Anécdotas del abuelo

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Si dividimos en cuatro partes iguales el tiempo de vida normal de una persona, estimando que éste sea de setenta y cinco a ochenta y cinco años, por citar un intervalo bien frecuente, el cociente es menor que veinticinco años, el cual representaría la cuarta parte de cien, que a su vez, es mayor que ochenta y cinco.

Cuando analizamos todo lo que hicimos en cada uno de esos cuartos de vida, todos menores que veinticinco, podremos encontrar cuantiosas anécdotas, aun en el más insignificante de los hombres.

Bueno, el abuelo me contaba en una de sus cartas, que él había pasado un cuarto de siglo en ese pequeño poblado, que no sobrepasaba los mil habitantes, llamado Nueva Luisa, en la provincia de Matanzas en Cuba.

Para un hombre como él, que como bien describe mi padre: “su paso por la vida no fue en vano”, habría de dejar múltiples anécdotas entre las cuales yo compartí algunas; pero por ser tan pequeño en aquel entonces, la inmensa mayoría me llegó a través de los pobladores de allí, a quienes él llamaba con todo su amor, “mis guajiros queridos”.

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El abuelo, a pesar de dejarle de ver en mi más tierna infantilidad, influyó grande y positivamente en mi vida como estímulo y acicate de superación y prudencia. Tanto sus queridos guajiros que me contaban cosas tan bellas de él, como personas ilustres que al identificarme como su nieto, con curiosidad me decían: “¿Pero tú eres nieto de Eugenio Fernández?, un hombre culto y correcto, como no he conocido otro”.

Yo, en ese momento, me sentía tan orgulloso de mi abuelo y me gustaba tanto ser como él que me preguntaba continuamente, ¿por qué Dios no me permitía volverlo a ver?. Muchos años después, cuando conocí mejor al Señor, comprendí que mi abuelo como todo hombre debió tener sus defectos y Dios prefirió que yo me quedara sólo con los buenos recuerdos. Por esto, referente al abuelo, como en lo que pudo ser incorrecto ya no lo puedo enmendar, me gustaría escuchar el lado correcto, el que Dios me permitió conocer.

CINCO ANÉCDOTAS DEL ABUELO.

EL ABUELO PROCEDIÓ SALOMÓNICAMENTE. Nueva Luisa constituyó un lugar muy especial para el abuelo. Allí él tenía un comercio que consistía en bodega, tienda de ropas, ferretería, etc. y con un volumen de clientes que abarcaba no sólo a Nueva Luisa sino también sus alrededores.

En una ocasión que el abuelo se encontraba en la oficina con el tío Pepe, se presentó un cliente llamado Octavio González, quien había hecho una compra reciente y con la factura en la mano, reclamaba un error de tres pesos en su contra, en el cambio recibido.

Como quien había despachado a Octavio fue el propio tío Pepe, éste autoritariamente respondió: -¡Imposible que me haya equivocado de esa manera, déjame ver esa factura!- Entonces el abuelo con su prudencia característica le dijo al tío:- No es necesario verla Pepe, Octavio tiene toda la razón, debes devolverle los tres pesos.

El tío Pepe obedeció sin protestar; pero una vez que el cliente se marchó, refunfuñó intrigado: -No entiendo Eugenio, ¿cómo sin revisar la factura, tú vas a…?

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-Pepe- interrumpió el abuelo con su habitual prudencia y sabiduría salomónica – No comprendes que cuando este humilde hombre se ha atrevido a discutir esa diferencia con nosotros, es porque ya Julio Iglesias (un morador de Nueva Luisa con tanta habilidad en los números como cualquier contador) con una comisión de los más entendidos en Aritmética han revisado varias veces la factura, llegando a la conclusión que te equivocaste. Volverla a revisar sería cometer otro error, sin embargo, de este modo el cliente quedó satisfecho por la confianza que le tuvimos.

EL ABUELO ESTOICAMENTE SE ENGAÑA. El abuelo ya había perdido su negocio de Nueva Luisa después de la ley de intervención de propiedades impuesta en Cuba por la “fabulosa” Revolución Cubana, y estaba en los días de su salida para España. Aquella mañana se encontraba él solo en su casa en Cárdenas cuando llegamos mi madre, una tía y yo a hacerle la visita.

El abuelo cortésmente nos invitó a pasar y tomar asiento en la sala donde nos contó todo referente a su viaje. Entonces repentinamente me llama y me lleva al comedor y con el dedo índice de su diestra me mostró dos fotos-ampliaciones puestas sobre la pared del pasillo y acto seguido me preguntó: -¿Cuál de esos dos es tu padre?

A decir verdad, yo no hubiera sido capaz de identificar a mi padre y hábilmente dirigí la atención para el que de los dos, yo conocía con certeza y que no era otro que tío Meño. A todas éstas, el abuelo no dejaba de observarme cuidadosamente, como quien tratara de adivinar mis pensamientos.

