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El hombre de Dios en tiempos peligrosos

Predicas Cristianas | Estudios Biblicos

¿Cuál ha de ser el carácter de un hombre de Dios en nuestros días? Los nuestros son días difíciles y –aún más– peligrosos, por lo cual es preciso estar atentos a las admoniciones del Espíritu Santo, y velar. En este estudio biblico se desarrollan siete características que ha de tener todo hombre de Dios en nuestros días: visión espiritual, una fe personal, consagración a Dios, sujeción a otros siervos de Dios, lealtad a la verdad, aceptación de la cruz sobre su alma, y discernimiento espiritual. Sólo si está convenientemente premunido de estos recursos espirituales podrá dar la buena batalla, y habiendo acabado todo, estar aún firme.

«Mas tú, oh hombre de Dios … pelea la buena batalla de la fe.» (1ª Timoteo 6:11-12). «… A fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.» (2ª Timoteo 3:17).

Al examinar la historia de la fe, encontramos una galería de hombres fieles, que en su respectivo tiempo y circunstancias, sostuvieron el testimonio de Dios. Hombres que perfectamente podrían continuar la gloriosa lista de Hebreos capítulo 11. Para ellos está reservado, sin duda, un grande galardón en los cielos.

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EL EJEMPLO DE PABLO

De todos los santos de esta era, es, sin duda, Pablo de Tarso quien ha estimulado más a las decenas de generaciones que han vivido desde sus días hasta hoy, a imitarlo. Su invitación: «Sed imitadores de mí» no ha caído en tierra (1ª Cor.11:1; Fil.3:17, 1ª Tes. 1:6).

De Pablo de Tarso podemos decir que es el más destacado de los cristianos de todas las épocas. Es el apóstol por excelencia. Su figura destaca nítida entre todas las demás. Su obra y sus enseñanzas son ejemplares e inspiradas por Dios, como todo lo que está en su Santa Palabra. El vivió en el siglo I de nuestra era, y su misión fue la más alta que le cupo a un siervo en la actual dispensación: dar a conocer el misterio que estuvo escondido en Dios desde los siglos y edades: que los gentiles son llamados a participar de las bendiciones de Dios, de la salvación en Cristo Jesús, «quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.» (Tito 2:14).

Es, pues, el misterio de Cristo y de la iglesia, el que Pablo tuvo que aclarar a todos. El vivió en tiempos en que el judaísmo, con toda la herencia de Moisés y los profetas, era, para los judíos, probadamente la religión verdadera. En este contexto, Pablo debió establecer claras diferencias entre el judaísmo y la doctrina de Cristo, y mostrar ésta no como un mero complemento de aquélla, sino como la nueva y definitiva revelación de Dios, no sólo para los judíos, sino para el mundo entero. En tal encrucijada, Pablo hubo de echar mano a toda la luz que de Dios había recibido, para proclamar y defender el verdadero evangelio, la salvación sólo por la fe de Jesucristo, la gracia como contrapuesta a las obras de la ley, la libertad del creyente en Cristo, y la absoluta disociación del cristianismo de todo lastre judaico.

En tal misión hallamos a Pablo enfrentando públicamente a Pedro en Antioquía, y luego escribiéndole con todo ahínco a las iglesias de Galacia: «Estoy perplejo en cuanto a vosotros» (4:20); «¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad …?» (3:1). En tal misión lo tenemos en el Concilio de Jerusalén oponiéndose a los judaizantes legalistas, que querían poner pesadas cargas sobre los hombros de los discípulos. En tal misión lo tenemos enfrentándose a judíos (fariseos, saduceos, sacerdotes), griegos (epicúreos, estoicos) y romanos; ante gobernadores, reyes, y ante el propio emperador.

Vemos también a Pablo soportando la apostasía de algunos colaboradores (Himeneo, Fileto, Demas, Figelo, Hermógenes, Onesíforo, Alejandro el calderero), en tiempos peligrosos y de creciente deterioro. Lo vemos, finalmente, prisionero en Roma, solitario en su primera defensa, pero con la satisfacción de la misión cumplida, hasta su muerte poco después.

EL ORIGEN DE SU COMPETENCIA

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¿De dónde provenía la fuerza, la competencia de este hombre de Dios? Evidentemente, no de su formación intelectual o religiosa. En la epístola a los Filipenses, Pablo abjura de su formación farisaica con palabras contundentes. En efecto, luego de enumerar allí los diversos antecedentes de su currículum en cuanto a la carne, dice: «Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo.» (3:3-8). Su anterior formación farisaica es, para él, «pérdida» y «basura», al igual que todas las demás cosas de la carne. No es, por tanto, en su formación humana, sea intelectual o religiosa, en donde tenemos que buscar el origen de su competencia.

«No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica.» (2ª Cor.3:5-6). No es por los años que pasó a los pies de Gamaliel aprendiendo la ley; no es por la excelencia de su linaje; no es por su formación en las letras griegas y romanas. Tales cosas proceden de «nosotros mismos» y, por tanto inútiles. «La letra mata, mas el espíritu vivifica». Es la capacitación de Dios, y sólo ella. Son sólo Sus dones y recursos los que hacen la idoneidad de un hombre de Dios. Y la piedra angular de la competencia de Pablo es la revelación de Jesucristo: «Agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre … revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles.» (Gál.1:15-16). Es de esta revelación fundamental, y de la revelación de las verdades de Dios para su tiempo, de donde procede su competencia y utilidad para Dios. Lo que importa, en definitiva, es si se ha visto algo de parte de Dios o no. Es un asunto de visión, no de formación.

Pablo tuvo en el camino a Damasco un encuentro crucial, que alteró todas las prioridades de su vida; fue un encuentro que provocó una conversión total y desencadenó un servicio fecundo. «Me he aparecido a ti –le dice el Señor– para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquello en que me apareceré a ti, librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz.» (Hechos 26:16-18).

De ahí en adelante, Pablo se sostuvo como viendo al Invisible; en medio de la mayor oposición, pero fiel a la verdad. El ahora duerme, pero sus obras siguen y nosotros aprendemos de él a permanecer firmes en este día, en medio de la oposición que nos rodea.

Pablo pudo decir, al concluir su vida: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. » (2ª Tim.4:7). Pero, ¿qué diremos nosotros cuando nos hallemos en ese trance? Este es el día en que nosotros hemos de atender a estas cosas. ¿Cómo hemos de permanecer firmes, cómo hemos de ser fieles a Dios, si los tiempos en que vivimos son, al parecer, aún más difíciles que los de Pablo; si la fe es hoy más hostilizada por los incrédulos; si el amor se enfría por todos lados (no en manos de la persecución, sino en las de la autocomplacencia); si cada cual busca lo suyo propio y no lo que es de Cristo Jesús? ¿De dónde sacar los recursos espirituales para hacer frente a las acuciantes necesidades de este día? Aún más, ¿Cuál ha de ser el carácter del hombre de Dios en tiempos peligrosos como el nuestro?

Un hombre de Dios no es un ser fortuito, surgido al azar, e improvisado sobre la marcha. Un hombre de Dios es la conjunción de múltiples factores, todos los cuales, fundidos y amalgamados con mano maestra por el Divino Alfarero, pueden llegar a conformar un instrumento que sea útil y enteramente preparado para toda buena obra.

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