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Tocando puertas

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Medardo llegó a la Florida procedente de un país suramericano y, como muchos inmigrantes, tuvo que tocar puertas muchas veces, para pedir una limosna, que le ayudara a sobrevivir a él y a su familia, por el tiempo que estaría tratando de conseguir trabajo.

 Esta etapa de la vida es bien difícil y desesperante, hasta que la bondad de Dios abre vías en esta nación llena de oportunidades y, por fin, podemos ser suficientes para suplir nuestras propias necesidades.

Ese día, Medardo había tocado siete puertas y sólo en tres, consiguió las esperadas subvenciones cuya suma total no sobrepasó los cinco dólares. En las cuatro restantes, no encontró otra cosa que un movimiento negativo de cabeza acompañado de la famosa frase: “que Dios te ayude y tengas mejor suerte en lo adelante”. Pero al tocar la octava puerta, se oyó una voz del interior de la casa: -¿Quién es?, ¿puedo ayudarle en algo?

-Sí- respondió Medardo -Necesito una ayuda, estoy recién llegado a este país, no he conseguido trabajo y mi familia tiene hambre.

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Se abrió una pequeña ventanilla de la propia puerta y salió una mano que mostraba un curioso y no común anillo con una minúscula cruz en su parte superior, en el dedo anular y portando un billete de veinte dólares que entregó a Medardo, sin que éste pudiera identificar a su benefactor. Después se escuchó nuevamente la voz de lo profundo que decía: -Necesita algo más- A lo que él contestó agradecido en gran manera: -No, ha sido más que lo que yo esperaba, que Dios se lo pague con creces.

Pasaron varios años de aquel incidente y Medardo; que era trabajador, honrado y agradecido, ya tenía un buen empleo y un nivel de vida standard. Aquella tarde venía guiando su automóvil de los Cayos para Miami. En el camino y a lo lejos, vio que un hombre, parado en la orilla de la carretera y al lado de su vehículo, hacía inútilmente señas en solicitud de ayuda a los que pasaban sin siquiera mirar para él. Entonces Medardo sintió que Dios lo llamaba a ser el oportuno socorro y acto seguido se detuvo en auxilio.

-Eh, puedo ayudarle- le dijo.

-Sí, mi carro se dañó y necesito llegar a Miami, ¿podrías llevarme?

-Con mucho gusto hombre, monte y lo llevaré a la ciudad.

El hombre se acomodó en el asiento del pasajero y con absoluta tranquilidad sonrió, mostrando una imperfecta dentadura provista de dientes grandes, anchos, amarillos, separados y desiguales que causó asombro a Medardo; pero no tanto como al observar en su mano izquierda y en el dedo anular, aquel anillo con la cruz vacía que antes había visto y que nunca podría olvidar. Se preguntó preocupado: -¿Se tratará del mismo hombre? Pudiera ser un anillo muy parecido, o quien sabe si esta persona se lo compró a aquél. Claro, debe ser algo así. Mejor no toco ese tema- Y los dos hombres continuaron conversando todo el viaje, de muchos temas, menos del que a cada momento le venía a la memoria de Medardo.

El automóvil entraba a la ciudad y la luz roja de un semáforo indicaba que había que detenerse, ocasión que un individuo muy mal vestido y con apariencia de mucha pobreza aprovechó para dar unos golpecitos en el cristal de la ventanilla del pasajero, mostrándoles un pedazo de cartón que por un cordel colgaba de su cuello y en el que se leía: “HOMELESS”.

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El pasajero abrió la ventanilla unas pulgadas solamente hasta que su mano derecha pudo pasar, entregándole un billete de veinte dólares al desafortunado; pero a su vez volviéndose al chofer para no mirar hacia afuera, dijo: -Necesita algo más- a lo que el homeless respondió: -No, no. Muchas gracias y que Dios le bendiga.

Medardo perdió la prudencia y le preguntó: -¿Por qué usted siempre da, sin querer ver al necesitado?.

-¿Dijo usted siempre?, ¿es que me conoce de otra parte?. Bueno, realmente fue usted quien preguntó primero y debo responderle. Pues muy bien, mi propósito no consiste en poner en aprietos de agradecimiento al que le tiendo la mano. Cada uno debe ser agradecido de acuerdo a su propia conciencia y no por compromiso. Yo sólo me limito a dar sin esperar nada a cambio; ni siquiera para que Dios, que todo lo ve, me premie por esta acción; en cambio, Él siempre ha tenido misericordia de mí, y eso me reconforta. De Jesucristo aprendí: “Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses”. Mateo 5:42.

Mi querido amigo que entras a estas páginas, no es una casualidad que este pasaje llegue a ti. Del mismo modo que un día te viste tocando puertas, no le des la espalda al que ahora está tocando la tuya. Atiéndalo y ayúdalo sin esperar nada a cambio. Si nunca necesitaste tocar ninguna puerta, entonces tienes más obligación con Dios, porque si Él te ha dado en abundancia, también tú, en abundancia, debes dar.

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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