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Un hombre tenía dos hijos…

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A través de la vida todos hemos escuchado acerca de la obediencia.  Nuestros padres la exigían de nosotros, y nosotros la exigimos de nuestros hijos.  Pero ahora debemos preguntarnos, ¿somos obedientes a Dios?

Hago esta pregunta porque como les dije la semana pasada, en ocasiones nosotros llegamos a sentirnos como que Dios se ha olvidado de nosotros. En otras palabras, llegamos a pensar que Dios no nos bendice. Pero, ¿puede ser esto verdad?

La verdad es que Dios si desea bendecirnos en todo momento; Dios quiere lo mejor para cada uno de nosotros.  Pero lo que sucede es que con frecuencia nosotros mismos somos los que detenemos las bendiciones. ¿Cómo detenemos las bendiciones?

Nosotros mismos detenemos las bendiciones cuando escogemos movernos fuera de la voluntad de Dios, y pensamos que la nuestra es mucho mejor.  En otras palabras, entramos en un estado de rebeldía.  Pero como todos sabemos toda acción tiene su consecuencia.

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Este es el tema que estaremos estudiando en el día de hoy. Hoy estudiaremos las consecuencias de la desobediencia.  Busquemos ahora en la Palabra de Dios un ejemplo de lo que les estoy hablando.

Lucas 15:11-17También dijo: Un hombre tenía dos hijos; 12 y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. 13 No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. 14 Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. 15 Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. 16 Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. 17 Y volviendo en sí, dijo: !!Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!

Para tener un mejor entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy, será necesario tener un conocimiento básico de las costumbres y tradiciones de esa época.

La cultura y las tradiciones de esa época eran muy diferentes a las de hoy en día.  Según la tradición judía, los hijos no abandonaban el hogar de su padre cuando se casaban.

La tradición era que durante el periodo del compromiso el hombre construyera una adición a la residencia de su padre, donde viviría el hombre y su esposa después de la boda.  Abandonar la residencia de su padre significaba que el hombre dejaría todo atrás.  En otras palabras, la familia, las amistades, el trabajo, y en esencia cualquier futuro que pudiese tener.

Ahora bien, para poder darnos cuenta del gran significado de lo que este hijo pidió de su padre, debemos tener un mejor entendimiento de la ley de ese entonces.   La ley en ese entonces dictaba que el hijo mayor recibiría una doble porción de la herencia del estado de su padre [1].

La ley también indicaba que si el padre deseaba, él podía hacerles regalos a sus hijos durante su vida.  Con este pequeño conocimiento de la ley, podemos ver claramente que lo que este hijo pidió de su padre fue un regalo enorme. El hijo menor pidió que su padre le entregara lo que le pertenecería, algo que no se acostumbraba, ya que los hijos no recibirían la herencia antes de la muerte del padre[2].

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Manteniendo estos breves detalles en mente, continuemos ahora con nuestro estudio de hoy.

Les voy a decir algo que quizás muchos sepan, seguido por algo que quizás no sepan.  El padre en esta parábola representa a Dios, y los dos hijos representan a la gran mayoría de los creyentes en el Cuerpo de Cristo.  Quizás muchos piensen que Dios nunca actuaría como el padre en esta parábola, pero la realidad del caso es que si lo hace.  Fijémonos bien de la manera que actuó el padre para determinar si lo que les digo tiene sentido.

Como les dije, en este instante el hijo pidió algo muy fuera de lo normal a su padre.  Según el tono de la  pregunta, yo diría que además de ser fuera de lo normal, también fue de una manera un poco desagradable.  Fíjense bien como aconteció, el hijo dijo: “…Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde…”  ¿Por qué digo que esta forma de expresarse es un poco desagradable?

Digo esto porque cuando vamos a pedir algo de otra persona, lo normal es decir: “por favor”, o “me gustaría que…”, o quizás “deseo que”, pero como podemos apreciar, el hijo en ese momento no menciono ninguna o algo similar a esas cosas.  Es más, yo diría que la actitud del hijo fue una actitud demandante.  Digo esto porque como podemos apreciar, aparentemente él no tomo en consideración los sentimientos ni el estado negativo financiero que esta petición podría causar en la vida de su padre y el resto de la familia.  Pero, ¿qué hizo el padre?  A pesar de que quizás se sentía herido y/o ofendido por la actitud de su hijo, el padre le entrego lo que él deseaba.

