Predicas Cristianas
Predicas Cristianas Prédica de Hoy: Ríos correran
Leamos la Palabra de Dios en Ezequiel 47:6-9 “Después me llevó, y me hizo volver por la ribera del río. … volviendo yo, vi que en la ribera del río había muchísimos árboles a uno y otro lado. … me dijo: Estas aguas salen a la región del oriente, y descenderán al Arabá, y entrarán en el mar; y entradas en el mar, recibirán sanidad las aguas. … toda alma viviente que nadare por dondequiera que entraren estos dos ríos, vivirá; y habrá muchísimos peces por haber entrado allá estas aguas, y recibirán sanidad; y vivirá todo lo que entrare en este río”.
¿Le recuerda esto algo? Podemos alcanzar a visualizar en este pasaje las palabras que pronunció el Señor y de las que están escritas en Juan, cuando “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo:
Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” Juan 7:37-39; es acá donde hallamos el recurso imprescindible de la vida cristiana.
Veamos entonces algunos aspectos de este recurso que viene a ser fundamental para una vida cristiana plena a fin de que el Señor se manifieste con poder a través de sus hijos.
Primero hablemos de la fuente del río, ¿De dónde procede?, Ezequiel dijo: “He aquí aguas que salían de debajo del umbral de la casa hacia el oriente; porque la fachada de la casa estaba al oriente, y las aguas descendían de debajo, hacia el lado derecho de la casa, al sur del altar” Ezequiel 47:1.
Son las aguas del Espíritu proceden del trono mismo de Dios, de la supremacía de su autoridad, del lugar más elevado del universo, el lugar desde donde recibieron el don prometido del Espíritu Santo todos los que estaban “Cuando llegó el día de Pentecostés, ……….. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” Hechos 2:1-4.
Mientras el profeta lo contempla, ve que sigue su curso pasando más allá del altar, exactamente por el altar del sacrificio, y esta es una de las cosas importantes que tenemos que aprender todos como cristianos, que no podemos nunca beber del río del Espíritu a menos que estemos dispuestos a hacerlo pasando por la cruz del Calvario, pasando por el sacrificio de Cristo, ya que solamente cuando estamos dispuestos a aceptar el juicio de la muerte sobre la carne, es decir, sobre el hombre natural y sus habilidades, sus ambiciones y deseos, cuando podemos beber del río del Espíritu de Dios y ser realmente llenos de su Gracia, amor y poder.
Veamos ahora el poder que tiene este río; nos encontramos con que ha crecido rápidamente de manera que hay que pasarlo a nado; ha crecido rápidamente a pesar de que no se ha añadido ningún otro río a él puesto que no llega a él ningún arroyo, sino que es un gran torrente de vida que corre hacia nosotros y que sale pasando por debajo del trono de Dios.
Al leer esto vemos la experiencia del profeta Ezequiel y que es la misma que debemos pasar cada uno de nosotros, los hijos de Dios, ser guiado a través de éste río paso a paso y dice Ezequiel que el Señor le dijo en tres oportunidades: “y me hizo pasar”; en su caso personal, ¿Le está Dios haciendo pasar el río?, ¿Ha tenido usted alguna vez esta experiencia fundamental para la vida del cristiano?, si no la ha experimentado debe buscar la presencia del Señor con mayor intensidad y entrega a fin de tenerla.
El primer paso por las aguas del río es el lugar donde están las aguas hasta la altura del tobillo y representa la imagen de un hombre que solo ha experimentado de una manera superficial el sentido de la gracia y del poder de Dios en su vida como podemos encontrar en cualquier congregación; es un cristiano, pero es lo que la Biblia llama un cristiano carnal, lleno todavía de dudas, de luchas y de convulsión interna.
Son aquellos creyentes que no han aprendido nada acerca de la paz del Señor cuando dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” Juan 14:27, sino que es aún un rebelde y desobediente que lucha en contra de la gracia de Dios cada vez que se encuentra con un problema y solo le lleva el agua a los tobillos. Aunque parezca algo fuera de lugar entre aquellos que asisten a las congregaciones por años, es mucha gente no pasa de ahí.
