Predicas Cristianas
Predicas Cristianas Prédica de Hoy: Libertad a los cautivos
Predicas Cristianas Lectura Bíblica: Lucas 4:16-21; Efesios 4:17-24
Introducción
En general, el hombre siempre está buscando algo que le haga feliz, y es el motivo por el cual muchos cristianos buscan respuestas cuando sienten un vacío interior; sin embargo, nosotros debemos tener claro que buscar a Dios no significa simplemente buscar una salida para nuestros problemas, sino rendir nuestra vida al Señor y reconocer que solamente en Jesucristo encontramos la verdad que transforma nuestro entendimiento, nuestra conducta y nuestra relación con Dios.
Podemos acercarnos al Señor porque estamos cansados, afligidos o confundidos, y Él ciertamente recibe al que viene a Él; pero el propósito de Cristo no es convertirse en una forma religiosa de escapar de nuestros problemas, sino libertarnos del pecado, reconciliarnos con Dios y producir en nosotros una vida nueva.
Por eso nuestra búsqueda no puede limitarse a determinados momentos, emociones o necesidades, sino que debe alcanzar nuestras acciones, ideas, relaciones y prioridades; cuando comenzamos a brindar una verdadera valoración de todo cuanto el Señor nos provee, no solo en lo material sino también en lo espiritual, comprendemos que conocer a Dios transforma toda nuestra manera de vivir.
Cristo vino a dar libertad a los cautivos
Leamos la Palabra de Dios en Lucas 4:16-21: “Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros”.
Y en Efesios 4:17-24 leemos: “Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón; los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza. Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo, si en verdad le habéis oído, y habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús. En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”.
Cuando Jesús anunció que había venido “a pregonar libertad a los cautivos” y “a poner en libertad a los oprimidos”, no estaba enseñándonos una técnica para vaciar la mente ni invitándonos a descubrir una verdad escondida dentro de nosotros mismos. Cristo estaba anunciando la llegada de la salvación prometida, una libertad que solamente Él podía ofrecer al hombre sometido al pecado.
La verdadera libertad cristiana, por lo tanto, no comienza cuando nosotros conseguimos dominar nuestra mente por medio de nuestras propias fuerzas, sino cuando Jesucristo ocupa el lugar que le corresponde como Señor y su verdad comienza a gobernar nuestros pensamientos, nuestras decisiones y nuestra conducta.
Una mente renovada por la verdad de Cristo
La mente muestra muchas veces las consecuencias del pecado mediante pensamientos, conflictos, temores, falsas creencias y razonamientos que levantamos contra la verdad de Dios; pero la respuesta bíblica no consiste en dejar de pensar, sino en permitir que nuestro entendimiento sea renovado conforme a la Palabra y bajo la dirección del Espíritu Santo.
Efesios nos dice que los gentiles “andan en la vanidad de su mente”, pero inmediatamente presenta el contraste: “Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo”. Allí está la diferencia fundamental. El creyente no busca vaciar su mente, sino aprender a Cristo; no intenta escapar de todo conocimiento, sino abandonar aquello que contradice la verdad revelada por Dios.
De manera que para experimentar una real comunión con el Señor debemos abandonar las mentiras que gobernaban nuestra vieja manera de vivir, pues Cristo no solamente perdona nuestro pasado, también comienza una obra de renovación mediante la cual aprendemos a pensar, decidir y vivir conforme a la voluntad de Dios.
Despojarnos del viejo hombre y vestirnos del nuevo
El problema no está simplemente en saber si existe Dios, sino en reconocer que el hombre pecador no puede reconciliarse con Él mediante sus propias fuerzas; por eso Jesucristo vino a buscar y salvar lo que se había perdido, y nuestra respuesta es creer, arrepentirnos y someternos a su señorío.
Tenemos que empezar con lo que está cerca, con lo pequeño, pues Él prometió: “Sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré” Mateo 25:21; aunque una gran parte de nosotros desea comenzar por lo que está lejos sin pasar por lo pequeño, y es así que existen muchos creyentes que siguen luchando con una incapacidad para abandonar el “YO”, pues el temor aún existe y crea resistencia a los cambios que se están llevando a cabo en sus vidas, siendo todo esto producto de una naturaleza acostumbrada al materialismo, creencias personales y falsas percepciones de Dios que les hacen olvidar que el Señor dijo: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” Mateo 6:33.
La resistencia al cambio de pensamiento bajo la guía del Espíritu Santo es algo muy serio y merece nuestra atención, ya que no se trata simplemente de hacer un esfuerzo humano para aparentar espiritualidad; el hombre tiene que someterse a la verdad revelada por Dios y vivir conforme a ella, pues “el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace” Santiago 1:25.
