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Churry la perversa y el embajador del congo

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De un lado a otro, cubriendo toda la acera, venía Churry la Perversa en la mañana de aquel domingo, para iniciar una aventura más en su vida llena de excesos.

Así, con esos movimientos extravagantes avanzaba buscando los mismos objetivos de siempre: alcohol, perversión y hombres de su clase. Le llamaban Churry por la falta de higiene que su cuerpo aparentaba, y la Perversa, por el modelo de vida licenciosa que llevaba.

Ese día, para su sorpresa, al pasar por los portales de Hotel Ritz de Jovellanos, se encontró con un caballero negro, muy elegantemente vestido que salía de allí. Churry le miró fijamente su rostro y él se detuvo ante ella. Entonces ella le preguntó resueltamente: -¿Quién es usted?

-Soy el embajador de El Congo.

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-¿Un embajador saliendo del Hotel Ritz de Jovellanos que no tiene ni siquiera un consulado?

El embajador sonrió y caminando hacia ella: -¿Hacia dónde se dirige usted, señorita? –Nunca en su triste vida Churry había recibido generoso y cortés trato y aunque un poco turbada le contestó: -Voy al Hospital.

-¿Por qué, se siente usted enferma?

-No, quiero hacerme un examen.

No era cierto, Chury iba hacia el bar del Restaurante “El Pollito” que se encuentra frente al hospital, donde ella acostumbraba reunirse con amigotes desagradables a darse al trago.

Pero, ¿qué le costaba a Churry decir la verdad, si a ella no le importaba la opinión de los demás? ¿Acaso sería el fino trato del embajador lo que motivó que mintiera para no parecer ante él lo que realmente era?

-¡Caramba, qué coincidencia! Yo voy en esa dirección porque voy para Varadero, y el hospital me es camino –dijo el embajador, y con una actitud muy caballerosa abrió la puerta de su automóvil con placa de diplomático, invitándola a subir. Churry obedeció y se acomodó en el asiento trasero.

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El automóvil se detuvo frente al hospital, y antes que Churry pudiera abrir la puerta, el embajador acudió y se bajó para abrirle la puerta y Churry quedó una vez más sorprendida por tanta cortesía.

Volvió a mirar fijamente el rostro del embajador en señal de agradecimiento; pero éste le respondió inclinándose ante ella con una reverencia que casi tocaba la acera con su cabeza. Al erguirse, el embajador le tendió la mano entregándole una tarjeta que lo identificaba y lo localizaba: -Aquí siempre encontrarás un amigo –No dijo más y se marchó.

Aquello fue demasiado para la pobre Churry, quien en vez de dirigirse al bar como de costumbre, se alejaba de allí, cuando una voz la detuvo: -¡Eh Churry, en el bar te esperamos –Ella se volvió cautelosamente y le dijo: -El gozo que el embajador me ha hecho sentir en este momento con su caballerosidad, no lo quiero entorpecer con alcohol de ningún tipo, ni mucho menos con tipos que no son de altura -Entonces ella se incorporó a su camino y se marchó sin mirar atrás

Churry llamó al alcohol entorpecedor, y realmente lo era. Entorpecía sus pensamientos para no caer en la triste realidad de la que era objeto. Pero esta vez, la caballerosidad de aquel hombre, le hizo ver una realidad que parecía un sueño del que nunca quería despertar.

Usted también puede ofrecer palabras alentadoras y de gozo a los que sufren y lloran. Jesucristo dijo: –De cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará; pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo. Juan 16:20.

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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