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El llamado de Dios es ineludible

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El Pasado y El Futuro son los nombres de dos grandes y prósperas haciendas divididas por un riachuelo llamado Río Piedra; por la cantidad de piedras que arrastran sus aguas, por lo que las hace más cristalinas que en ningún otro.

Muy próximo al río; pero en la parte de El Futuro, había una iglesia cristiana cuyo pastor se llamaba Ruperto. Aquel día, en el servicio habitual, la iglesia estaba más llena que de costumbre, y la razón era que el pastor había prometido en el servicio anterior que, en éste, daría su testimonio inédito. Muchos eran verdaderos creyentes y otros curiosos de una de las dos haciendas; pero todos interesados en saber por qué Ruperto, de un hacendado dueño de El Futuro, se trasformaría más tarde en el pastor de la iglesia.

Pues bien, habían pasado veinte minutos de iniciado el servicio, cuando se presentó al pastor Ruperto. Éste tomó el micrófono y dijo: -Hermanos, a este servicio traigo un mensaje que se llama “El llamado de Dios es ineludible”, y como he prometido comenzaré con mi propio testimonio. La historia es así:

Hace muchos años Don Calletano Arrechavaleta, el dueño de la enorme hacienda El Presente, vio dos nietos nacer. Primero a Joel y un año después a Ruperto, y ambos niños eran primos por la línea de los padres que eran hermanos y a su vez, estos serían hijos Don Calletano.

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Por capricho del abuelo, que por su edad sabía que no vería otros nietos, decidió dividir El Presente por el riachuelo en dos haciendas y llamarlas El Pasado con la propiedad para Joel y El Futuro para Ruperto. Transcurrieron cuarenta años y los primos habían hecho de las haciendas dos joyas, administrando con pulcritud y manteniendo cordiales relaciones entre ellos. No obstante; Ruperto era ateo que no se le podía mencionar a Dios y Joel, a su manera, era creyente.

Una noche Ruperto tuvo un sueño, soñó que Dios lo llamaba a predicar su palabra. Al siguiente día se estaba tomando una taza de café, cuando su hija Magdalena de siete años; vino corriendo y cayó de horcajadas en sus espaldas, como cariñosamente acostumbraba hacerle al padre, derramándose el café sobre él. Como Ruperto estaba molesto por el sueño, porque aborrecía todo lo tocante a Dios, le dijo bruscamente: -¡Mira lo que has hecho!-. La niña tratando de consolarle le respondió: -No te enojes Papito, ven toma esta otra-. Pero él no oyó y se dirigió al otro lado del río a ver a su primo Joel.

-Buenos días primo, ¿qué te trae a mí tan temprano?.

-Muy simple Joel. Tú sabes mi posición ante ciertas creencias, tuve un sueño que me puso a pensar el resto de la noche; pero que finalmente no acepto. Te contaré y después te haré una proposición.

Le contó el sueño con lujo de detalles y al final agregó: -Te propongo hacer tú y yo la ruleta rusa, el ganador se queda con las dos haciendas. Si gano, tendré tantas ocupaciones que tendría que dedicarme sólo esto y si pierdo, muero y menos tendría que atender el sueño.

-Pero eso es una locura primo, ¿no has pensado en tu familia, tu esposa, tus hijos Rupertico y Magdalena?

-Sí he pensado en ellos. El ganador, además de poseer las dos haciendas, suplirá y cuidará de la familia del perdedor.

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Joel volvió a objetar: -Aún así me parece…- Ruperto lo interrumpió: -¿Qué pasa primo, tienes miedo?.

Joel se cegó de un falso honor y le dijo: -Pues claro que no tengo miedo. Y es más, traigamos a un notario para que haga el documento de nuevas propiedades y sea testigo de lo que pase.

Todo se hizo como ellos acordaron, el notario redactó los documentos que ellos firmaron y comenzaba la desagradable escena que no terminaría hasta poner fin a la vida de uno de los dos primos que, hasta la fecha, nunca enfrentaron diferencias.

Se escogió un revolver y se le colocó una bala. Se lanzó una moneda al aire para decidir, cuál empezaría a dispararse. En el juego de azar de la moneda, Ruperto resultó perdedor, por lo que tendría que iniciar lo que sería una futura tragedia. Golpeó la masa del arma, haciéndola girar muchas veces y de pronto la detuvo.

Lentamente se colocó el cañón del revólver la sien y; dos cosas se produjeron al mismo tiempo, el disparo del arma y el salto de Magdalena a horcajadas sobre las espaldas del padre, que sin saber lo que ocurría traía un papel, que promocionaba algo, en su manita derecha para mostrarle al padre. El súbito golpe que recibió el dueño de la hacienda El Futuro, hizo que el proyectil se desviara de la cabeza y se perdiera entre las nubes. Entonces Joel aprovechó e inteligentemente dijo: -Perdiste Ruperto, porque al dispararse el arma yo no tendría que probar suerte, por otra parte tú no tienes que intentar de nuevo, por lo que te quedarás vivo.

El notario que hacía de juez, asintió con la cabeza que Joel tenía razón y Ruperto reconoció su derrota.

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La niña, sin saber todavía lo que estaba sucediendo, levantó el papel que traía y el propio Joel dijo: -Déjame ver ese papel que traes con tanta alegría, Magdalena-. Lo leyó curiosamente y después explicó: -Ah, es una invitación que hace una iglesia cristiana a los niños para una actividad infantil.

-Sí Papito- por fin habló la niña inocentemente – Y quiero que me lleves.

-¡Ruperto!- habló Joel -El llamado de Dios es ineludible. Mi posición es esta: ¡notario rompa esos papeles y que todo quede como antes!. Ahora te toca decidir a ti Ruperto. ¿Por qué no te vas de mi hacienda con tu hija para la tuya y así estarás saliendo del pasado para el futuro sin pasar por el presente por la voluntad de Dios.

-Gracias Joel- dijo Ruperto – Claro hija mía que te llevaré a esa actividad.

OTRA VEZ EN LA IGLESIA

El pastor Ruperto se secó el sudor de la frente con un pañuelo y volvió a dirigirse a la congregación: -Aquel mismo día le entregué la hacienda a mi hijo Rupertico y me puse a las órdenes del Señor porque: El llamado de Dios, es ineludible.

Amado lector que entra a estas páginas, si usted ha sido llamado por el Señor o será llamado en un futuro, para algún ministerio, que esta historia le sirva como un consejo ejemplarizante. Recuerde que Saulo perseguía a los cristianos y fue llamado al ministerio cuando Jesús le dijo: –Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar cocés contra el aguijón. (Hechos 26:14)

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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