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¿Dónde están?

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En el día de hoy vamos a examinar uno de los milagros de Jesucristo que contiene un mensaje de suma importancia. Quiero advertirles desde ahora que el mensaje de hoy no es solamente de suma importancia, sino que puede ser que muchos lo encuentren bastante fuerte.

Digo esto porque hoy estaremos hablando de un pecado común en la vida de muchos creyentes. Ahora bien, cuando se habla del pecado, inmediatamente todos pensamos en los diez mandamientos. Pensamos en las leyes establecidas por Dios que nos revelan nuestras faltas, ¿verdad? Pero yo diría que un pecado que pasa desapercibido en el pueblo de Dios con frecuencia es la ingratitud.

Digo esto porque cuando hacemos un análisis de nuestra vida, creo que todos podemos decir que Dios ha hecho y esta haciendo grandes cosas. Esto es algo por lo que deberíamos estar siempre dándole gracias a Dios, pero la realidad del caso es que la mayoría de los cristianos no toman el tiempo ni de orar dando gracias por los alimentos antes de comer.

La ingratitud es un problema bien serio, y es por eso que en el día de hoy vamos a estudiar una lección que todo cristiano tiene que aprender. Hoy vamos a aprender acerca de la necesidad de dar gracias. Pasemos ahora a la Palabra de Dios y estudiemos nuestra lección.

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Lucas 17:11-19Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. 12 Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos 13 y alzaron la voz, diciendo: !!Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! 14 Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados. 15 Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, 16 y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano. 17 Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? 18 ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? 19 Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

Estoy seguro que todos aquí hemos oído hablar de la lepra, que hemos leído los versículos en la Biblia que hablan acerca de esta aflicción devastadora, pero también estoy seguro que la mayoría de nosotros sino todos, desconocemos la magnitud de esta enfermedad.

La razón por esto es porque esta enfermedad no es muy común hoy en día. Pero para lograr tener un mejor entendimiento de lo que esta sucediendo aquí, es necesario que comprendamos la magnitud de esta enfermedad, así que tendremos que hacer un breve repaso de historia. Cuando se habla acerca de la lepra, se esta hablando de la enfermedad más temida en esos tiempos.

Contraer esa enfermedad era peor que recibir una sentencia de muerte, ya que el enfermo era completamente rechazado por la sociedad, esto es algo que podemos encontrar bien reflejado en Números 5:1-3 cuando leemos “Jehová habló a Moisés, diciendo: 2 Manda a los hijos de Israel que echen del campamento a todo leproso, y a todos los que padecen flujo de semen, y a todo contaminado con muerto. 3 Así a hombres como a mujeres echaréis; fuera del campamento los echaréis, para que no contaminen el campamento de aquellos entre los cuales yo habito.”

Con esto podemos ver que el enfermo no solo sufriría el padecimiento físico asociado con esta terrible enfermedad, sino que también tendría que sufrir el rechazo por todos los que le rodeaban, incluyendo el rechazo de sus propios seres amados y familiares. En otras palabras el enfermo tendría que sufrir una muerte larga y agonizante en todo sentido de la palabra. Pero ¿qué es esta enfermedad en si? Para que puedan tener un mejor entendimiento del sufrimiento que les hablo, permítanme ilustrarles como esta enfermedad se desarrolla en el cuerpo.

La enfermedad comienza con pequeños crecimientos en los párpados y las palmas de las manos. Luego se riega gradualmente por todo el cuerpo, destiñendo el pelo hasta quedar blanco, y le empiezan a salir escamas en las partes del cuerpo afectado que crean dolorosas llagas e inflamaciones. Fíjense si es mala que la enfermedad empieza en la piel causando llagas e inflamaciones, pero no se detiene ahí.

La infección se va comiendo la piel y la carne hasta llegar al hueso, de esta manera va pudriendo todo el cuerpo miembro por miembro. Es por eso que en las últimas etapas de la enfermedad, no es fuera de lo común ver que los miembros del cuerpo se caigan literalmente. Los judíos veían esta enfermedad como un castigo de Dios, así que solo Dios podía sanar a las personas con esta aflicción.

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Esto es algo que lo encontramos bien expresado en 2 Reyes 5:7 cuando leemos “Luego que el rey de Israel leyó las cartas, rasgó sus vestidos, y dijo: ¿Soy yo Dios, que mate y dé vida, para que éste envíe a mí a que sane un hombre de su lepra? Considerad ahora, y ved cómo busca ocasión contra mí.”

