¿Quién necesita escuchar el evangelio?

Predicas Cristianas

Predicas Cristianas Predica de Hoy: ¿Quién necesita escuchar el evangelio?

Predica Cristiana Lectura Bíblica: Hechos 17:16-21

Introducción

Hace ya bastante tiempo que vengo diciendo que como iglesia, que como miembros del cuerpo de Cristo, todos tenemos que cumplir con nuestra función. Todos tenemos que asumir la responsabilidad que se nos ha encomendado, tenemos que comenzar a difundir el evangelio de Jesucristo al mundo.

Como les dije la semana pasada, no tenemos que ser maestros en teología, ni poseer títulos de seminarios, lo único que necesitamos es tener un corazón dispuesto, y una confianza absoluta en Dios.

Algo que siempre escucho al conversar con personas acerca del evangelizar es que la persona no sabe a quién debe evangelizar.

En otras palabras no sabemos quien necesita escuchar Palabra de Dios, así que este es el tema que les expondré en el día de hoy. Quiero que ahora pasemos a un acontecimiento histórico, y veamos exactamente:

A quien debemos evangelizar

Hechos 17:16-21Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría. 17 Así que discutía en la sinagoga con los judíos y piadosos, y en la plaza cada día con los que concurrían. 18 Y algunos filósofos de los epicúreos y de los estoicos disputaban con él; y unos decían: ¿Qué querrá decir este palabrero? Y otros: Parece que es predicador de nuevos dioses; porque les predicaba el evangelio de Jesús, y de la resurrección. 19 Y tomándole, le trajeron al Areópago, diciendo: ¿Podremos saber qué es esta nueva enseñanza de que hablas? 20 Pues traes a nuestros oídos cosas extrañas. Queremos, pues, saber qué quiere decir esto. 21 (Porque todos los atenienses y los extranjeros residentes allí, en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo).

Para tener un mejor entendimiento del mensaje de hoy, nos será necesario hacer un repaso de historia. En otras palabras, tenemos que transportarnos a esos tiempos y saber lo que estaba sucediendo en esa actualidad.

A través de la historia antigua, Atenas había sido una de las ciudades más gloriosa en el mundo. La literatura, la arquitectura, el arte, la filosofía, y la prosperidad abundaban en esta ciudad, pero algo más abundaba en esta gran ciudad, algo malvado.

Aquí tenemos a Pablo que llega a esta ciudad después de su precipitada partida de Berea (Hechos 17:13-15); aquí tenemos a Pablo que era como especie de turista en esta ciudad tan popular, y el centro universitario más grande en el mundo.

Pablo no pensaba quedarse aquí, en actualidad él estaba en camino a Corintios, pero tendría que detenerse aquí por un tiempo para esperar a Silas y a Timoteo. Pero algo de esta ciudad impactó a Pablo grandemente.

Fíjense bien que no fue la arquitectura, no fue el arte, no fueron las universidades, no fue el esplendor de los edificios, no fue la prosperidad del pueblo o los avances en la ciudad. Lo que impactó a Pablo fue la abundante idolatría que existía, la Palabra nos dice: “su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría.”

La ciudad completa estaba llena de ídolos, según muchos historiadores, existían miles de miles de ídolos; existía más de un ídolo por persona. La ciudad estaba completamente cubierta por imágenes en todos los sitios, no se podía caminar sin tropezar con uno o más.

El espíritu de Pablo se enardeció al ver el abuso de la gloria de Dios que existía, al ver la ceguera espiritual del hombre, al ver la esclavitud al demonio; el espíritu de Pablo se enardeció con compasión por todas estas personas que andaban perdidas en ese mundo de tinieblas sin la menor esperanza de ser hallados justo ante los ojos de Dios.

Haciendo una comparación entre esa ciudad y nosotros aquí hoy en día veremos que no existe mucha diferencia. Hoy en día todas estas cosas que abundaban en ese entonces abundan en este país, abundan en esta ciudad, abundan en este mundo.

Aquí abunda la ciencia, el arte, la arquitectura, y la prosperidad. Pero el problema esta en que esta abundancia en muchas ocasiones nos hace complacientes.

Cuando esto sucede, entonces nuestra fe sufre y ya no estamos en el fuego del espíritu Santo, sino que nuestra fe se vuelve en una fe fingida, una fe tibia; creo que no tengo que hablar mucho de lo que esto significa y lo que Cristo nos dijo de esta condición espiritual (Apocalipsis 3:15-16).