La libertad cristiana no significa dejar de pensar
El creyente debe comprender que cualquier acción de la carne que pretenda sustituir la obra de Dios termina fortaleciendo al “YO”; sin embargo, esto no significa que nosotros debamos abandonar el pensamiento, la obediencia o la responsabilidad personal, porque el mismo Señor nos llama a renovar nuestro entendimiento, discernir su voluntad y caminar conforme al Espíritu.
La fe bíblica nunca exige que desconectemos la razón. Lo que Dios demanda es que nuestra razón deje de gobernarse independientemente de Él y sea sometida a la verdad de su Palabra.
Por eso no debemos liberar nuestra mente de todo lo conocido para entrar en una realidad espiritual desconocida, sino permitir que Cristo destruya las mentiras del viejo hombre y nos enseñe la verdad. Efesios lo expresa claramente cuando nos llama a despojarnos de la pasada manera de vivir, renovarnos en el espíritu de nuestra mente y vestirnos del nuevo hombre.
El peligro de vivir con un corazón dividido
Una de las más grandes barreras para resistir la nueva vida en Cristo es el apego de la mente entenebrecida por el pecado a las cosas del mundo y sus deleites, pero “No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor. El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos” Santiago 1:7-8.
El llamado del Señor es a abandonar los patrones que todavía mantenemos de la vieja vida y reconocer que nuestra identidad ya no puede permanecer dividida entre Adán y Cristo, entre los deseos del viejo hombre y la nueva vida que hemos recibido por medio de Jesucristo.
Cuando limitamos el obrar del Señor porque decidimos confiar solamente en nuestros propios razonamientos, olvidando que “al que cree todo le es posible” Marcos 9:23, estamos actuando como si nuestros recursos humanos fueran suficientes para realizar una obra que solamente Dios puede producir.
Pero esto tampoco significa abandonar el discernimiento. Significa que nuestra manera de pensar tiene que permanecer sometida al Señor, porque la fe verdadera no pelea contra la verdad, sino que descansa en el Dios que ha revelado esa verdad.
La gracia de Dios hace posible nuestra libertad
Solamente en la comprensión del evangelio encontramos verdadera libertad, porque nuestra salvación y nuestra transformación no nacen del orgullo humano ni del intento de convertirnos en nuestros propios libertadores.
Seguimos muchas veces luchando en nuestras propias fuerzas porque olvidamos que la reconciliación con Dios no es una recompensa obtenida por nuestro esfuerzo; es un regalo de su gracia recibido por medio de la fe, pues “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” Efesios 2:8-9.
Esto no produce pasividad espiritual. Todo lo contrario, la gracia que nos salva comienza también a transformarnos, y ahora obedecemos no para comprar el favor de Dios, sino porque ya hemos recibido misericordia y pertenecemos a Cristo.
En consecuencia, aquellos que permanezcan aferrados a la vieja manera de pensar durante los cambios que el Señor quiere producir en su vida pueden llegar a confundir actividad religiosa con verdadera transformación espiritual; pueden “pensar” que están avanzando hacia el propósito de Dios cuando en realidad continúan protegiendo aquellas áreas que todavía no han rendido al Señor.
Transformados por medio de la renovación del entendimiento
Por eso Pablo nos dice: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” Romanos 12:1-2.
La Gracia de Dios está allí sosteniéndonos, pero nosotros debemos permanecer vigilantes ante aquellas maneras de pensar que pertenecen a la vida que llevábamos antes de conocer al Señor; debemos recordar que el verdadero poder viene de Dios, que el Espíritu Santo es nuestra guía y que solamente cuando Cristo gobierna nuestro corazón podemos caminar en la libertad que el evangelio anuncia.
Ir a un templo no sustituye una vida rendida al señorío de Cristo. Podemos congregarnos, cantar, escuchar mensajes y participar de actividades cristianas, pero la renovación del entendimiento exige algo más profundo: permitir que la verdad de Dios confronte aquello que todavía permanece en nosotros de la vieja manera de vivir.
Conclusión: Cristo quiere hacernos verdaderamente libres
Ahora el Señor vuelve a recordarnos Sus Palabras: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel” Isaías 61:1.
Cristo vino a libertarnos de aquello que el pecado hizo en nuestra vida, quiere que nuestra mente sea renovada para que podamos entregar definitivamente nuestro corazón al Señor y quiere destruir las ambigüedades que todavía intentan mantenernos divididos entre la vieja vida y la nueva vida que hemos recibido en Él.
“Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón”.
Nuestra libertad no nace de vaciar nuestra mente, escapar de la realidad ni descubrir alguna verdad escondida dentro de nosotros. Nuestra libertad tiene nombre, Jesucristo; y cuando conocemos su verdad, rendimos nuestra vida a su señorío y permitimos que el Espíritu Santo renueve nuestro entendimiento, dejamos de vivir como cautivos de aquello de lo cual Cristo ya vino a libertarnos.
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