La avaricia – Un pecado en el que muchos caen

Ricardo Hernández

La avaricia

Predicas Cristianas

Prédica de Hoy: La avaricia – Un pecado en el que muchos caen sin pensar

Predicas Cristianas Texto Bíblico: Ezequiel 33:30-33

Introducción

Cuando hablamos de prosperidad o de ser prosperados, muchos dicen que con esto solamente se abre la puerta de la avaricia, y esto sucede porque en general se relaciona todo con el dinero o los bienes materiales cuando la realidad bíblica nos dice que esto no es así y el apóstol Juan lo deja bien claro y explicito al dirigirse al anciano Gayo, diciendo:

Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma. Pues mucho me regocijé cuando vinieron los hermanos y dieron testimonio de tu verdad, de cómo andas en la verdad2 Juan 1:1-2.

Es inevitable hablar de la avaricia

Pero cuando hablamos de prosperidad o de ser prosperados, es inevitable hablar de la avaricia, que es una inclinación o deseo desordenado de posesiones o de poderes, y de la codicia, que es el afán excesivo de riquezas y poder, sin necesidad de querer atesorarlas conforme al propósito del Señor.

Debemos entender que nada malo hay en el deseo de prosperar o ser prosperado (2 Corintios 9:8-12), el problema se presenta en la verdadera intención del corazón para obtenerla. Es decir, el por que y para qué.

Muchas veces se dice que el deseo de ser prosperado va de la mano de la avaricia, pero no es así. Pes sus límites son bien claros. La avaricia, se relaciona con una obsesión con la forma y apariencia, sosteniendo el entendimiento detrás de todas las formas y apariencias.

Podríamos decir entonces que la avaricia es la formación y sostén de la idea equivocada de uno mismo, considerando que nuestro mundo funciona a través de las cosas materiales, lo que lleva a una confusión y desequilibrio de los seres humanos tal que si no se dan cuenta que existe otro sentido de la existencia en este mundo se quedan atrapados en las apariencias y lo material creyendo que este es el sentido de la vida.

La avaricia: Uno de los pecados capitales

La avaricia es conocida como uno de los pecados capitales porque a través de la ganancia o tenencia se cometen muchos otros pecados. La avaricia podría describirse como la necesidad constante e irrefrenable de adquirir posesiones, especialmente las de tipo material, aunque no deben descartarse las espirituales, es un pecado que puede dar origen u ocasión de otros como violencia, envidia, engaño y mentira.

Como pecado, la avaricia no presenta un lado positivo como sí podría llegar a hallarlo en la ambición y se relaciona fundamentalmente con un deseo enfermizo y obsesivo sobre el objetivo propuesto, y si bien es una de las características de las sociedades en que la prosperidad está marcada por la riqueza y los logros materiales.

También podemos hallar avaricia dentro de la iglesia, hablando en el campo espiritual, cuando se anteponen las ambiciones personales a la perfecta voluntad de Dios, olvidando que “Mejor es lo poco con el temor de Jehová, Que el gran tesoro donde hay turbaciónProverbios 15:16.

De acuerdo a lo que plantean varias religiones, y en especial el catolicismo, la avaricia es uno de los pecados característicos del ser humano donde el individuo puede desarrollar increíbles actos y acciones que tienen como objetivo la obtención de bienes materiales, pero sin embargo, la avaricia también puede estar dirigida a la obtención de poder y de lugares de jerarquía espiritual desde los cuales operar a gusto y sin límites para lograr sus propios objetivos (1 Juan 2:18-19).

La avaricia siempre existió

Si bien la avaricia siempre existió como una de las condiciones del ser humano a causa de su naturaleza adámica, es evidente que el consumismo desarrollado en la sociedad actual facilita y profundiza estos sentimientos ya que el acceso a las cosas de todo tipo es permanente, incluyendo a las espirituales (Romanos 12:2).