El leproso era considerado como una persona sucia físicamente y espiritualmente. Es por eso que los judíos tenían leyes muy estrictas acerca de las personas sufriendo de este padecimiento, esto es algo que se puede encontrar en los capítulos 13 y 14 del libro de Levíticos.

El leproso no se podía acercar a otras personas, y tenía que mantener una distancia de por lo menos seis pies de otras personas en todo momento. Como les dije previamente, el leproso no podía habitar dentro de las paredes de ninguna ciudad. El leproso era desterrado y completamente rechazado y repudiado por todos. Con estas cosas en mente examinemos ahora los versículos del día de hoy.

Aquí tenemos a Jesús en camino a Jerusalén y vemos que se encuentra con estas personas sufriendo de esta terrible aflicción. Estamos hablando de personas que se encontraban completamente desesperadas y con un gran sufrimiento. Pero vemos que ellos hicieron un clamor a Él.

Una cosa muy importante de notar aquí es que ellos demostraron una gran humildad, la Palabra nos dice “se pararon de lejos.” Ellos respetaron la ley cual demandaba que se mantuvieran por lo menos a seis pies de distancia. Y es aquí que vemos su humildad reflejada, digo esto porque en numerosas ocasiones personas afligidas por diferentes enfermedades no respetaban la ley, más corrían hacia Jesús. Así que al ellos guardar la distancia, Jesús noto su humildad.

Si hacemos un contraste entre estos diez hombres, y nosotros, creo que pronto encontraremos que no somos muy diferentes. Quizás algunos piensen que este no puede ser el caso, ya que aquí ninguno de nosotros sufrimos de lepra, pero les digo que cuando llegamos a los caminos de Jesús, nosotros sufríamos de una aflicción tan grande o peor que la de ellos.

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Nosotros estábamos completamente llenos de llagas dolorosas que nos deshabilitaban en todo sentido. No estoy hablando acerca de llagas físicas, sino de llagas espirituales. Entonces al igual que ellos, nos humillamos ante Dios. Reconocimos que no éramos merecedores y que estábamos en una condición que solo Él podía resolver y clamamos Su nombre.

En otras palabras, tal como estos diez hombres llegamos a los caminos del Señor y le pedimos misericordia. Llegamos a los caminos del Señor y le pedimos que nos sanara las llagas, y que restaurara nuestro espíritu. Y tal como lo hizo con estas personas, Él nos demostró su amor y misericordia y fuimos sanados. Ese vació que existía en nuestra vida fue llenado por completo.

Él derramo de su santo espíritu sobre nosotros, nuestros hogares, y todo lo que nos rodea, y empezamos a recibir las bendiciones. El derramo su gracia y misericordia sobre nosotros y recibimos la sanidad que tanto anhelábamos. Pero desdichadamente, aquí es donde comienza el problema para un gran número de personas.

Cuando leemos lo que aconteció aquí, vemos que de diez que fueron sanados solo uno regreso a darle gracias. No solo esto, pero el único que regreso a darle gracias era un hombre que era quizás el más repudiado de todos ellos, este hombre era Samaritano. Aquí es donde comienza una lección muy grande para toda aquella persona que dice ser cristiano. Hermanos, en esta acción de gracia existe una gran lección que todos tenemos que aprender.

Fíjense bien, todos los leprosos en este pasaje fueron bendecidos y debieron estar agradecidos. Todos debieron regresar a Él y darle gracias por la bendición, darle gracias por su misericordia. Todos fueron bendecidos por Cristo, pero no todos regresaron a Él. Solo uno regresó, los otros nueve siguieron su camino y se olvidaron de lo que Dios había hecho por ellos. En realidad lo que aconteció aquí no es muy diferente a lo que sucede hoy en día. Permítanme ilustrárselo de otra manera.

Analicemos el papel que desarrolla la iglesia. Cuando nos ponemos analizar lo que es la iglesia, creo que todos aquí estaremos de acuerdo cuando digo que la iglesia es más o menos como un hospital. ¿Como así? Fácil, pensemos en la función de un hospital.

Estoy seguro que ninguno de nosotros aquí hemos ingresado en un hospital sin tener una aflicción. Estoy seguro que ninguno de nosotros aquí ingreso en un hospital sin estar sufriendo de una enfermedad que nos debilito, al punto de necesitar ayuda inmediata y atención médica. Estoy seguro que ninguno de nosotros aquí ingreso en un hospital porque nos gusta la comida que sirven, ¿verdad?

Así que si tuvimos que ingresar no fue sin razón, sino porque estábamos necesitados de intervención medica. Y una vez en el hospital comenzamos a recibir la atención médica que necesitábamos, y ¿qué sucede cuando recibimos el tratamiento?

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