El amor que compartimos con nosotros mismos

Reflexiones Cristianas

Mateo 139:13-14

“Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien.”

Cada vez que reflexiono sobre el gran mandamiento divino del amor, me quedo maravillado de la gran transcendencia de esta virtud en mi vida. Por ello puedo comprender lo importante que es la existencia del amor para compartirlo con mi prójimo y… con uno mismo.

Esto podría significar muchas cosas, como fortalecerse espiritualmente a través de sentimientos de aprecio por lo que uno es (obra del padre del cielo), valorase por los esfuerzos que uno realiza para salir adelante en la vida, alentarse para seguir luchando el día a día, cuidarse la salud física y emocional, premiarse cuando uno se lo merece o desarrollar los dones que uno posee, entre otras posibles maneras.

Sobre todo es necesario reflexionar en el aprecio que uno se da a si mismo, lo cual, como tan dulcemente expresa este salmos, es la convicción y confianza de saber que uno es un ser único, irremplazable, intrínsicamente creado para sonreír y compartir lo que tiene, sus sentimientos, pensamientos y dones.

Al aceptar que uno es una creación buena del padre celestial, uno confirma la eterna perfección y altísima santidad del altísimo, ya que Él hace todas las cosas para bien y nosotros hemos sido hechos por su voluntad, por lo tanto podemos sentirnos con confianza sobre nuestra existencia en esta tierra desterrando todo miedo por encarar la vida.

A su vez, amarse a uno mismo involucra el corregirse. Que vital es ser honesto con uno mismo y encararse los errores y deficiencias. Porque no solo la asistencia y cuidados personales nos aseguran el crecimiento, sino también la exigencia que seamos capaces de ejercer en nuestras actitudes y comportamiento.

Es pertinente resaltar que el amor es y será amor en tanto se lo comparta, lo cual se constituye en la gran diferencia con el egoísmo que excluye, y esto es válido primero y sobre todo para nuestro prójimo como también para el templo de nuestra alma y espíritu.

Mientras guardemos la esencia del mandamiento del amor, que es el compartir nuestro amor hacia los otros, y seamos además capaces de generar amor en nosotros mismos (valorando, cuidando y desarrollando los dones, dádivas, bendiciones que se nos da, aprendiendo a crecer en la corrección) podremos experimentar grandes experiencias de amor.

Así lo hizó nuestro padre celestial al enviar su hijo Jesucristo, y éste de igual forma, al morir todos nosotros. ¡Tanto amor solo es posible del cielo!

Oración: Padre del cielo, ayudame a reconocer lo bueno de mi y a crecer en el amor para con mi prójimo como por mi mismo.

© Favio Sz Jaramillo. Todos los derechos reservados.

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