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Venid a mí

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Todos nosotros, sin excepción, nos hemos visto alguna vez en la triste situación de orar hasta la saciedad, tras arrastrar una pesada carga, sin que consigamos alivio alguno. ¿Por qué? ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Estoy siendo ignorado por el Señor? Son algunas de las tantas preguntas que con frecuencia nos hacemos ante tal situación.

Mateo 11:27-30 –  Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. 28 Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. 29 Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; 30 porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.

En primer lugar; debemos ser cuidadosos y no dirigirnos libremente al Padre pasando por alto la intercesión del hijo. En el versículo 27 él mismo explica que nadie conocería al Padre, sino aquél que el Hijo quiera revelárselo.

Por otra parte él nos ha dicho: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Juan 14:6. De manera que es muy importante que, en nuestras oraciones, tengamos presente la voluntad de Dios Padre. Que no hay camino para llegar al Padre como no sea a través de Cristo.

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En segundo lugar; no nos creamos tan importantes como para pensar que Dios debe atender nuestros problemas por encima de los de los demás. Dios tiene el atributo exclusivo de poder atendernos a todos los que desee al mismo tiempo.

¿Por qué entonces no comenzamos nuestra oración pidiendo de corazón por todos aquellos que, en ese momento, también ruegan por sus problemas?

Sería una buena manera de pensar en el prójimo como en sí mismo. Observen el versículo 28 que dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados.”  Cristo no dice que vengan ciertas elegidas personas, ni siquiera dice que vengan los creyentes, sino que vengan todos; desde luego, una vez que alguien venga a Cristo es porque está creyendo y sabe que sólo en él encontrará la solución. Todos los que vayamos a Jesús, creyendo, podremos descansar y el Señor no hace acepción de personas.

En tercer lugar; Cristo se nos manifiesta como una persona mansa y humilde de corazón, al mismo tiempo que nos exhorta a seguir su ejemplo para hallar descanso para nuestras almas. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.

Al tomar su yugo, no sólo nos identificamos con el Señor, sino que nos declaramos en absoluta obediencia y sometimiento. Cristo fue el ejemplo por excelencia de la obediencia. Fue obediente al Padre hasta la muerte. Cuando tomamos su yugo caminamos a la par con él.

Ahora bien, supongamos que hayamos hecho todo esto: hemos orado teniendo en cuenta estas cosas y con un corazón genuinamente arrepentido; pero aun los problemas existen. No hemos dicho en ningún momento que las cosas han de ser solventadas en el preciso momento que la oración ha concluido.

Los problemas pueden terminar en el acto o algún tiempo después de nuestras oraciones, no sabemos cuándo, sólo el Señor sabe por qué no deben terminar nuestras aflicciones en el momento que queramos nosotros, sino en el tiempo del Señor; pero sí podemos afirmar que mientras estemos llevando esas cargas, el Señor estará cargándolas con nosotros haciéndolas más ligeras a fin de que en él podamos poner todo nuestra ansiedad y podamos tener paz.

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I Pedro 5:6-7 –  Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo; 7echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.

Si cualquiera de nosotros que creemos en el Señor nos humillamos en una genuina oración, donde nos despojemos de toda altanería y egoísmo que tantos daños nos hacen; cualquiera cosa que pidamos, en la voluntad de Dios, nos será dado en el momento del Señor.

Pero mientras tanto podemos contar con el alivio que él nos da, permitiéndonos echar toda nuestra ansiedad sobre él. ¿Por qué el Señor, pudiendo, no siempre hace las cosas en el momento que le pedimos?

Hay cosas que pareciéndonos buenas hoy, ignoramos el daño que pueden provocarnos mañana y sólo el Señor, en su inmensa sabiduría y misericordia por nosotros, sabe que no es lo que nos conviene, por lo menos, en ese momento.

También es posible que primero tengamos que aprender algo por lo cual se hace necesario que pasemos por cierta aflicción, donde verdaderamente podamos apreciar el valor de las cosas. ¿Cuál será nuestra posición mientras tanto? Esperar y ser pacientes confiando en el Señor.

Un hombre, en cierta ocasión, compraba una propiedad que siempre había ansiado. Por fin llegó a reunir el dinero necesario para depositar la entrada, pero cuando fue a terminar la transacción; el banco le dijo que el seguro que él había conseguido para esa propiedad era muy pobre y que estaban en el deber protegerlo porque en caso de algún desastre, él tendría que continuar pagando la diferencia del valor de la propiedad aun cuando no estuviera disfrutándola.

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El hombre, al ver que tenía que conseguir una compañía aseguradora que cubriera todo el valor de la propiedad y sabiendo que eso no iba ser posible de un día para otro, se puso triste y se desesperó pensando que alguien podría adelantársele en la compra.

Su esposa, que era una mujer de oración le dijo; “No te aflijas, vamos a orar y ser pacientes poniendo nuestras aspiraciones en manos del Señor, que él todo lo sabe”. Así lo hicieron y habiendo pasado un mes, la propiedad aun no se había vendido y el hombre consiguió el seguro adecuado. Una semana después vino un terrible huracán que barrió con la propiedad; pero como el seguro, esta vez,  era suficiente, corrió con todos los gastos.

No siempre las cosas son como las vemos y, en esto, la paciencia juega un gran papel. Si el hombre hubiera adquirido la propiedad con el primer e insuficiente seguro, habría caído en una deuda inútil que le costaría muchos años para liquidarla, pero oyó a su ayuda idónea y vinieron al Señor poniendo toda su ansiedad en él y consiguieron el mejor negocio.

Conclusión

Venid a Cristo con humildad significa haber renunciado a nuestro pasado pecaminoso para buscar ser como él. Para entregarle nuestras cargas, nuestra ansiedad. No deshacernos de la ansiedad nos puede llevar a un terreno peligroso: De la ansiedad viene la amargura, que hace que nos odiemos a nosotros mismos; de la amargura viene el resentimiento, que hace que culpemos a los demás; del resentimiento viene el rencor, que hace que no perdonemos. Y con este paquete, estaremos listos para ser manipulados por el enemigo común.

© Antonio J. Fernández. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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