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Lo que tengo te doy

II. NO TENEMOS PLATA NI ORO PERO TENEMOS LA FE DE CRISTO PARA QUE LOS HOMBRES PONGAN LA MIRADA EN ÉL

1. “Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos” (vers. 4)

¿Por qué Pedro y Juan le pidieron al paralítico que les mirara? ¿Hacían esto los demás que entraban al templo? Les aseguro que lo último que pedían los que le daban las limosnas era que este hombre les mirara. Todos iban de prisa y por lo general los mendigos tenían alguna canasta donde podían lanzarle dinero sin necesidad de detenerse para conversar con aquel menospreciado.

Así que fue una gran sorpresa para él que dos hombres le pidieran que les mirase. ¿Qué esperaba de ellos? Cuando Pedro le dijo: «Míranos», este hombre a lo mejor pensó: ahora si hice mi día, porque esperaba recibir de ellos algo. Creo que la decepción fue grande cuando vio que ninguno tenía dinero para darles. Sin embargo, la exigencia de Pedro planteaba un cambio en lo que siempre espera recibir.

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La intención de los apóstoles era avivar en un hombre sin esperanza, la fe que nunca tuvo para ser sanado. A los hombres que están postrados en su condición, que viven sin esperanza, se necesita invitarlos a cambiar de mirada y a dejar de confiar en las “limosnas” de este mundo.

Sobre este particular el profeta de antaño ha dicho: «Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más» (Isaías 45:22). Nosotros tenemos a Jesucristo para darle a cada mendigo. Hagamos que ellos pongan su mirada en Cristo (Hebreos 12:2).

2. “Entonces él les estuvo atento…” (vers. 5)

Si bien es cierto que estos que venían al templo despertaron en este paralítico mayor expectativa para recibir algo, por cuanto pidieron su atención, el hecho que estuvo atento es la cualidad más esperada en un necesitado para que la semilla de la fe nazca y comience a dar frutos.

La verdad es que si algo no hace la gente hoy día es estar atento a aquellos que tienen consigo el mensaje que puede cambiar sus vidas. Asistimos a una generación incrédula, indiferente y que se aleja cada vez del Señor. Por supuesto que es nuestra responsabilidad ir a ellos, así como Pedro y Juan fueron al hombre echado en la puerta de la Hermosa y le trajeron algo más que oro.

La atención que este paralítico puso en estos hombres fue porque ellos se acercaron para hablar con él y luego para levantarle. Amados, los hombres incrédulos o indiferentes se sensibilizan cuando ven que hay alguien que se interesa por ellos. Eran muchos los que entraban y salían por la puerta de la Hermosa, pero solo dos humildes hombres se detuvieron y se interesaron por él. La fe nace cuando es provocada intencionalmente.

3. “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy…” (vers. 6)

Sin duda que estas son las palabras más grandes de esta historia. ¿Qué pudo ser más valioso que la plata y el oro pensaría aquel mendigo? ¿Qué poseían aquellos hombres que era distinto al resto de los que entraban y salían del templo?

Bueno, en el momento que Pedro tuvo la atención de este hombre, hizo dos cosas: En primer lugar, admitió su bancarrota en las cosas materiales. «No tengo plata ni oro...». Esto no fue extraño porque su Maestro tampoco tenía (Mateo 8:20). Pero, en segundo lugar procedió a ofrecerle al dueño de la plata y del oro.

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Lo que este hombre va a oír es algo asombroso, insólito y único para una ocasión como aquella. Estos hombres no le iban a dar a este mendigo las cosas que él siempre esperó como dinero. Amados, no siempre el dinero es lo que el hombre necesita para vivir.

El hombre necesita a Cristo, y eso fue lo que estos pobres, pero ricos apóstoles, le ofrecieron. Y es que no se puede dar lo que no se tiene. Y así es con nosotros. Si no poseemos una relación viva con Jesucristo, nunca seremos capaces de dar un toque celestial a los demás. Oh, hermanos, cuán rico es un hombre lleno del Espíritu Santo. Esa es una riqueza incomparable.

