La incredulidad

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La incredulidad

Predicas Cristianas

Predicas Cristianas Prédica de Hoy: La incredulidad

Predica Cristiana Lectura Bíblica: Hebreos 11:1

Introducción

Has quitado la incredulidad de tu corazón, has dejado que la luz de la Palabra te ilumine a fin de que tu fe pueda crecer a la dimensión del poder de Dios para poder así recibir el milagro que estás necesitando para tu vida.

Leamos la Palabra de Dios en Hebreos 11:1: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Si leyéramos la traducción de la versión inglesa King James, en el mismo versículo leeríamos: “La fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la evidencia de las cosas que no se ven”.

Una sustancia es el elemento constitutivo de las cosas; sustancia nos habla de la base o el fundamento de algo que por ahora no es visible pero que luego lo será. Si volvemos al versículo, podemos decir que las cosas existen primeramente en el mundo espiritual por la fe como una sustancia que luego, en el tiempo de Dios, se cristaliza y toma la forma definitiva de manera que se torna una realidad para nosotros en el mundo físico.

La fe, más que un atributo, resulta ser un potencial espiritual capaz de hacer realidad lo que no existe. “La fe es tener la plena seguridad de recibir lo que se espera; es estar convencido de la realidad de cosas que no vemos” (Hebreos 11:1 DHH). Tener fe es tener la certeza de recibir lo que esperamos, a pesar de no existir un motivo aparente para que suceda. Dios, por fe, creó el universo por medio de su palabra, de la nada, de lo que no se veía ni existía, creó lo que hoy vemos.

Podríamos imaginar el poder de tremenda herramienta como es la fe, siendo empleada por un ser espiritual. La fe de Dios no tiene límites. Dios es todopoderoso y todo lo creó emitiendo la palabra con fe: “Así será mi palabra que sale de mi boca; […] hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” (Isaías 55:11).

De igual manera, debemos comenzar a emitir nuestra palabra de fe, conforme a la Palabra y propósito de Dios, para que Él obre. “Todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios” (2 Corintios 1:20). El milagro existe desde siempre. Dios es omnipotente y hace milagros.

Además, el Señor dijo que el que en Él cree, igual y aún mayores cosas hará (Juan 14:12). “Orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16). Unamos ahora ambos textos: “Orad los unos por los otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho. Todas las promesas son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios”.

De allí podemos asumir con seguridad que nosotros, confesando con nuestra boca (Romanos 10:8-10), si oramos con fe en el nombre de Jesús (Juan 14:13-14), lo hacemos conforme a su Palabra (Juan 15:7) y creyendo que lo recibiremos (Marcos 11:24), podremos ver el milagro que estamos esperando. Es el Dios todopoderoso, creador del cielo, de la tierra y de todas las cosas, quien hará todo lo que necesites, para su gloria.

Cambiemos Nuestro Lenguaje por la Palabra de Dios

Cambiemos nuestro lenguaje por la Palabra de Dios. Hablemos lo que Dios dice y dejemos de confesar nuestras propias debilidades o nuestros temores. Si el médico, desde el punto de vista médico y humano, te dijera: “Tienes cáncer” o “Tu problema no tiene solución”, ¿podrías fortalecerte en la Palabra de Dios y contestar: “Eso dice la medicina, pero la Biblia dice que Jesús llevó mis enfermedades, sufrió mis dolores y que por su llaga he sido curado”?

El maligno te recuerda las palabras del médico y te hace sentir dolores para que bajes tus brazos y tus defensas caigan, pero el Señor te rodea de su amor y te dice: “Hijo mío, no temas. No te dejaré ni te desampararé. Yo ya llevé tus enfermedades en mi cuerpo a la cruz. Mi Palabra es medicina para tu cuerpo. Yo completaré el número de tus días. No le creas al diablo pues es padre de mentiras”.

Dios no tiene tiempo. Es el mismo de siempre (Hebreos 13:8), no cambia como no cambia su accionar. Como lo hizo en la antigüedad, Él está siempre dispuesto a sanar y prosperar como lo estará por todos los siglos hasta el fin. Quizás hasta ahora no tuviste las bases sólidas para reclamar el milagro que necesitas y por ello podías esperar algo imposible, pero no comprendías la necesidad de establecer tu fe en la Palabra de Dios para que Él pudiera obrar.