Pero el profeta va mas allá y dice: “Y me hizo pasar por las aguas hasta las rodillas”, superaron la altura de los tobillos y ahora las aguas le llegan hasta las rodillas.
¿Le ha llegado a usted ya el agua hasta ahí? ¿Ha comenzado a tener hambre y sed de la Palabra de Dios y el deseo de orar buscando el rostro de Dios?
Vemos allí el caso de un hombre que no se queda satisfecho sencillamente con haber nacido de nuevo y asistir a la iglesia, sino que es alguien que anhela mucho más. Está de rodillas, está clamando a Dios, deseando conocer mucho más de aquél que murió para que sus pecados les fueran perdonados.
Enseguida nos relata: “Me hizo pasar, y el agua le llegó hasta la cintura”, y allí es cuando el Señor esta comenzando a apoderarse totalmente de él; en este punto hay menos de él, de su ego, estudios y habilidades y mucho más de la gracia de Dios en su vida.
Los lomos son el símbolo del poder y ha llegado al lugar en el que está comenzando a captar algo acerca del poder de Dios, en este punto esta comenzando a darse cuenta de que no es “con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” Zacarías 4:6; se comienza a dar cuenta de que el secreto del poder de Dios en la vida del cristiano no radica en su ardiente deseo de hacer algo por Dios y Su obra, o su celo consagrado por que fluya en él, sino su tranquila dependencia en el Espíritu que mora en él.
Luego, Ezequiel nos dice que la vida de un verdadero cristiano va un paso más allá y entonces “El río ya no se podía cruzar porque las aguas habían crecido.
El río no se podía cruzar sino a nado”; este es el caso del verdadero cristiano, el caso de una persona totalmente entregada, que está hasta la cabeza sumergida en el río de Dios y a merced de su Santo Espíritu.
Todo aquél que se precie de ser un verdadero hijo de Dios debe estar ahí, sumergido en el río y siendo arrastrado por la corriente de la gracia de Dios que le lleva a cumplir la misión que el Hijo nos dejara:
“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” Marcos 16:15-18.
Quizás muchos se preguntan cuál es el efecto de este río en la tierra de las riberas, aquellas que tocan las aguas.
Vemos entonces que cuando el profeta es conducido por las riberas dice: “He aquí que en la ribera del río había muchísimos árboles que no llevaban fruto. La esterilidad de la tierra ha sido sanada y el río es fértil y fluye por todas partes y las cosas comienzan a vivir”.
Esto es porque las aguas de Dios son aguas de vida, “Es como el buen óleo sobre la cabeza, El cual desciende sobre la barba, La barba de Aarón, Y baja hasta el borde de sus vestiduras; Como el rocío de Hermón, Que desciende sobre los montes de Sión; Porque allí envía Jehová bendición, Y vida eterna” Salmos 133:2-3.
Todo esto ha quedado escrito para nosotros, y Juan ve el mismo río en Apocalipsis y nos dice: “Me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones” Apocalipsis 22:1-2.
Solo cuando aprendemos esta poderosa verdad tiene sentido la vida cristiana. Ya que mientras tanto no es más que un camino fatigoso, angosto y difícil, una lucha por mantener las cosas como deben de estar; pero cuando comenzamos a experimentar el poderoso y creciente torrente del río de agua viva, cuando experimentamos el fluir del Espíritu de Dios en el centro mismo de nuestra vida, todo comienza a cobrar vida y entonces la vida tiene sentido para nosotros y es una vida cristiana plena.
Este río que viene de Dios pasa por el centro mismo de la vida del cristiano, ¿Ha encontrado usted el río del Espíritu?, ¿Se ha sumergido en él para que le llene de Gracia y poder?; si aún no lo ha hecho, esta es su oportunidad, cierre sus ojos y busque la presencia del Señor, busque ese río del Espíritu que viene del trono de Dios y sumérjase en él; déjese llevar por el fluir del Espíritu Santo, llénese de él para ser usado con poder.
© Luis Alberto Coria. Todos los derechos reservados.
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