Predicas Cristianas Predica de Hoy: Conversión y vida Cristiana
Introducción
El llamado a la conversión cristiana y al arrepentimiento verdadero
La palabra conversión habla de un cambio de dirección o de rumbo, y la palabra de Cristo en el Evangelio, cuando inicia su ministerio de predicación, es un llamado a la conversión, diciendo: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” Marcos 1:15, y es bueno y provechoso relacionar el acto del arrepentimiento y el conocimiento de uno mismo, porque esta relación no aparece en los contextos no-cristianos de muchas tendencia actuales.
Las hoy populares escuelas de Esoterismo o de Metafísica, aún aquellas que les colocan un marco “cristiano”, pueden hablar de conocimiento de sí mismo pero lógicamente no dirán la parte de arrepentirse pues eso les significaría decirles que todo lo que enseñan va en contra de la Palabra de Dios.
Llegar a arrepentirse significa muchas cosas y no simplemente a sentir vergüenza, incomodidad o culpa, ya que el genuino arrepentimiento va siempre de la mano del conocimiento de sí mismo; se suele describir este proceso como una luz que lleva a la persona a descubrir algo que no veía, y lo descubierto tiene que ver con los actos pasados y la condición presente, tiene que ver con lo que uno es y con quién es Dios, tiene que ver con la humildad, la confianza y la esperanza; es un acto complejo, respetuoso y humano, por el que la persona a la vez se conoce mejor y empieza a ser mejor por el obrar del Espíritu Santo que mora en él.
Leamos la Palabra de Dios en Gálatas 1:11-16 “Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. Porque ya habéis oído acerca de mi conducta en otro tiempo en el judaísmo, que perseguía sobremanera a la iglesia de Dios, y la asolaba; y en el judaísmo aventajaba a muchos de mis contemporáneos en mi nación, siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres. Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre”.
I. La conversión cristiana: un cambio de rumbo guiado por la gracia de Dios
Es necesario que redescubramos lo que se encierra en la conversión, que muchas veces es tan mal entendida, aún cuando es fundamental para entender y vivir la vida cristiana; confiemos entonces que esta reflexión pueda despertar en alguien la conciencia de que necesita convertirse y vivir la conversión del corazón, pues “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” 1 Timoteo 1:15.
La palabra conversión habla de un cambio de dirección o de rumbo que brota como una luz que muestra lo que no se veía antes, y la parte esencial del texto que hemos leído está en: “Revelar a su Hijo en mí”, pues Cristo viene a ser como la lámpara que me lleva a saber la verdad sobre mí mismo, es el que me enseña lo que yo no sé sobre mí; pero conocerse es mucho más que mirar nuestro interior bajo la luz de nuestros propios razonamientos humanos, ya que arrepentirse es buscar una luz mejor, una luz que no tengo pero que sí necesito y cuya fuente única es el Señor, sabiendo que Dios existe y que como Cristo mismo dijo, el único camino hacia esa luz es Él: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” Juan 14:6.
II. La vida cristiana: vivir bajo la luz de Cristo resucitado
Encontrarse verdaderamente con Cristo y llegar a conocerse vienen a ser casi sinónimos, pero es muy distinto llegar al conocimiento de sí mismo con la luz de Cristo o sin ella, ya que descubrir que en el fondo he sido siempre un egoísta y que todo el mundo es en el fondo egoísta no me libera por sí solo del egoísmo.
Pero muy distinto es cuando lo descubro bajo la luz de Cristo, no es que la verdad se atenúe o se disfrace, sino que todo queda integrado en un plan más amplio que nos lleva a una verdadera conversión y obras de vida nueva bajo la perfecta guía del Espíritu Santo.
La conversión consiste en creer en la muerte y resurrección de Jesús como realidades que se han dado para cada uno y que solo de la mano de Cristo es posible conocer y vivir en su amor; Saulo se convirtió, porque gracias a la luz divina “creyó en el Evangelio”, y en esto consiste su conversión y también la nuestra, en creer en Jesús, muerto y resucitado, y abrir el corazón para que penetre la luz de Cristo, y este debe ser el modelo de toda auténtica conversión cristiana.
La vida cristiana es una llamada constante a la conversión, pero lo más hermoso de la gracia de conversión es que abre ante nosotros un camino en el que ya nunca nos encontraremos solos, pues el Señor siempre estará con nosotros, siempre nosotros con Él, pero la iniciativa siempre es suya ya que la fuente ¡Es Él mismo!, y solamente aceptando su guía, colaborando con su plan, y con la gracia de la conversión, podemos llegar a mantener un encuentro personal y vivificador con la persona de Cristo resucitado.