Busca a Dios, a ese Dios de los milagros que está siempre dispuesto a escuchar tus problemas y darte la solución que necesitas.

Dios se presenta ante su pueblo como “Yo soy Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26), Jehová-Ropheka, el médico, y certifica esta condición el hecho de que no se halló enfermedad alguna en los hijos de Israel que cumplieron con las condiciones requeridas: “Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares sus estatutos”.

Ellos vagaron cuarenta años en el desierto sin sufrir enfermedades. Cuando la muerte les atacó en forma de serpientes, solo debían mirar a la serpiente que estaba en el asta para que nada sucediera (Números 21:8). Debían elevar su mirada tal como hoy debes tú hacerlo: elevar tu mirada al Cristo de la gloria para que nada suceda. La enfermedad no tiene parte en nosotros pues resulta ser una herramienta del diablo; no tiene parte en el cuerpo de Cristo pues Él ha venido a darnos vida y vida en abundancia (Juan 10:10).

Moisés pudo vivir en forma saludable y lleno de vigor hasta los ciento veinte años (Deuteronomio 34:7). Podrías preguntarte cómo lo hizo, pero si basas tu vida en la Palabra de Dios, si has hecho un hábito de su lectura, ya deberías saberlo. Es ella, es la Palabra quien te trae vida, sanidad y fortaleza a tu cuerpo.

Amado, no esperes ser atacado por la enfermedad. Es mejor la salud divina que la sanidad divina. Si hoy necesitas un milagro, el Señor lo hará, pero luego debes apropiarte de la salud divina para mantener una vida feliz, sana y llena de la fortaleza del Señor.

Viviendo en la Fortaleza de Dios

Caleb tenía ochenta y cinco años y su fortaleza se mantenía (Josué 14:10). No importaba su edad pues tenía la promesa de Dios de vivir en la tierra prometida. A esa edad, él luchó contra los gigantes para reclamar su herencia. Quizás hoy estés enfrentando a los gigantes de una enfermedad o de la depresión.

Tal vez los gigantes que debes enfrentar en estos momentos sean de otro tipo como los problemas familiares, económicos o de cualquier otro tipo, pero debes hacer como Caleb pues el Señor te mantiene la fortaleza. No dejes que te roben tu herencia. Haz como Caleb y expulsa tus gigantes; échalos de tu vida. Confía en el Señor y rechaza todo lo que te es contrario. El Señor te dice: “No tengas temor, no morirás” (Jueces 6:23).

Si necesitas un milagro, no bajes tus brazos; el Señor te ama y espera escuchar tu voz. Pídele que te sane, pídele que te liberte, pídele que te provea, pídele lo que necesites pues la voluntad del Señor es que estés bien, que disfrutes de una vida sana y con la provisión necesaria. “Y oyó Jehová a Ezequías, y sanó al pueblo” (2 Crónicas 30:20).

Cuando celebró la Pascua, vino la sanidad para la nación. Cuando honramos al Señor, cuando reconocemos lo que Él hizo a través de su sacrificio en la cruz, cuando la sangre que allí vertió salpique nuestras vidas, entonces tendremos sanidad.

Si quieres que lo bueno venga a tu vida, debes restablecer tu amistad con el Señor. Él te está diciendo ahora que no es su voluntad que caigas en enfermedad. La salud, la fortaleza y la provisión son promesas de Dios para cada uno de nosotros. Los enemigos quieren atacarte, pero el Dios Todopoderoso te guardará como la niña de sus ojos.

Establece su Palabra en tu corazón y Él estará junto a ti en cada problema. Recuerda el Salmo 23:1: “Jehová es mi pastor, nada me faltará”. Clama al Señor por tu enfermedad, clama a Él por tu aflicción o por tu necesidad. Medita en su Palabra y serás reconfortado. “Jehová Dios mío, a ti clamé, y me sanaste” (Salmo 30:2).

Él es quien perdona todas tus iniquidades y sana todas tus dolencias, desde un simple dolor de cabeza hasta la enfermedad más grave, desde la más pequeña de tus necesidades hasta acabar con la mayor de tus deudas. Solo debes confiar en Él y cumplir con sus estatutos para gozar de todos sus beneficios.

