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¿Quién necesita escuchar el evangelio?

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Hace ya bastante tiempo que vengo diciendo que como iglesia, que como miembros del cuerpo de Cristo, todos tenemos que cumplir con nuestra función. Todos tenemos que asumir la responsabilidad que se nos ha encomendado, tenemos que comenzar a difundir el evangelio de Jesucristo al mundo.

Como les dije la semana pasada, no tenemos que ser maestros en teología, ni poseer títulos de seminarios, lo único que necesitamos es tener un corazón dispuesto, y una confianza absoluta en Dios.

Algo que siempre escucho al conversar con personas acerca del evangelizar es que la persona no sabe a quién debe evangelizar.

En otras palabras no sabemos quien necesita escuchar Palabra de Dios, así que este es el tema que les expondré en el día de hoy. Quiero que ahora pasemos a un acontecimiento histórico, y veamos exactamente a quien debemos evangelizar.

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Hechos 17:16-21Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría. 17 Así que discutía en la sinagoga con los judíos y piadosos, y en la plaza cada día con los que concurrían. 18 Y algunos filósofos de los epicúreos y de los estoicos disputaban con él; y unos decían: ¿Qué querrá decir este palabrero? Y otros: Parece que es predicador de nuevos dioses; porque les predicaba el evangelio de Jesús, y de la resurrección. 19 Y tomándole, le trajeron al Areópago, diciendo: ¿Podremos saber qué es esta nueva enseñanza de que hablas? 20 Pues traes a nuestros oídos cosas extrañas. Queremos, pues, saber qué quiere decir esto. 21 (Porque todos los atenienses y los extranjeros residentes allí, en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo).

Para tener un mejor entendimiento del mensaje de hoy, nos será necesario hacer un repaso de historia. En otras palabras, tenemos que transportarnos a esos tiempos y saber lo que estaba sucediendo en esa actualidad.

A través de la historia antigua, Atenas había sido una de las ciudades más gloriosa en el mundo. La literatura, la arquitectura, el arte, la filosofía, y la prosperidad abundaban en esta ciudad, pero algo más abundaba en esta gran ciudad, algo malvado.

Aquí tenemos a Pablo que llega a esta ciudad después de su precipitada partida de Berea (Hechos 17:13-15); aquí tenemos a Pablo que era como especie de turista en esta ciudad tan popular, y el centro universitario más grande en el mundo.

Pablo no pensaba quedarse aquí, en actualidad él estaba en camino a Corintios, pero tendría que detenerse aquí por un tiempo para esperar a Silas y a Timoteo. Pero algo de esta ciudad impactó a Pablo grandemente.

Fíjense bien que no fue la arquitectura, no fue el arte, no fueron las universidades, no fue el esplendor de los edificios, no fue la prosperidad del pueblo o los avances en la ciudad. Lo que impactó a Pablo fue la abundante idolatría que existía, la Palabra nos dice: “su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría.”

La ciudad completa estaba llena de ídolos, según muchos historiadores, existían miles de miles de ídolos; existía más de un ídolo por persona. La ciudad estaba completamente cubierta por imágenes en todos los sitios, no se podía caminar sin tropezar con uno o más.

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El espíritu de Pablo se enardeció al ver el abuso de la gloria de Dios que existía, al ver la ceguera espiritual del hombre, al ver la esclavitud al demonio; el espíritu de Pablo se enardeció con compasión por todas estas personas que andaban perdidas en ese mundo de tinieblas sin la menor esperanza de ser hallados justo ante los ojos de Dios.

Haciendo una comparación entre esa ciudad y nosotros aquí hoy en día veremos que no existe mucha diferencia. Hoy en día todas estas cosas que abundaban en ese entonces abundan en este país, abundan en esta ciudad, abundan en este mundo.

Aquí abunda la ciencia, el arte, la arquitectura, y la prosperidad. Pero el problema esta en que esta abundancia en muchas ocasiones nos hace complacientes.

Cuando esto sucede, entonces nuestra fe sufre y ya no estamos en el fuego del espíritu Santo, sino que nuestra fe se vuelve en una fe fingida, una fe tibia; creo que no tengo que hablar mucho de lo que esto significa y lo que Cristo nos dijo de esta condición espiritual (Apocalipsis 3:15-16).

Cuando nos volvemos complacientes entonces se nos hace muy fácil desobedecer a Dios, se nos hace bien fácil racionalizar y justificar el pecado, se nos hace muy fácil volvernos como esa ciudad, se nos hace muy fácil convertirnos en idolatras.

Sé que muchos están pensando que eso jamás les sucederá, sé que muchos están diciendo que nunca servirán a un ídolo echo por el hombre, pero también sé que los ídolos no tienen que ser necesariamente estatuas de piedra o yeso; la idolatría abarca muchas cosas.

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Como les dije, nosotros no somos atraídos por dioses de piedra o yeso, pero si somos atraídos y en numerosas ocasiones seducidos por dioses materiales, religiosos, emocionales e intelectuales; estas son cosas que desdichadamente, en muchas ocasiones, interrumpe o detiene nuestro crecimiento espiritual.

Descubramos si existen ídolos en nuestra vida; revisemos los tres ídolos más comunes en el hombre hoy en día.

Preguntémonos, ¿servimos al ídolo material? El materialismo es un problema que prevalece en una país como el nuestro, porque en lugar de poner nuestra confianza en el Señor, confiamos en nuestra cuenta bancaria o en nuestros ahorros, en nuestra educación, y en nuestras posesiones.

Esto nos conduce a pasar la vida entera persiguiendo lo material, y nos parece que nunca tenemos los suficiente. Preguntémonos, ¿servimos al ídolo del apetito?

Permítanme otra pregunta, no me la contesten, contéstesela a usted mismo, ¿cuántos compramos cosas sin necesidad? Es decir ¿cuántos compramos cosas porque esta de moda o porque es algo popular?

No existe nada malo en querer lo más nuevo, no existe nada malo en querer superarse, pero cuando nos sobrepasamos en nuestros gastos entonces comenzamos a servir a nuestro apetito. En esencia comenzamos hacer tesoros en la tierra en lugar del cielo (Mateo 6:19-20).

Cuando disminuimos lo que contribuimos para la obra del Señor para gastar en nuestros pasatiempos, estamos sirviendo al ídolo de nuestro apetito. Preguntémonos, ¿servimos al ídolo de la ambición?

La realidad es que muchos permiten que sus carreras y sus ambiciones se conviertan en un ídolo. Sepamos que si nuestro deseo supremo es tener éxito en nuestra carrera, somos culpables de idolatría.

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