La soledad

Reflexiones Cristianas

Todo tiene su tiempo… tiempo de abrazar y tiempo de abstenerse de abrazar.” (Eclesiastés 3:1,5)

Y un día, de repente, terminamos solos. Tal vez no lo advertimos, tal vez lo veíamos venir, pero lo cierto es que en un momento dado de nuestras vidas, la soledad llega ante nosotros y se convierte en nuestra única compañía. ¿Dónde se han ido todos? En el libro de Eclesiastés encontramos un pasaje que nos habla acerca del tiempo y de cómo cada una de las cosas primordiales de la vida tiene un momento específico de ser. Entonces vemos que también despedirse de los abrazos, o quedarse solos, forma parte inherente de la vida.

En ciertas ocasiones nos quedamos solos por las decisiones que tomamos. A veces solemos extremar nuestra individualidad; consideramos que lo más importante es nuestra auto-realización, nos olvidamos de los otros, entonces se inicia el distanciamiento.

Por otro lado, nuestras determinaciones pueden aislarnos, sobre todo cuando son decisiones extremistas, antagónicas, opuestas a lo que la mayoría de las personas piensa; de esa forma también desaparecen las almas en el horizonte. Nos quedamos solos.

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Cuando estamos en proceso de tomar decisiones podemos también llegar a sentir una soledad intensa. Pese a tener un sinfín de consejos al lado nuestro, en el preciso momento de decidir, sentados a solas, considerando qué hacer sobre algo en particular, podemos estar viviendo momentos de intenso retraimiento espiritual. Nos sentimos solos.

Existen casos en que las personas encuentran cierto tipo de paz en la soledad. Es un tiempo en que se reencuentran con ellos mismos, invierten el tiempo en ellos de tal manera que la nostalgia por los momentos de compañía no les afecta tanto.

Es también, a decir verdad, una forma de encarar ante la vida. En este sentido Apóstol Pablo comenta en una de sus cartas: “Quisiera más bien que todos los hombres fuesen como yo” (Corintios 7:7). Pablo se está refiriendo al asunto de quedarse solos. No obstante, este apóstol aclara también que cada quien tiene un don y no todos están llamados a vivir en soledad.

Hay momentos de soledad aún más profundos y tristes. Tiempos de la vida en que llega la hora de despedirnos. Puede ser por una enfermedad, por una separación, por una desavenencia, por un viaje… Son ese tipo de instantes en que no tenemos más opción que respirar hondo, cerrar los ojos y decir adiós. Nos quedamos y nos sentimos solos, muy solos.

Ante esta situación, ¿Cómo poder asimilar este tiempo de abstención de abrazos, este tiempo de despedida, este tiempo de desamparo? Si tenemos presente en nuestras almas el fuego del espíritu de Dios, entonces, podremos sentir consuelo en él. “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4:13).

Así también, nosotros podemos hacer frente a la soledad, y encararla con valentía, ánimo y esperanza la ausencia de aquellos a quien apreciamos y ya no están con nosotros. Nunca estaremos solos.

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