Buscando un Cristiano

Antonio J. Fernández

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El escape de valores morales en la sociedad no es un problema de los últimos tiempos. El género humano viene arrastrando esta situación de siglos en siglos y hasta pudiéramos decir de milenios en milenios.

El hombre, en su afán de poder y de enriquecimiento, no ha cesado de acudir a los procedimientos más bajos con tal de conseguir su propósito. Aunque para ello tenga que matar, prostituirse, robar y cualquier otra cosa sin el menor de los escrúpulos.

Ante este denigrante comportamiento de los que no se detienen ante nada; la otra parte, que generalmente es la que sufre las consecuencias, ha tenido como únicas armas de defensa: el desprecio y la antipatía.

Si nos remontamos a más de dos mil años atrás, por ejemplo a los días de las grandes conquistas de Alejandro el Grande; quien conquistó Egipto, el Asia y llevó la gloria de Grecia hasta la India, diseminando la cultura helénica por todos los territorios conquistados, podemos ver que ya en aquellos tiempos los hombres se manifestaban en actos desmedidos e incluso el propio Alejandro fue objeto de múltiples señalamientos.

Pero como nunca ha faltado alguien que esgrima el arma del desprecio, también este excepcional guerrero fue víctima de ella. Recordemos el muy conocido incidente que tuvo el gran conquistador, cuando lleno de todo su esplendor y poseído de un espíritu de superioridad, se fue a visitar al otro extremo de él, como quien siendo extraordinario ha sido atraído por lo también extraordinario, aunque no en lo más alto, como lo estaba él; sino en lo más bajo. Me refiero a Diógenes de Sínope, conocido como el Cínico.

A Alejandro le llamó la atención que aquel indigente que solía vivir dentro de un tonel y despreciaba todas las reglas sociales, sintiera tanto desprecio por el propio hombre y se presentó ante él un día fresco; pero soleado y cuando le preguntó al cínico ¿qué deseaba?, que cualquier cosa que pidiera se lo podía conseguir, aunque fuera algo muy difícil, Diógenes con tranquilidad le respondió: -que te apartes para tener la luz del sol-.

Alejandro, que sin dudas era muy inteligente, comprendió que el cínico lo había derrotado pidiendo el sol, que sólo Dios puede dar o quitar y ningún hombre, por poderoso que sea, puede hacerlo. El que todo creía poderlo, se sintió tan humillado que, al día siguiente abandonó la ciudad.

El desprecio más grande que Diógenes le hizo al hombre no fue, precisamente, el de Alejandro Magno. En una ocasión, el cínico llegó a una plaza llena de personas en pleno día, en una mano llevaba una luz y a todo el que le preguntaba decía: -¡Busco un hombre!-.

En los días que vivimos tenemos las calles abarrotadas de individuos capaces de cualquier cosa con tal de obtener su propósito, y las principales víctimas son nuestros niños, nuestros jóvenes y naturalmente, las personas humildes.

Ellos están por dondequiera, muchos se enmascaran en nuestras propias iglesias. Nuestro deber ante Dios, es llevar la palabra llana y clara, que todos conozcan las promesas; pero también las consecuencias. Y que sólo los limpios saldrán adelante, y sobre esto dijo Jesucristo: –Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a DiosMateo 5:8. De esta manera, Diogénes nunca podrá entrar a nuestra iglesia, con una luz en una mano, diciendo: -¡Busco un cristiano!-

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Antonio J. Fernández
Autor

Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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