El silencio de Dios

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Predicas cristianas Predica de Hoy: El silencio de Dios

Predicas Cristianas Lectura Bíblica: “Y tras el fuego un silbo apacible y delicado.” 1 Reyes 19:12

Introducción

Cuando el silencio de Dios duele más que las palabras

Es molesto cuando hablas con una persona y ésta no te responde. Es frustrante cuando haces una pregunta que necesitas sea contestada, de preferencia lo antes posible, y sencillamente te dejan “en visto” y nada más.

Sensaciones como impotencia, enojo y hasta tristeza pueden sobrevenir como un diluvio repentino y abarrotar todos los espacios de nuestra vida, toda vez que nos sentimos ignorados o rechazados.

Dan ganas de gritar y de tomar por los hombros a esa persona, darle la vuelta para que te mire directo a los ojos y sacudirla lo suficiente mientras le pides con energía que te responda.

Eso sería una manera liberadora de imaginarlo, pero ¿Qué pasa cuando la persona que queremos que nos responda es Dios? ¿Podremos mirarle a los ojos y tomarle de los hombros para sacudirle con fuerza? De seguro que no. A lo sumo, podremos gritarle, pero el silencio va a continuar allí. A lo sumo, podremos gritarle, pero el silencio de Dios va a continuar allí.

¿Te imaginas qué pasaría si Dios de su propia voz y boca te respondiera lo que quieres saber? ¿Podrías resistir en pie ese estruendoso sonido que te paralizaría los huesos?

I. El poder de su voz frente al desconcertante silencio de Dios

La voz natural y real de Dios tiene ese impacto. Todo el capítulo 29 del libro de los Salmos describe su potencia y en el capítulo 104 versos 6 y 7 se describe el correr apresurado del agua para descubrir los montes durante la creación por mandato de Dios: “A tu reprensión huyeron; al sonido de tu trueno se apresuraron”. El agua puede ser muy destructiva cuando sobrepasa sus límites, la mejor muestra de ello está en los tsunamis, crecidas de ríos e inundaciones, pero sólo la voz de Dios la puede hacer correr y retroceder.

Esa misma voz que tomó cuerpo en Jesús, pudo calmar el mar embravecido y sus fuertes olas y acallar la feroz tempestad que había desatado el viento, cuando se encontraba a bordo de una barca con sus discípulos durante la noche.

El evangelio de Marcos lo relata de la siguiente manera: “Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza.” (Marcos 4: 38 y 39)

La voz de Dios le dio vida a todo cuanto conocemos. El libro de Génesis relata en su primer capítulo el día a día de la creación, y es de destacar como antes de cada obra precedió el “dijo Dios…”.

  • Dijo Dios:…, “Sea la luz; y fue la luz” (verso 3)
  • Dijo Dios:…, “Haya expansión en medio de las aguas…., y fue así” (versos 6 y 7)
  • Dijo Dios:…, “Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar…y fue así” (verso 9)
  • Dijo Dios:…, “Produzca la tierra hierba verde…y fue así” (verso 11)
  • Dijo Dios:…, “Haya lumbreras en la expansión de los cielos…y fue así” (versos 14 y 15)
  • Dijo Dios:…, “Produzcan las aguas seres vivientes…y creó Dios los grandes monstruos marinos…” (versos 20 y 21)
  • Dijo Dios:…, “Produzca la tierra seres vivientes…y fue así” (verso 24)
  • Dijo Dios:…, “Hagamos al hombre a nuestra imagen,…, y creó Dios al hombre a su imagen…” (versos 26 y 27)

Antes de cada obra, antes de cada acción, antes de cada movimiento, la voz de Dios le precedió.

Así que, es un anhelo natural y propio del ser humano, el querer escuchar la voz de Dios. Somos dependientes a Su Presencia. Ni siquiera los ateos se escapan de esta necesidad, porque en medio de sus alegatos y de su demanda por una evidencia física que les confirme la existencia del Creador, están manifestando lo que el corazón del hombre ambiciona con tanta desesperación como el beber agua en medio del desierto, y esto es: escuchar Su Voz.

¿Qué calma a un niño asustado en medio de la noche cuando es sobresaltado por sus miedos y pesadillas? Sin duda, la voz de su padre o de su madre. Una calma instantánea recorre el cuerpo de ese pequeño temeroso al percibir el inconfundible sonido de su voz. Incluso, si no emitiera palabras y tan sólo entonara un arrullo, ese sonido sería más que suficiente para decirle al corazón afligido que no está solo, que está a salvo y que ahora puede descansar.

Dependemos de la voz de Dios para vivir, para seguir sin rendirnos, para tomar aliento en los momentos de desesperación y vencer. Los siguientes ejemplos bíblicos nos hablan de esa necesidad y del impacto contundente que tuvo en la vida de personas como nosotros que se aferraron al sonido de esa voz.