Decía que en la ambición podemos hallar un lado bueno ya que es lo que nos mueve a progresar, y en el campo espiritual es la que nos mueve a desarrollar el ministerio que el Señor nos entrega a cada uno, pues si no lo ambicionamos pasamos a ser uno de aquellos cristianos que se conforman con asistir a la iglesia sin aspirar a cumplir verdaderamente con lo que el Señor ha dispuesto para su vida en la obra del evangelio; pero debemos saber que la ambición triunfa y produce buenos frutos cuando no existe codicia, y se fracasa cuando si existe codicia.

La codicia

Podríamos destacar dos tipos de codicia, primero, la codicia por el dinero y los bienes materiales; y segundo, la codicia de poderes.

Existe codicia por el dinero cuando lo anhelamos con propósitos de forma y no para cubrir correctamente nuestras necesidades físicas. Es así que muchos quieren dinero para ganar posición social, fama, etc.

Pero no existe codicia cuando conseguimos dinero con el propósito de cubrir nuestras necesidades, entonces lo importante es descubrir donde termina la necesidad y dónde comienza la codicia en cada uno de nosotros.

Existe codicia de poder cuando queremos resultados, entonces aquellos que sólo quieren resultados sin importarles los métodos, son codiciosos; aquellos que andan de aquí y allá acumulando conocimientos que le sirvan para lograr poder, que hoy siguen una doctrina y mañana otra, de hecho están inmersos entre las aguas de la codicia.

La mente inmersa en la codicia es inestable

La mente inmersa en la codicia es inestable por lo que emigra de doctrina en doctrina, de escuela en escuela, de secta en secta, pero están siempre sufriendo, siempre anhelando poder y sabiduría para lograr mayor poder, pero viven sin lograr nada, porque lo inestable no puede jamás unirse a lo estable, permanente y divino, por lo tanto, “No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor. El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminosSantiago 1:7-8.

Quien quiera trabajar en la gran obra de Dios debe abandonar primero la codicia; el albañil que es codicioso abandona la obra cuando encuentra otra obra que le parece mejor, aún cuando ésta última sea de tinieblas realmente, y de la gran obra del evangelio se apartan los codiciosos, por lo que muchos son los que comienzan el trabajo, pero pocos los que lo terminan (Mateo 22:14).

Muchos valoran lo qué el mundo ofrece, y muchos cristianos sueñan con tener todo eso y envidian a aquéllos que ya alcanzaron su “prosperidad”; hablan con Dios por no bendicen de la misma forma, lamentan el de vivir una vida pobre y sin atractivos; quieren recibir lo mejor, pero ni pasa por su cabeza, dar lo mejor.

Damos a Dios lo que sobra de nuestro tiempo y de nuestra motivación; damos a Dios lo mucho de nuestra incredulidad y muy poco de nuestra fe; reservamos para Él las quejas y lamentaciones, pero entregamos nuestro canto para cosas y lugares sin importancia; llamamos a Dios injusto, pero nos olvidamos de nuestra indiferencia, de nuestra mala voluntad, y nuestra ingratitud.

Si nos detuviéramos un poco para ver cuanto Dios ya nos dio, a pesar de nuestra avaricia, veríamos que somos las criaturas más ricas, las más contempladas de la tierra, las que tienen todos los motivos para vivir cantando y danzando por tantas bendiciones recibidas.

La pregunta que el Señor plantea en esta día es: ¿Da usted a Dios lo mejor que tiene o apenas aquello que no usa en sus prioridades?; no me lo conteste a mi, sino cierre sus ojos, busque su presencia, y respóndale al Señor.

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Autor

Ricardo Hernandez

Soy Ricardo Hernández, un apasionado estudiante de la Palabra que busca inspirar a otros a renovar su mente en Cristo. En un mundo que nos impulsa a conformarnos a sus valores, siento el llamado de guiar a mis hermanos y hermanas a una transformación profunda, basada en la verdad de Dios.

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