Cuando nos volvemos complacientes entonces se nos hace muy fácil desobedecer a Dios, se nos hace bien fácil racionalizar y justificar el pecado, se nos hace muy fácil volvernos como esa ciudad, se nos hace muy fácil convertirnos en idolatras.

Sé que muchos están pensando que eso jamás les sucederá, sé que muchos están diciendo que nunca servirán a un ídolo echo por el hombre, pero también sé que los ídolos no tienen que ser necesariamente estatuas de piedra o yeso; la idolatría abarca muchas cosas.

Como les dije, nosotros no somos atraídos por dioses de piedra o yeso, pero si somos atraídos y en numerosas ocasiones seducidos por dioses materiales, religiosos, emocionales e intelectuales; estas son cosas que desdichadamente, en muchas ocasiones, interrumpe o detiene nuestro crecimiento espiritual.

Descubramos si existen ídolos en nuestra vida; revisemos los tres ídolos más comunes en el hombre hoy en día.

Preguntémonos, ¿servimos al ídolo material? El materialismo es un problema que prevalece en una país como el nuestro, porque en lugar de poner nuestra confianza en el Señor, confiamos en nuestra cuenta bancaria o en nuestros ahorros, en nuestra educación, y en nuestras posesiones.

Esto nos conduce a pasar la vida entera persiguiendo lo material, y nos parece que nunca tenemos los suficiente. Preguntémonos, ¿servimos al ídolo del apetito?

Permítanme otra pregunta, no me la contesten, contéstesela a usted mismo, ¿cuántos compramos cosas sin necesidad? Es decir ¿cuántos compramos cosas porque esta de moda o porque es algo popular?

No existe nada malo en querer lo más nuevo, no existe nada malo en querer superarse, pero cuando nos sobrepasamos en nuestros gastos entonces comenzamos a servir a nuestro apetito. En esencia comenzamos hacer tesoros en la tierra en lugar del cielo (Mateo 6:19-20).

Cuando disminuimos lo que contribuimos para la obra del Señor para gastar en nuestros pasatiempos, estamos sirviendo al ídolo de nuestro apetito. Preguntémonos, ¿servimos al ídolo de la ambición?

La realidad es que muchos permiten que sus carreras y sus ambiciones se conviertan en un ídolo. Sepamos que si nuestro deseo supremo es tener éxito en nuestra carrera, somos culpables de idolatría.

Muchos proclaman no ser culpables de esto, pero sus sueños despiertos, sus ilusiones, fantasías, y sus temas de conversación sólo tienen que ver con son su carrera, con el dinero o con sus posesiones materiales.

Se preocupan muy poco o nada por la obra del Señor y dedican la mayor parte de sus esfuerzos buscando la prosperidad económica y la satisfacción de sus ambiciones (Colosenses 3:2).

La lista de ídolos pudiera continuar y continuar para nunca acabar, pero creo que ya todos tienen una buena idea de que el ídolo no es solamente una estatua de piedra o yeso; como podemos ver, la idolatría abarca mucho más territorio que esto.

Pablo encontró que en Atenas existía más de un ídolo por persona; hoy encontramos que en este mundo también existe más de un ídolo por persona.

Como pudimos ver en los tres ejemplos que les puse, estos ídolos son muy comunes, y todos aquí al analizarnos podemos encontrar que quizás tenemos uno o más a quien servimos.

Al inicio les dije que muchas personas no sabían a quien le deberían ministrar, a quien le deberían llevar la Palabra de Dios, y esto es un problema serio. Preguntémonos, ¿a quién le ministro Pablo en ese entonces?

Aquí leemos, “Así que discutía en la sinagoga con los judíos y piadosos, y en la plaza cada día con los que concurrían. 18 Y algunos filósofos de los epicúreos y de los estoicos disputaban con él.”

¿Qué quiere decir esto? Aquí existen cuatro grupos de personas a quien Pablo le ministró, y los cuatro grupos existen aún. Como siempre digo, tenemos que escudriñar las escrituras y desmenuzar los versículos para encontrar su significado.

Cuando hacemos esto entonces encontramos que primero aquí Pablo les ministro a los religiosos, representados por los judíos; ellos atendían los servicios con regularidad, conocían de Dios, tenían un buen entendimiento de las escrituras y las enseñanzas, pero confiaban en los ritos y ceremonias.