Por fin, me sentí completamente seguro de reconocer al que no era mi padre, luego por lógica, el otro tenía que ser él. Acto seguido me volví hacia el abuelo que ya esperaba algún ardid en mi respuesta y aplicando el método del absurdo, o sea, probando que tío Meño no era mi padre, en vez de probar que el otro era mi padre, pude dar, con exactitud, la respuesta correcta.

La estrepitosa carcajada del abuelo no se hizo esperar, como quien soportaba estoicamente el engaño, para no poner en duda la inteligencia del nieto.

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EL ABUELO TACAÑO. Todas las tardes, mi madre me bañaba y me vestía elegante, para que yo visitara al abuelo a la tienda. Ya, a esa hora, él trataba de estar lo más libre posible para recibirme. Después de andar y conversar un rato conmigo por toda la tienda, me preparaba un paquete de queques con un trozo de una barra de dulce de guayaba, que me llevaba de regreso a casa.

Pero aquella peculiar tarde y para mi sorpresa, me esperaban mi abuelo y mi abuela juntos. Caminamos los tres por la tienda como lo hacíamos todos los días el abuelo y yo, al mismo tiempo que la abuela no cesaba de darme cariñosos mimos. Por fin llegó la hora de retirarme a casa y el abuelo, quizás por la presencia de la abuela, olvidó hacer mi paquete. Entonces le dije: – abuelo mi merienda- La abuela reaccionó atómicamente y tomó un carísimo turrón español y cuando se disponía a entregármelo, el abuelo interrumpió a tiempo y dijo con suavidad: -No, eso no, queque con guayaba es mejor, porque lo pone muy fuerte.

EL ABUELO Y LA CLÍNICA DE FERRER. En cierta ocasión, cuando yo era muy pequeño; pero que recuerdo con toda claridad, porque mi memoria larga nunca me traiciona, me enfermé seriamente y mi madre me tuvo que llevar con urgencia a la clínica del Dr. Ferrer, un excelente cirujano del pueblo de Jovellanos. Considerando que mi salud era bien delicada, el médico me hizo un examen completo y concluyó diciendo que tenía que someterme a un riguroso plan. Ahí mismo apareció el momento de ponerle el cascabel al gato y fue mi propia madre la que tuvo que hacerlo: -Doctor- dijo ella con un profundo dolor -el problema está en que no tengo dinero ni para pagar los exámenes que usted acaba de realizar- A esto, con una pícara sonrisa, el galeno respondió: -Señora, usted no tiene por qué preocuparse. Su abuelo, el Señor Eugenio Fernández Villar, que es mi amigo, ha dejado dicho que todos los gastos de su nieto, correrán por él, de por vida.

Vi a mi madre acercarse a una ventana para ocultar las lágrimas que le corrían por las mejillas y al mismo tiempo exclamar: -¡Gracias Dios mío, por darle a mi hijo ese abuelo!.

Casi cuarenta años más tarde, conversando con mi padre en un restaurante de Miami, me contaba que cierta vez, había ido al cine de Cárdenas buscando al abuelo para informarle que yo estaba grave, y él respondió tranquilamente: -Déjame eso a mí, que yo lo resuelvo-. De manera que, tras muchos años después e inéditamente a través de esta anécdota, se podrá comprender la aparente tranquilidad que tuvo el abuelo, aquella vez en el cine; pero así era él.

EL ABUELO ESPLÉNDIDO. En esta me complazco también, en revelar un testimonio inédito, concerniente al abuelo y a mí. Resulta que mi padre, en una de sus anécdotas, se queja noblemente, que el abuelo hacía alarde delante de la gente, al ofrecerle a tío Meño y a él cinco pesos para los domingos y luego se los retiraba cuando se encontraban a solas.

Bueno, yo recuerdo que cuando comencé la escuela, ya el abuelo había perdido su negocio en Nueva Luisa, no obstante venía al menos una vez por semana y siempre se llegaba al colegio a verme. Conversábamos, él afuera y yo adentro del patio, quedando la cerca de alambre entre los dos. Y después de muchos cariñosos consejos, antes de retirarse sacaba un billete de cinco pesos y me lo ponía en el bolsillo de la camisa. Así pues, todos los billetes de cinco pesos que a ellos les fueron retirado, el abuelo los guardó para entregármelos, antes de marcharse definitivamente de Cuba.

Por todas estas cosas llegué a querer tanto al abuelo, y me da mucho gusto, que sus hijos, que a la postre somos todos, nos pongamos de acuerdo a los cien años de su nacimiento, para hacer un recordatorio póstumo a quien físicamente dejó de existir; pero su memoria, sus buenos consejos, su sabiduría, su alegría y su arte de conducirse correctamente, están guardados celosamente como oro fino en cofre dorado, en aquellos que mucho le amamos.

El abuelo ya murió y no quiero figurar con estas anécdotas que lo idolatramos; pero sí que le amamos y le honramos como Dios manda: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”. Éxodo 20:12.

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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