Abraham, patriarca del pueblo del Israel, dejó su tierra y su parentela para recibir una herencia prometida a él de parte de Dios. En el capítulo 12 del libro de Génesis se relata como la sola palabra de Dios fue suficiente para mover a un hombre de su zona de confort y de todo cuanto conocía para poseer algo que sus ojos jamás habían contemplado. Abraham fue conocido desde entonces como el padre de la fe y más aún, el amigo de Dios. De sus lomos nació la nación de Israel.

Moisés, el gran líder del pueblo hebreo. Fue salvado por Dios del mandato faraónico que ordenaba la muerte de los infantes varones (Éxodo 1). Fue salvado de las aguas cuando su madre y su hermana lo pusieron en una cesta sobre el río (Éxodo 2). Fue educado como príncipe egipcio, recibiendo con ello la mejor educación de la época; y a pesar de haber sido exiliado de Egipto, por querer liberar el pueblo de Israel a su manera (Éxodo 2: 11 – 25), no rehusó la voz de Dios cuando le llamó desde la zarza que ardía y no se consumía (Éxodo 3). Exiliado, tartamudo y de 80 años, Moisés no rehusó el llamado de Dios, y se convirtió así en el libertador de Israel, el guía por cuya mano Dios manifestó las 10 plagas sobre Egipto (Éxodo 7 – 12), abrió el Mar Rojo en dos para que el pueblo pasara en seco (Éxodo 14), y a quien le concedió las tablas de la Ley y los 10 Mandamientos (Éxodo 20).

Josué, fue el sucesor de Moisés en el desierto para guiar al pueblo de Israel e introducirlo a la Tierra Prometida. No tenía una tarea fácil de cumplir, pero Dios le dijo: “Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé.” (Josué 1:5). Tamaña promesa infundió tal convicción en Josué que encabezó al pueblo cuando cruzaron el río Jordán (capítulo 3), cuando los muros de Jericó fueron derribados (capítulo 6), cuando destruyeron a Hai (capítulo 8), cuando derrotaron a los reyes amorreos (capítulo 10 y 11), cuando oró para detener al sol y la luna casi un día entero y obtener la victoria en la batalla (Capítulo 10 versos 12 – 14).

Isaías se convirtió en el más grande los profetas del Antiguo Testamento, luego que escuchara la voz de Dios: “Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí.” (Isaías 6: 8). Muchos de los pasajes contenidos en su libro profético son considerados en la actualidad de los más hermosos de la literatura, principalmente por contener numerosas referencias mesiánicas y de predicciones que se extienden desde los primeros días del cristianismo hasta hoy.

Muchos más son los casos y ejemplos contenidos en la Biblia que nos hablan del poder que tuvo la voz de Dios en aquellos que le escucharon. No obstante, eso nos devuelve al dilema inicial, ¿Qué pasa cuando quieres oír la voz de Dios y no sucede? ¿Qué pasa cuando ansiamos una respuesta pero en lugar de eso lo único que percibimos es el silencio?

Al igual que sus discípulos sobre la barca, nuestra primera reacción es la de reclamarle: “Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?”

Obviamente, si nos encontramos en la posición de clamar a Dios es porque en nuestras vidas y a nuestro alrededor se está desatando una genuina tempestad. Ninguna persona en paz pide por ayuda. Sólo los afligidos, menesterosos y necesitados claman con desesperación por socorro; y es justo en ese momento, cuando el silencio se convierte en una bofetada que lastima el corazón.

Nos hace preguntarnos: ¿Por qué Dios nos abandonó? ¿Por qué no nos escucha? ¿Acaso se olvidó de nosotros o “se quedó dormido” como cuando estaba en la barca con los discípulos?

El profeta Elías huía de Jezabel (esposa de Acab, rey de Israel), luego de dar muerte a los cuatrocientos cincuenta (450) profetas de Baal y a los cuatrocientos (400) profetas de Asera. Su huida lo llevó hasta el monte Horeb, al interior de una cueva donde se escondió. Estando allí escuchó la voz: “… ¿Qué haces aquí, Elías?…, sal fuera, y ponte en el monte delante de Jehová” (1 Reyes 19:9, 11).

Tras lo cual una serie de eventos naturales (que sólo podrían ser catalogados como desastres) tuvieron lugar: un poderoso viento (verso 11), un terremoto (verso 11), un fuego (verso 12), sin embargo, Dios no se encontraba en ninguno de ellos. Por último, un silbo apacible y delicado se escuchó y de nuevo la voz preguntó: “¿Qué haces aquí, Elías?”. Esta vez, Dios se halló en ese silbido.

En este pasaje, la expresión “silbo apacible y delicado” incluye el término hebreo “דְּמָמָה” (demāmāh – Strong’s H1827), el cual describe un silencio profundo, una quietud total. Esto nos revela que Dios no siempre se manifiesta en lo estruendoso, sino en el silencio donde el corazón puede percibir Su voz.