Segundo vemos que le ministró a los devotos, representados por los piadosos; este era un grupo de personas con temor de Dios pero no eran judíos.

Existía un gran grupo de personas de este tipo en el mundo antiguo, existía un gran numero de personas que estaban hartos de la inmoralidad e injusticia de la sociedad y las religiones politeístas, ellos entonces buscaban el judaísmo.

Tercero vemos que le ministro a los no creyentes, representado por los que cada día concurrían a la plaza; estos eran todos aquellos que no pensaban ni le daban mucha importancia a la verdad; ellos solo querían ser aceptados por aquellos que le rodeaban, fueran morales o inmorales, fueran justos o injustos, a ellos no le importaba.

Ellos solo le daban importancia al diario vivir y nada más. Cuarto vemos que le ministro a los intelectuales, representado por los filósofos epicúreos y estoicos.

Los epicúreos vivían bajo la filosofía del placer de la carne; ellos no creían que existía el cielo o el infierno, así que tenían que tomar todos los placeres de este mundo antes de morir.

Los estoicos vivían bajo la filosofía del racionalismo, y eran bien disciplinados; ellos pensaban que todo lo que sucedía era porque así estaba destinado y no hacían nada para influenciar su futuro o mejor dicho mejorar su futuro.

¿Existen estos cuatro grupos de personas aun? Quizás no estemos en Atenas, pero estos grupos todavía pueden ser encontrados a nuestro alrededor, y es por eso que la respuesta de ¿a quien debemos ministrarle? es que debemos ministrarle a todo el que nos rodea.

Debemos ministrarle al religioso porque la religión no puede salvar, solo Cristo salva (Hechos 4:11-12). Tenemos que ministrarle a los devotos porque no siempre estamos en los caminos adecuados (1 Tesalonicenses 5:14), es por eso que estamos llamados a enseñar, redargüir, y a corregir (2 Timoteo 4:2).

Tenemos que ministrarle a todos aquellos que aun no le conocen, ministrarle a todos aquellos que aún andan perdido en este mundo de tinieblas, llamarles a lo que nosotros fuimos llamados, llamarles al arrepentimiento (Marcos 1:15; Hechos 3:19), llamarles a la santidad (1 Corintios 1:2), llamarles a la paz y amor que solo Cristo les puede dar (Juan 14:27).

Tenemos que sentir ese mismo ardor que sintió Pablo en su corazón al ver como estaban las cosas en esa ciudad. Hermanos las cosas en esta ciudad, las cosas en este país, las cosas en este mundo no están muy diferentes a lo que Pablo vio en ese entonces.

El hombre siempre le da más importancia a losa cosas del mundo que a las cosas de Dios. ¡Los creyentes tenemos que ministrar sin cesar!

Los creyentes tenemos que pararnos todos juntos, protegernos y ayudarnos los unos a los otros en todo momento; esto significa que los haremos aun cuando esto no sea los más popular, aun cuando se nos ridiculiza.

Esto mismo fue lo que paso con Pablo, los filósofos, los intelectuales, lo trataron de poner en ridículo, pero esto no lo detuvo. Debemos mantenernos firmes en nuestra fe, apoyándonos los unos a los otros (Gálatas 6:2).

Para concluir

  • Existen muchos en este mundo perdidos en las religiones y sectas (2 Timoteo 4:3).
  • Hay muchos en este mundo que aún no conocen la verdad (Juan 8:31-32).
  • Hay muchos en este mundo que se han desviado de los caminos de Dios (Mateo 7:13-14).
  • Existen muchos en este mundo que piensan que tienen todas las respuestas y racionalizan las acciones y condiciones de su alrededor (Romanos 1:22).
  • Existen muchos en este mundo idolatra que solo sirven al dios de este mundo y no al Rey de Reyes y Señor de Señores (Mateo 6:24).

La pregunta que debemos hacernos es, ¿a qué grupo pertenezco? Si al analizar nuestra vida encontramos que pertenecemos a uno de estos grupos, salgamos ahora mismo. Busquemos de Dios en todo momento con todo nuestro corazón (Isaías 55:6-7; Jeremías 29:11-13).

Ministremos el evangelio a todos los que nos rodean. Permite hoy que el fuego del Espíritu Santo enardezca tu espíritu, mira a tu alrededor reprende la idolatría que te rodea.

¡No te mantengas callado, predica la Palabra de Dios!

© José R. Hernández. Todos los derechos reservados.

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