Quiero que nos fijemos bien que el padre no trato de detenerlo o de convencerlo a que se quedara, a pesar de que quizás sabía lo que le iba a suceder.  El padre simplemente le entrego la porción que le tocaba.  Lo que sucedió aquí es algo que muchos no logran entender; muchos no logran entender y preguntan, ¿por qué Dios no nos detiene de hacer las cosas mal hechas?  Reflexionemos en lo que les acabo de decir por un breve momento.

Estoy seguro que todos aquí en un momento u otro, también hemos dicho o pensado, ¿por qué Dios permite que exista la maldad en el mundo? La respuesta a ambas preguntas es porque Dios nos ha entregado un gran regalo.  ¿Qué gran regalo nos ha entregado Dios?

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La respuesta a esta pregunta que bien ilustrada en Génesis 2:16-17 cuando leemos: “…Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; 17 mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás…”  ¿Qué regalo le dio Dios al hombre desde el inicio?  Dios nos ha dado el libre albedrío, y si Él nos detuviese de hacer algo, o si nos obligase a hacer Su voluntad, entonces ya no tendríamos este gran regalo.  Dile a la persona que tienes a tu lado: tú eres libre para escoger.

El padre en esta parábola no quería que su hijo se quedara en su casa si no lo deseaba; él no quería que se quedara por obligación o necesidad.  El padre no quería que su hijo se quedara en su casa esperando a que él muriese.  Y hermanos, Dios también desea lo mismo de nosotros.  Dios no quiere que le sirvamos por obligación, Dios no quiere que lleguemos y permanezcamos ante Su presencia porque estamos esperando algo.  Dios quiere que lleguemos y permanezcamos ante Su santa presencia porque le amamos; pero desdichadamente esto es algo que muchos no hacen.

Muchos sirven a Dios por compromiso, o porque piensan que están obligados, pero si encuentras que este es tu caso, entonces escucha bien lo que el Señor te dice en Juan 5:42 cuando leemos: “…Mas yo os conozco, que no tenéis amor de Dios en vosotros….” Y servir a Dios por y con amor es lo principal que todos tenemos que hacer[4].

Fíjense bien como esto es algo que queda bien claro en la respuesta que el Señor les dio a los fariseos y escribas que trataron de tentarle preguntándole qué ¿cuál era el mayor mandamiento en la ley? El Señor les dijo: “…Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente…”  (Mateo 22:37).   Dile a la persona que tienes a tu lado: sirve a Dios porque le amas.

Continuando leemos: “…No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. 14Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle…”  Aquí encontramos la realización del error cometido por este hombre.  En otras palabras, vemos claramente la destrucción que un estilo de vida rebelde produjo en su vida.

En realidad aquí encontramos algo bien reflejado que sucede en la vida de muchos creyentes.  Digo esto porque existen muchos que se alejan de la voluntad de Dios por la misma razón que este hombre.  Esto es algo que sucede porque existen muchos que piensan que el mundo tiene mucho que ofrecer, y que Dios es muy demandante.  Pero preguntémonos, ¿es imposible cumplir con lo que Dios demanda?

Cuando se hace esta pregunta las personas inmediatamente comienzan a pensar en numerosas cosas, cuando en realidad lo único que tenemos que hacer es perseverar en una cosa para cumplir todo lo que pueda llegar a nuestra mente.  ¿En qué debemos y tenemos que perseverar?

La respuesta a esta pregunta es fácilmente encontrada en Levítico 20:7-8 cuando leemos: “…Santificaos, pues, y sed santos, porque yo Jehová soy vuestro Dios. Y guardad mis estatutos, y ponedlos por obra. Yo Jehová que os santifico…”  ¿Por qué digo que con cumplir esto cumpliremos con todo las demás cosas que nos podamos imaginar?

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