III. NO TENEMOS PLATA NI ORO PERO TENEMOS LA AUTORIDAD DEL NOMBRE DE CRISTO PARA LEVANTAR AL CAÍDO

1. “En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (vers. 6b)

¡Qué palabras tan llenas de poder, determinación y autoridad! Aquella confesión de los apóstoles fue como una música a los oídos de ese hombre y la noticia que jamás había oído. Los apóstoles sabían bajo que autoridad venían delante de aquel hombre caído.

Ellos conocían a Jesucristo, el que vino de Nazaret. Aquel a quienes ellos también vieron levantar al paralítico de Betesda que tenía unos treinta y ocho años en la misma condición (Juan 5:8). Ellos conocían a la única persona que podía levantar y poner a caminar a ese hombre que jamás creyó poder hacerlo. El nombre de Jesús es el del gran YO SOY de Israel. Es el mismo Dios todopoderoso.

El nombre ante el cual los demonios tiemblan, los ciegos ven, los muertos resucitan y las enfermedades se van. Los apóstoles no tenían ni oro ni plata, pero estaban sostenidos por la autoridad más grande del cielo y de la tierra.

Nadie se quedará postrado cuando se pronunciaba ese nombre y se ordenaba levantarse. Ese nombre sigue siendo el mismo dos mil años después. Fue el mismo Cristo quien antes de ascender al cielo dijo: “Toda autoridad me es dada en el cielo y en la tierra…”. La iglesia tiene esa autoridad, solo que el Señor está buscando que haya hombres llenos del Espíritu Santo para que la ejerzan, y en su nombre levanten a los que hoy están también postrados en su condición.

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2. “Y al momento se le afirmaron los pies y tobillo…” (vers. 7)

Los auténticos milagros de Dios ocurren al instante, lo cual hace cambiar el curso natural de las cosas. Jesús fue carpintero, pero no hizo muletas para los paralíticos, de allí el asombro de todos frente a un imposible.

El hombre que estaba por más de cuarenta años paralizado se levantó al momento por primera vez. No tenemos por qué dudar que Dios le hiciera huesos nuevos a este hombre. Los que tenía no podían resistir los saltos y brincos para comenzar a andar. El poder sanador de Dios tiene la característica de hacer nueva todas las cosas.

Cuando un hombre cree en Cristo de corazón viene un cambio visible. Es así como entra de muerte a vida, de una condición de postración a una de resurrección. Observe todo los efectos de esta sanación. Sus pies y tobillos se afirmaron (vers. 6). Luego saltó y se puso en pie (vers. 7). Después entró al templo que nunca conocía por dentro. Allí alabó al Señor, la primera experiencia que tiene aquel que es tocado por misericordia del Señor (vers. 8). El poder del Cristo resucitado levanta al hombre postrado para que este le alabe y testifique ante los hombres de la obra transformadora que viene solo por el toque divino.

CONCLUSIÓN

Muchos modernos “apóstoles” si tienen plata y oro, pero los que sanaron a este hombre estaban en “banca rota económica”, pues aunque algunos vendían sus propiedades y los ponían a los pies de los apóstoles, ellos repartían todo entre los más necesitados. Pero, ¿qué es lo que más necesita la gente?

¿Plata u oro o decirles que se levanten y anden? Esta historia nos muestra que tenemos a un Dios de milagros, pues lo que es imposible para los hombres, si posible para Dios.

Para los hombres que hoy están también postrados, sin ninguna esperanza para salir de su condición, hay una palabra que surge llena de gracia y de poder: “No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda” (vers. 6).

Levante sus ojos y mire a Cristo; el poder que hubo para sanar ayer, es el mismo que sana hoy. No ponga su fe en el oro o la plata de este mundo, sino en el Señor que cambia y transforma la vida. Levántese y ande. No siga postrado. Venga a Cristo hoy para ser restaurado y sanado.

© Julio Ruiz. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Julio Ruiz

Pastor en Virginia en los Estados Unidos, con 42 años de experiencia de los cuales 22 los dedicó en Venezuela, su país de origen. El pastor Julio es Licenciado en Teología y ha estudiado algunas cursos para su maestría en Canadá.

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