Ocurre con frecuencia, que esperamos que la presencia de Dios en nuestras vidas se perciba constantemente como un estruendoso sonido, como el rugir del mar, o la explosión de un volcán. En efecto, la naturaleza toda se estremece ante Su Presencia pero, existen momentos en que Dios no se vale de ninguna de esas manifestaciones para hacerse sentir o escuchar.

Tenemos la tendencia a creer que Dios hablará a nuestra vidas de continuo y sin parar, como una especie de grabadora averiada que se repite una y otra vez, no obstante, esos momentos de apacibilidad y delicadeza como el que experimentó Elías en el monte Horeb, están orientados a una sola razón: ser Escuchados por Dios.

El silencio de Dios responde a un solo propósito: Escucharnos. Es en esos momentos, cuando Dios abre su oído para escuchar nuestra voz. La primera vez que Elías respondió la pregunta, sólo recibió como respuesta un “sal fuera” y después fue un testigo aterrado de aquellos eventos abismales.

De la misma forma, que cuando oramos a Dios por ayuda o por respuestas y en lugar de recibir lo que pedimos, nos sobrevienen una serie de situaciones tan desagradables y calamitosas que para nada se parecen a lo que queríamos.

Pero, hubo una segunda vez, una segunda oportunidad de responder. Elías respondió lo mismo, porque su situación no había cambiado (al igual que nuestras peticiones se mantienen inalteradas cuando atravesamos la tormenta), sin embargo, ahora sí recibió una respuesta e indicaciones de lo que debía hacer.

Como cuando el padre o la madre se acercan con susurro arrullador hasta el oído de su pequeño asustado y calman su ansiedad. En ese momento, se crea un vínculo íntimo y estrecho donde el pequeño desarrolla algo llamado CONFIANZA; la tormenta puede seguir azotando y el corazón estar acelerado, pero cuando el sonido apacible de la voz alcanza el oído, el temor se disminuye hasta desaparecer y sin importar cuán fuerte sea la tormenta, la fe encuentra su lugar en los oídos receptivos de aquel que es capaz de protegernos.

La fe tiene un idioma que sólo el silencio de Dios entiende. Los evangelios en el Nuevo Testamento relatan muchas de las hazañas y milagros de Jesucristo, y algo digno de destacar en todas y cada una de ellas, era que Jesús preguntaba: “¿Qué quieres?”

Hoy en día, nos sigue preguntando ¿Qué queremos?, pero algo que no debemos pasar por alto es que la fe es el decodificador de nuestro mensaje hacia Dios. Cuando Él guarda silencio, es porque quiere escucharnos hablar, quiere que nuestra fe le hable y le cuente lo que sucede.

¿Será que Dios no sabe lo que nos pasa? De ninguna manera. Él conoce todas nuestras necesidades aún antes de que le pidamos: “Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda” (Salmos 139:4)

Pero, ¿Qué tiene de especial entonces, escucharnos decirle algo que ya sabe? Nuestro Dios, es un Dios de orden. Cuando tenemos un deseo por llevar a cabo alguna actividad, lo mejor para que se ejecute es planificarla. Poner en papel lo que se quiere hacer para darle validez y también, para reconocer de primera mano, el largo del camino a recorrer y todo lo que será necesario para lograrlo.

En el instante que declaramos con nuestra boca lo que queremos, manifestamos nuestra voluntad, la medida de nuestra fe y el nivel de entendimiento respecto de ese asunto. Dios sabe de qué tenemos necesidad, ¿nosotros también? Hay que tener presente que una cosa es querer y otra necesitar.

¿Necesitas todo lo que estás pidiendo? El libro de Santiago en el Nuevo Testamento capítulo 4 verso 3 dice: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.”

Dios le aclaró a Elías que él no era el único profeta de Jehová que quedaba en pie, más aún le declaró que había reservado a siete mil (7000) varones que guardaban Su Palabra.

Nuestro Dios sabe de qué tenemos necesidad, mucho mejor que nosotros, por eso quiere enseñarnos a reconocerlas también.

El silencio de Dios es nuestra oportunidad de ser escuchados, no olvidados. En el momento de la prueba, cuando la situación arrecia en contra nuestra y parezca que todo está perdido, como cuando la barca donde navegaban los discípulos se anegaba, es el momento para que Dios nos escuche.

Seamos cuidadosos pues, en lo que hemos de decirle y mucho más en lo que hemos de pedirle. Cuando Jesús se levantó en medio de la tormenta, su voz la hizo callar en el acto, pero también les reprochó a sus discípulos su incredulidad.

Cuando te acerques a hablar con Dios, aprovechando su silencio, no le demuestres falta de fe sino convicción de que serás escuchado. De inmediato, Dios abrirá su boca para socorrerte y recibirás salvación.

Dios te bendiga.

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