La Palabra de Dios: Fuente de Vida y Sanidad

Deja que la Palabra de Dios eche raíz en tu corazón pues “La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). Escucha la Palabra que viene para tu vida (Proverbios 4:20). Si la recibes, tu fe será desatada para que la sanidad y la provisión divina vengan también sobre ti.

La palabra ha sido enviada: “Envió su palabra y los sanó, y los libró de la ruina” (Salmo 107:20). A ti te toca escucharla. Deja de permitir las distracciones. No dejes que el enemigo cierre tus oídos espirituales para que no escuches la voz de Dios. No dejes que el enemigo ponga oscuridad en tus ojos para que no leas la Palabra de Dios. Si quieres tener vida y vida en abundancia, escucha al Señor y lee su Palabra.

No dirá el morador: Estoy enfermo; al pueblo que more en ella le será perdonada la iniquidad” (Isaías 33:24). Si has establecido tu morada en medio de la Palabra, no puedes decir: “Estoy enfermo”; no puedes decir: “Tengo hambre”. La Palabra de Dios es sanidad para tu cuerpo y alimento para tu alma cuando la atesoras en tu corazón, cuando la proteges para que el enemigo no la robe.

Si quieres gozar de todos sus beneficios, la Palabra debe estar permanentemente sobre tu vida. Tus dichos y tus pensamientos deben estar siempre basados en la Palabra de Dios. Amado, si quieres sanidad y salud divina en tu vida, si quieres prosperidad en ella, haz prosperar tu alma (3 Juan 2). Busca la verdad que se encuentra en la Palabra de Dios. Deja que su luz te ilumine para sacarte de las tinieblas de la enfermedad física o espiritual. Deja que el Señor te quite el yugo de la necesidad material y rompa en ti toda obra de maldad.

Hasta este día puede que tus ojos espirituales hayan estado velados y no pudieras ver o reconocer a Jesús, como aquellos en el camino de Emaús (Lucas 24:16). Pero hoy hace su aparición sobrenatural en tu vida como lo hizo con sus discípulos: “Mientras hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros” (Lucas 24:36). Él, aunque pudo hacerlo, no llamó sino que atravesó los muros para que vean su poder.

Hoy quiere darnos una muestra de su poder a cada uno de nosotros. Él se ha puesto en medio nuestro y nos dice: Paz a vosotros, he venido para sanarte, para libertarte, para proveerte, para hacer el milagro que estás necesitando.

Conclusión

Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban. Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:17-18). Adoraron pero aún dudaban, estaban junto a Él pero dudaban. Quizás tú seas uno de aquellos que dudan, dudan si el Señor tiene poder y quiere hacer el milagro. Hoy el Señor te dice: Yo puedo y quiero hacerlo, solo confía y cumple mis estatutos.

Finalmente se apareció a los once mismos, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado” (Marcos 16:14). Deja ya de lado la incredulidad y la dureza de corazón; reconócele, deja que Él venga a tu vida para que sea verdaderamente tu Señor. Él quiere sanarte, libertarte y proveerte, pero para que esto suceda debes creer, debes confiar en su poder.

En 1 Samuel 1:11-20 hallamos la historia de Ana y su oración; en el versículo 18 dice que “No estuvo más triste”. No estuvo más triste porque sabía en quién había confiado. Estaba segura de recibir lo que había pedido pues cumplía como sierva los mandatos del Dios Altísimo.

Si has establecido tu morada en ella y cumples con lo establecido en la Palabra de Dios, si has consolidado tu fe en el Señor y en sus promesas, si has orado en el nombre de Jesús conforme a su Palabra y a su propósito, puedes esperar el milagro que necesitas. Como lo hizo Ana, deja la tristeza a un lado para llenarte del gozo del Señor; alábale por su milagro y adórale por haberse acordado de ti.

© Luis Alberto Coria. Todos los derechos reservados.

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Luis Alberto Coria
Autor

Luis Alberto Coria

Mi nombre es Luis Alberto Coria, soy un Pastor jubilado. Estoy casado con Nora Griselda Correa; tenemos cuatro hijos. Tuvimos una iglesia en Córdoba, Argentina, que formaba parte del ministerio El Nuevo Pacto. Somos fieles seguidores de la palabra de Dios.

1 comentario en «La incredulidad»

  1. Que exelentes predicas pastor Coria queremos aprender más y más de usted no deje de ministrarnos la Palabra de Dios por medio de sus predicas

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