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El silencio de Dios

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Es molesto cuando hablas con una persona y ésta no te responde. Es frustrante cuando haces una pregunta que necesitas sea contestada, de preferencia lo antes posible, y sencillamente te dejan “en visto” y nada más.

Sensaciones como impotencia, enojo y hasta tristeza pueden sobrevenir como un diluvio repentino y abarrotar todos los espacios de nuestra vida, toda vez que nos sentimos ignorados o rechazados.

Dan ganas de gritar y de tomar por los hombros a esa persona, darle la vuelta para que te mire directo a los ojos y sacudirla lo suficiente mientras le pides con energía que te responda.

Eso sería una manera liberadora de imaginarlo, pero ¿Qué pasa cuando la persona que queremos que nos responda es Dios? ¿Podremos mirarle a los ojos y tomarle de los hombros para sacudirle con fuerza? De seguro que no. A lo sumo, podremos gritarle, pero el silencio va a continuar allí.

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¿Te imaginas qué pasaría si Dios de su propia voz y boca te respondiera lo que quieres saber? ¿Podrías resistir en pie ese estruendoso sonido que te paralizaría los huesos?

La voz natural y real de Dios tiene ese impacto. Todo el capítulo 29 del libro de los Salmos describe su potencia y en el capítulo 104 versos 6 y 7 se describe el correr apresurado del agua para descubrir los montes durante la creación por mandato de Dios: “A tu reprensión huyeron; al sonido de tu trueno se apresuraron”. El agua puede ser muy destructiva cuando sobrepasa sus límites, la mejor muestra de ello está en los tsunamis, crecidas de ríos e inundaciones, pero sólo la voz de Dios la puede hacer correr y retroceder.

Esa misma voz que tomó cuerpo en Jesús, pudo calmar el mar embravecido y sus fuertes olas y acallar la feroz tempestad que había desatado el viento, cuando se encontraba a bordo de una barca con sus discípulos durante la noche.

El evangelio de Marcos lo relata de la siguiente manera: “Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza.” (Marcos 4: 38 y 39)

La voz de Dios le dio vida a todo cuanto conocemos. El libro de Génesis relata en su primer capítulo el día a día de la creación, y es de destacar como antes de cada obra precedió el “dijo Dios…”.

  • Dijo Dios:…, “Sea la luz; y fue la luz” (verso 3)
  • Dijo Dios:…, “Haya expansión en medio de las aguas…., y fue así” (versos 6 y 7)
  • Dijo Dios:…, “Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar…y fue así” (verso 9)
  • Dijo Dios:…, “Produzca la tierra hierba verde…y fue así” (verso 11)
  • Dijo Dios:…, “Haya lumbreras en la expansión de los cielos…y fue así” (versos 14 y 15)
  • Dijo Dios:…, “Produzcan las aguas seres vivientes…y creó Dios los grandes monstruos marinos…” (versos 20 y 21)
  • Dijo Dios:…, “Produzca la tierra seres vivientes…y fue así” (verso 24)
  • Dijo Dios:…, “Hagamos al hombre a nuestra imagen,…, y creó Dios al hombre a su imagen…” (versos 26 y 27)

Antes de cada obra, antes de cada acción, antes de cada movimiento, la voz de Dios le precedió.

Así que, es un anhelo natural y propio del ser humano, el querer escuchar la voz de Dios. Somos dependientes a Su Presencia. Ni siquiera los ateos se escapan de esta necesidad, porque en medio de sus alegatos y de su demanda por una evidencia física que les confirme la existencia del Creador, están manifestando lo que el corazón del hombre ambiciona con tanta desesperación como el beber agua en medio del desierto, y esto es: escuchar Su Voz.

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¿Qué calma a un niño asustado en medio de la noche cuando es sobresaltado por sus miedos y pesadillas? Sin duda, la voz de su padre o de su madre. Una calma instantánea recorre el cuerpo de ese pequeño temeroso al percibir el inconfundible sonido de su voz. Incluso, si no emitiera palabras y tan sólo entonara un arrullo, ese sonido sería más que suficiente para decirle al corazón afligido que no está solo, que está a salvo y que ahora puede descansar.

Dependemos de la voz de Dios para vivir, para seguir sin rendirnos, para tomar aliento en los momentos de desesperación y vencer. Los siguientes ejemplos bíblicos nos hablan de esa necesidad y del impacto contundente que tuvo en la vida de personas como nosotros que se aferraron al sonido de esa voz.

Abraham, patriarca del pueblo del Israel, dejó su tierra y su parentela para recibir una herencia prometida a él de parte de Dios. En el capítulo 12 del libro de Génesis se relata como la sola palabra de Dios fue suficiente para mover a un hombre de su zona de confort y de todo cuanto conocía para poseer algo que sus ojos jamás habían contemplado. Abraham fue conocido desde entonces como el padre de la fe y más aún, el amigo de Dios. De sus lomos nació la nación de Israel.