III. La nueva criatura: el fruto de la verdadera conversión cristiana
En el sentido cristiano espiritual ser una criatura nueva significa no dejarse llevar por los criterios y actitudes de este mundo “viejo” que pasa, sino tener como propios los valores permanentes que el Espíritu nos presenta, de eso se trata el nuevo nacimiento del que habla Jesús a Nicodemo diciendo:
“De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios….. 5 De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. 6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. 7 No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo” Juan 3:3, 5-7, de manera que al dejarnos guiar por el Espíritu de libertad, el Espíritu mismo nos enseña a vivir según Dios.
La conversión, por su misma naturaleza, es ante todo una realidad personal que acontece en la intimidad de la persona, en su encuentro íntimo con Dios, y produce una profunda modificación de la vida que marca la conducta total, por lo que decimos que la conversión es una transformación interior, personal e intransferible que llega hasta el fundamento más arraigado del hombre.
Es por esto que el convertido deja todos sus tesoros escondidos que afectaban su vida y se vuelve a Dios en forma incondicional, abriendo su corazón a Él para tomarlo como raíz y único sentido de su existencia en plenitud de confianza y firme esperanza, con lo cual se ve embarcado por completo en el hecho de la conversión hasta el punto de operarse en él un nuevo nacimiento, el surgimiento de una nueva criatura que reconoce que no hay, fuera de Dios, poder alguno al que deba someter su vida ni del que pueda esperar la salvación.
Conclusión
La conversión cristiana como proceso de fe y testimonio
Para comprender mejor el sentido evangélico de la conversión podemos utilizar una definición de ella: “La conversión es ser arrancado del pecado e introducido en el amor de Dios que nos llama a la comunicación personal con Él en Cristo”; vemos en primer lugar que la conversión consiste en ser arrancado del pecado, es decir, ser arrancado de las falsas concepciones de la vida basadas en el orgullo, la autosuficiencia, la violencia, la ambición y la mentira.
Pero para poder ser arrancado del pecado, es imprescindible reconocer que efectivamente hay de pecado en nuestra vida, y a la vez, que sólo Dios con su gracia nos puede liberar efectiva y definitivamente de él, aunque ser arrancado del pecado no hay que entenderlo simplemente como que soy perdonado de mi culpas o como que ya no voy a volver a pecar nunca más.
La liberación que obra la conversión en nuestra vida consiste en liberarnos de la seducción del pecado, en liberarnos de la convicción de que pecando vamos a ser más libre y feliz, como así también en liberarnos de la frustración del pecado, esa mentira grande del diablo que nos lleva a pensar que el pecado tiene poder para echar a perder definitivamente nuestra vida sin que haya poder en el Señor para reparar esta situación.
Es cierto que una vez liberado a través de una sincera conversión, puedo llegar a seguir pecando, pero cada vez que humildemente me presente ante Dios, seré grato a sus ojos puesto que Él se satisface con la humildad del corazón de sus hijos, ya que la humildad de corazón lleva el reconocimiento de que nadie se salva a sí mismo, que todos tenemos necesidad de todos, y todos tenemos necesidad de Dios; y no lo olvidemos, si el ser humano no acepta la gracia de la conversión, Dios no tiene las manos libres para actuar en su existencia temporal en esta tierra con todo su amor eterno.
La conversión es obediencia y fe que se inserta en la alianza de Dios con el hombre, alianza en donde no hay conversión sin nuestra libre decisión de obedecer a la llamada de Dios con la ayuda de su gracia; tampoco hay conversión sin esa confianza nuestra puesta enteramente en Dios que nos hace reconocer nuestra insuficiencia y nuestro pecado a la vez que nos remite a Él como el único que nos salva por medio de Jesucristo y en cuyas manos nos ponemos en forma incondicional.
La conversión cristiana es un largo proceso en el cual, para que el cambio sea verdadero, es necesario que surja de una decisión personal con reflexión, que sea gradual y progresiva y se vaya verificando en nuevos compromisos y estilos de vida concretos y reales demostrados a través del testimonio cristiano, pues éste es el medio fundamental para proclamar el Evangelio, mientras que sin el testimonio cristiano, solamente puede haber “propaganda religiosa”, pero no una verdadera muestra de conversión que alimente la evangelización en esta tierra.
© Luis A. Coria. Todos los derechos reservados.







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