La mansedumbre y la humildad

Reflexiones Cristianas

“Riquezas, honra y vida Son la remuneración de la humildad y del temor de Jehová” (Proverbios 22:4)

La mansedumbre y la humildad son dos características no muy comunes en estos días. Con soberbia y orgullo el mundo se convierte cada vez en un lugar insensible para vivir.

La buena nueva es que a pesar de este panorama actual, es posible vivir con un corazón humilde y manso y crecer espiritualmente. Para aprender cómo hacerlo tenemos que preguntarnos primero qué es la humildad. En diferentes libros de la Biblia encontramos menciones al respecto de esta virtud:

“Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión.” (Romanos 12:16);

“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismos…” (Filipenses 2:3);

“Humillaos delante del Señor, y él los exaltará.” (Santiago 4:10);

“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre.” (Santiago 3:13).

En todas estas citas, el elemento común que distingue a la humildad es la sabiduría de mostrar una actitud tierna, accesible y de simpleza ante nuestros semejantes, contrarrestando todo sentimiento de superioridad, prepotencia, presunción o arrogancia.

Como buenos cristianos, debemos tener en cuenta que todo lo que tenemos y todo en lo que nos hemos convertido es por la bendición de Dios. Si somos dueños de mucho o nada, si somos mejor hoy que ayer, la gloria es para Dios. Esta es una forma nata de mostrar humildad ante sus ojos.

¿Cómo podemos ser humildes con otras personas? Uno siempre debe tener una visión clara de servir a los demás. Podemos decirnos a nosotros mismos “Los ‘otros’ son tan débiles como yo, los ‘otros’ cometen errores igual que yo, entonces ¿Cómo podría yo juzgar o tomar ventajas de ellos? Meditemos en Cristo al respecto.

Así pues, no hay ejemplo de humildad más elevado que el que nos dio nuestro Salvador Jesús. Siendo el hijo del Dios todopoderoso, nuestro señor Jesucristo nació en un pesebre (establo de animales), estuvo en medio necesitados, pobres y enfermos.

Siendo Jesucristo el mesías, lavó los pies a sus apóstoles, y en su humildad, obedeció la voluntad de su padre, no mostró soberbia ante sus escarnecedores sino mansedumbre, antes, durante y después de su muerte en la cruz. Nos amó a todos en con un intachable ejemplo de humildad y entrega. ¿Qué mejor ejemplo podríamos tener?

El ser humildes no implica callar en aquellos momentos en que consideramos necesario hacer notar algo.

Así lo demuestran los apóstoles Pablo, Pedro en las cartas que escribieron a los primeros cristianos. En ellas se puede apreciar un equilibrio perfecto entre la autoridad que envestían y la amabilidad para exhortar, enseñar y encaminar a los creyentes.

Pero para hacer esto, necesitamos como requisito indispensable trabajar primero por ser un ejemplo, de modo que nuestra conducta nos de respaldo para hablar a otras personas. Y para poder reconocer aquello, felizmente, necesitaremos también humildad y mansedumbre. Amén

© Favio Sz Jaramillo. Todos los derechos reservados.

Predicas Biblicas… Reflexiones Cristianas

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