Moisés, el gran líder del pueblo hebreo. Fue salvado por Dios del mandato faraónico que ordenaba la muerte de los infantes varones (Éxodo 1). Fue salvado de las aguas cuando su madre y su hermana lo pusieron en una cesta sobre el río (Éxodo 2). Fue educado como príncipe egipcio, recibiendo con ello la mejor educación de la época; y a pesar de haber sido exiliado de Egipto, por querer liberar el pueblo de Israel a su manera (Éxodo 2: 11 – 25), no rehusó la voz de Dios cuando le llamó desde la zarza que ardía y no se consumía (Éxodo 3). Exiliado, tartamudo y de 80 años, Moisés no rehusó el llamado de Dios, y se convirtió así en el libertador de Israel, el guía por cuya mano Dios manifestó las 10 plagas sobre Egipto (Éxodo 7 – 12), abrió el Mar Rojo en dos para que el pueblo pasara en seco (Éxodo 14), y a quien le concedió las tablas de la Ley y los 10 Mandamientos (Éxodo 20).

Josué, fue el sucesor de Moisés en el desierto para guiar al pueblo de Israel e introducirlo a la Tierra Prometida. No tenía una tarea fácil de cumplir, pero Dios le dijo: “Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé.” (Josué 1:5). Tamaña promesa infundió tal convicción en Josué que encabezó al pueblo cuando cruzaron el río Jordán (capítulo 3), cuando los muros de Jericó fueron derribados (capítulo 6), cuando destruyeron a Hai (capítulo 8), cuando derrotaron a los reyes amorreos (capítulo 10 y 11), cuando oró para detener al sol y la luna casi un día entero y obtener la victoria en la batalla (Capítulo 10 versos 12 – 14).

Isaías se convirtió en el más grande los profetas del Antiguo Testamento, luego que escuchara la voz de Dios: “Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí.” (Isaías 6: 8). Muchos de los pasajes contenidos en su libro profético son considerados en la actualidad de los más hermosos de la literatura, principalmente por contener numerosas referencias mesiánicas y de predicciones que se extienden desde los primeros días del cristianismo hasta hoy.

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Muchos más son los casos y ejemplos contenidos en la Biblia que nos hablan del poder que tuvo la voz de Dios en aquellos que le escucharon. No obstante, eso nos devuelve al dilema inicial, ¿Qué pasa cuando quieres oír la voz de Dios y no sucede? ¿Qué pasa cuando ansiamos una respuesta pero en lugar de eso lo único que percibimos es el silencio?

Al igual que sus discípulos sobre la barca, nuestra primera reacción es la de reclamarle: “Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?”

Obviamente, si nos encontramos en la posición de clamar a Dios es porque en nuestras vidas y a nuestro alrededor se está desatando una genuina tempestad. Ninguna persona en paz pide por ayuda. Sólo los afligidos, menesterosos y necesitados claman con desesperación por socorro; y es justo en ese momento, cuando el silencio se convierte en una bofetada que lastima el corazón.

Nos hace preguntarnos: ¿Por qué Dios nos abandonó? ¿Por qué no nos escucha? ¿Acaso se olvidó de nosotros o “se quedó dormido” como cuando estaba en la barca con los discípulos?

El profeta Elías huía de Jezabel (esposa de Acab, rey de Israel), luego de dar muerte a los cuatrocientos cincuenta (450) profetas de Baal y a los cuatrocientos (400) profetas de Asera. Su huida lo llevó hasta el monte Horeb, al interior de una cueva donde se escondió. Estando allí escuchó la voz: “… ¿Qué haces aquí, Elías?…, sal fuera, y ponte en el monte delante de Jehová” (1 Reyes 19:9, 11).

Tras lo cual una serie de eventos naturales (que sólo podrían ser catalogados como desastres) tuvieron lugar: un poderoso viento (verso 11), un terremoto (verso 11), un fuego (verso 12), sin embargo, Dios no se encontraba en ninguno de ellos. Por último, un silbo apacible y delicado se escuchó y de nuevo la voz preguntó: “¿Qué haces aquí, Elías?”. Esta vez, Dios se halló en ese silbido.

Ocurre con frecuencia, que esperamos que la presencia de Dios en nuestras vidas se perciba constantemente como un estruendoso sonido, como el rugir del mar, o la explosión de un volcán. En efecto, la naturaleza toda se estremece ante Su Presencia pero, existen momentos en que Dios no se vale de ninguna de esas manifestaciones para hacerse sentir o escuchar.

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