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Mensajes Cristianos Mensaje de Hoy: La adoración al Señor es para nuestro bien
Mensaje Cristiano Texto Biblico: 2 Corintios 1:3-4
La alabanza a Dios redunda en beneficio nuestro
Muchas veces nos preguntan los que no creen qué es alabar a Dios. Y realmente no se puede explicar si no se lo pone en práctica. Porque alabar a Dios no se hace sólo con las palabras, ni con el solo pensamiento. La alabanza a Dios involucra toda la persona y todas las facultades. Nada escapa de la alabanza a Dios, porque a Dios se lo alaba con toda la vida.
Es cierto que es necesario que tengamos un tiempo destinado exclusivamente al encuentro con el Señor. Si nos reservamos momentos del día y de la semana para dedicarle a la oración y a la adoración en comunidad, estaremos haciendo algo muy bueno para nuestra vida espiritual. Pero alabar a Dios con todo nuestro ser es algo que se debe practicar durante todo el día, a cada minuto (Salmo 63:1).
¿Esto beneficia a Dios? ¿Él recibe algo que no tiene? Claro que no. A Dios nada le falta, si no, no sería un ser perfecto. Por lo tanto, nada hay que podamos darle. En su infinitud y suma perfección, nuestra alabanza no le reporta ningún cambio. Los que salimos beneficiados con la alabanza a Dios somos nosotros.
Elevar nuestra oración al Señor nos hace dialogar con Él. Y cuando nuestro diálogo con Dios no se basa en simplemente hacer peticiones, sino que nos dedicamos a glorificar sus maravillas, estamos creciendo espiritualmente. Porque de esta manera, lo que hacemos es salir de nosotros mismos, dejamos de mirar nuestro ombligo para reconocer la grandeza del Señor.
Alabar a Dios es un deber de justicia
El progreso espiritual comienza cuando dejamos de buscar a Dios para que nos dé algo, y lo buscamos porque necesitamos su presencia. Cuando reconozcamos que sin Él no tendríamos ni siquiera la existencia, y que todo se lo debemos, comenzaremos a alabarlo realmente.
Porque de esta manera llegamos a tocar con nuestras mentes limitadas lo que nos muestra la Sagrada Escritura. En ella vemos las maravillas que obró Dios por su pueblo y su iglesia. En ella vemos las maravillas de la creación. Y todos los días tenemos el privilegio de verlas con nuestros ojos.
Haciendo esto, empezaremos a adelantar en el camino de la salvación. Porque si no reconocemos que somos pecadores, y que el único santo es Dios, no podemos empezar nuestra conversión. La alabanza a Dios es entonces un deber de justicia, de nosotros, pobres criaturas, hacia el Creador (1 Crónicas 29:11).
De lo más profundo de nuestro ser debe brotar la necesidad de alabar a Dios por su grandeza. Así estaremos más cerca de Él, porque reconoceremos su misericordia y su bondad. Nos hizo hijos suyos por el sacrificio de Cristo. Nos lavó las culpas con el bautismo. La alabanza a su nombre es entonces también un deber de gratitud.
Él conoce nuestras necesidades antes que se las manifestemos
Que sea un signo de madurez espiritual adorar a Dios por sus maravillas no significa que no haya que pedirle su auxilio. Como un hijo que confía en su Padre, debemos orar con fervor y confiarle nuestro dolor y necesidad. Pero tenemos que saber, que Él conoce lo que nos falta. Él sabe de nuestras dolencias y nuestro pesar.
Pero orar y pedirle su ayuda paternal es otra forma de estar en diálogo con Él. Y mientras más estemos en su presencia, más difícil será que caigamos en la tentación y cometamos un pecado. ¿Quién podría pecar si está en diálogo con Dios? Por eso la oración y la alabanza constantes son un escudo contra la tentación y la seducción del mundo (2 Timoteo 4:18).
Debemos orar con confianza, sabiendo que Dios es un padre generoso, que nos ha brindado a su propio Hijo para salvarnos. No permitirá que caigamos en la perdición, pero tenemos que estar unidos a Él. Así su fuerza nos acompañará todos los días de nuestra vida.
Conclusión
Dios no necesita de nuestra oración. Pero nosotros sí necesitamos adorarlo. Porque de esta manera progresamos en la vida espiritual, al reconocer Su grandeza y Su poder.
Tenemos que adorar a Dios con el cuerpo y con el alma, con toda nuestra vida. Es la manera de estar en su presencia constantemente. Y el que está en la presencia de Dios es difícil que caiga en la tentación, porque sentirá muy cerca su auxilio (Romanos 10:13).
© Renzo Garcia. Todos los derechos reservados.