades como las de Balaam provenían exclusivamente de parte de Dios y lo que quiero destacar con esto es que muchas veces, puede resultar que el nivel de responsabilidad y compromiso adquiridos a título personal puede hacernos perder de vista quienes somos en realidad y que no por el hecho de tener cierta habilidad o conocimiento somos infalibles, intocables o sabelotodos.

Balaam tenía un don y por eso mismo fue convocado y contratado por el rey de Moab; no obstante, el uso que de ese don iba a hacer Balaam no era del agrado de Dios, así que, aún y cuando debatió con Dios mismo sobre si llevar a cabo o no la tarea, Dios le dejó finalmente, el libre albedrío para decidir, y como no es de extrañar, Balaam eligió la peor opción.

No sé si sería el exceso de confianza, la autoestima súper desarrollada, o la exorbitante paga que se le ofreció, lo que hizo que Balaam pusiera de lado la voluntad de Dios, y el conocimiento del Altísimo respecto de lo bueno y lo malo, pero, en el verso 21 del capítulo 22 del libro de Números, lo encontramos enalbardando su asna para ir derechito a soltarle una maldición demoledora a Israel.

¿Cuántas veces nos ha pasado que perdemos de vista la palabra de Dios y su voluntad porque nuestra propia meta nos ciega el entendimiento? Presta atención: el que tengas un propósito delante de Dios y creas en él, no significa que instantáneamente él correrá a hacer lo que quieras, sin importar cuanto te ame o cuanto poder te haya concedido. Del mismo modo que un padre, no se arrodillará frente a su hijo sólo porque éste le haya superado en nivel académico o económico.

Cuando Balaam iba rumbo a maldecir, fue su asna la que le frenó en el camino. Cabría suponer que un hombre con semejante autoridad de parte de Dios podría ser capaz de ver el ángel de Jehová cuando éste se le apareciera, pero no debemos olvidar que estamos hablando del mismo hombre que habló con Dios para preguntarle si debía ir a maldecir a la niña de sus ojos.

Como ya mencioné, Balaam estaba demasiado concentrado en el premio que recibiría como para prestarle cuidado a las advertencias, en especial porque dichas advertencias provenían de un animal que a su criterio, no era otra cosa que un vehículo de transporte con patas.

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No digo que ser una persona preparada o bien educada sea un pecado ni tampoco que sea malo ante los ojos de Dios, pero no existe justificación alguna para desestimar el consejo de Dios cuando lo recibimos sólo porque a nuestro parecer el mensajero no llena los requisitos necesarios para estar a la altura del mensaje o de nosotros.

De niños y también de adolescentes fueron muchas las veces que cerramos nuestros oídos a los consejos de nuestros padres y maestros porque nos molestaba ser corregidos; y conforme fuimos creciendo la molestia se transformó en orgullo y hasta en prepotencia, porque con cierto nivel de instrucción alcanzado, dinero, experiencia o logros, empezamos a creernos algo parecido a los “Reyes del mundo” y por lo tanto, si alguien a nuestro mismo “nivel” o con el mismo “perfil” no venía y nos daba ese consejo, entonces, lo ignorábamos.

Aquí es donde precisamente se cumple ese texto bíblico que dice: “sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es.” (1 Corintios 1: 27 y 28)

¿Quiénes somos nosotros para decirle a Dios a quién o qué puede usar para darnos un mensaje o responder nuestra oración? ¿Cuántas veces hemos orado a Dios por guía y respuesta ante determinada prueba o para llevar a cabo cierto proyecto y cuando nos la da sencillamente la ignoramos porque no es lo que queríamos escuchar o no viene en la forma en que esperábamos?

¿Hasta cuándo se nos va a olvidar y no vamos a aprender que Dios hace como quiere y cuando quiere y que no necesita nuestro permiso para hacer lo que por anticipado sabe que es lo mejor para nosotros?

Cuando el apóstol Pedro fue llamado por Cornelio a su casa, Dios se había adelantado en prepararle tanto espiritual como mentalmente para aceptar porque él ya estaba dispuesto a rechazar su invitación, y en el capítulo 10 del libro de los Hechos encontramos a la respuesta de Dios a su prejuicio:

“Lo que Dios limpió, no lo llames tú común…” (Verso 15)

¿Cuántas veces en nuestro caminar con Cristo, y vivir en el evangelio, y ministrar en la iglesia, y alcanzar puestos de liderazgo, hemos recibido consejos de personas que ni siquiera se congregan en la iglesia, que no comulgan con nuestra fe, que no comparten nuestro bautismo ni nuestra doctrina y nosotros simplemente los hemos ignorado porque pensamos y decimos que “no son dignos”?

¿Es imposible para Dios darnos una lección a través de una persona inconversa o incluso de un ateo? ¿Será que Dios no puede valerse de cualquier medio a su alcance para hacernos llegar el mensaje que necesitamos recibir ante nuestra eventualidad?

No pequemos de orgullosos ni tampoco de soberbios, porque la consecuencia directa de no atender a la voz de Dios es un fracaso inminente y es allí donde correrán las lágrimas y el lamento; o, ¿podremos con ello retroceder el tiempo y cambiar lo que pasó para que esta vez sí le prestemos oído a la voz de Dios aun y cuando viniese vestida de mendiga?

Las respuestas de Dios para nuestras vidas no tienen por qué venir vestidas de oro ni forradas en neón para resultar llamativas, lo que necesitamos es humildad para aceptar su voluntad y obediencia para ponerla por obra.

Tenga en cuenta lo siguiente:

“Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos.” (Isaías 53:2)

Cuando ores a Dios y pidas su dirección y su apoyo, ten por seguro que te va a responder y estará allí para ayudarte, pero destapa tus oídos, aclara tu mente, y ejercita la humildad de modo que puedas ser sensible a su voz.

Muchas veces, puede suceder, que la respuesta de Dios para tu vida sean todos y cada uno de los obstáculos que hoy te detienen de alcanzar lo que tanto deseas y no es porque no quiera verte feliz  ni realizado sino simplemente porque te está protegiendo y aunque tú no lo veas, más adelante puedes encontrarte con un ángel cuya espada está desenvainada y lista para clavarla en ti.

Mi madre siempre dice que el tiempo de Dios es perfecto y que las cosas no debe ser forzadas; que lo que es para nosotros vendrá y punto; y bueno, después de todo lo anteriormente dicho, creo que sería sensato escuchar esos consejos.

Dios le bendiga.

Redactado por: Emily Sánchez

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