El pilluelo

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Todos los domingos temprano en la mañana, El Pilluelo venía a la cafetería de Cojímar, en La Habana, la que está frente al parquesito donde se levantó la estatua del escritor norteamericano Ernest Hemingway.

Fumándose el último cigarrillo del paquete y con un billete de veinte pesos en una mano, le decía a la señora que despachaba: -Por favor, una cajetilla de cigarrillos-. Entonces la dependiente le preguntaba: -¿Qué marca?-. A lo que él respondía: -Populares, naturalmente-. Ella cobraba un peso y setenta centavos que era el precio del paquete mientras le devolvía dieciocho pesos y treinta centavos.

El pilluelo tomaba el vuelto y simulaba irse cuando de repente se volvía nuevamente a la empleada, -¡Oh, qué tontería!, si yo tengo el dinero exacto para pagar, perdóname; pero devuélvame el billete de veinte-. La señora algo confundida le entregaba el billete al tiempo que él le daba a ella exactamente un peso con setenta centavos.

Cuando salía de la cafetería y haciendo un balance de su operación, podía ver que el billete de veinte jugaba un papel neutral quedando en su haber, y si al vuelto de dieciocho pesos con treinta centavos se le sustrae un peso con setenta centavos que costaba la cajetilla, quedan dieciséis pesos con sesenta centavos que el Pilluelo se guardaba además de los cigarrillos y con absoluta tranquilidad cruzaba la calle hacia la parada de ómnibus situada en el parquesito. Solía tomar la ruta 58 y al entrar, con una moneda de veinte centavos (que era lo que valía el pasaje), golpeaba la alcancía metálica colocada al lado del conductor para que el sonido lo engañara, haciéndole creer que había hecho el correspondiente depósito.

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Una vez que llegaba a su destino, andaba hasta cruzar Paseo de Prado y buscando el Bulevar de Obispo, gustaba caminar por los adoquines hasta el final, dirigiéndose después a la catedral para asistir a la misa del domingo, donde dejaba sesenta centavos de ofrenda y así volvía a casa con un jornal de dieciséis pesos el día más los cigarrillos -sólo admisible en un médico en Cuba- y quedando como todo un buen católico que era. De esta manera se comportaba el domingo característico del Pilluelo.

El domingo peculiar del Pilluelo, fue aquél que, llegando temprano a la cafetería de Cojímar, pidió su paquete de cigarrillos y cuando entregó el billete de veinte, la empleada en alerta por las continuas pérdidas de los domingos, le dijo con una frase muy cubana: -Hoy no me mangas, papito- y cuando hubo de llamar al administrador, el Pilluelo salió en huída sin el billete, sin el vuelto y sin los cigarrillos a tomar la ruta 58 para desaparecer del escenario.

Cuando golpeó la alcancía con la moneda, la mano fuerte de un gigantesco conductor le presionó tan fuerte su muñeca hasta obligarlo a depositar. Pero no se detuvo, se fue a la catedral , para cerrar el día. Allí se encontraba él, como el mejor feligrés y cuando pasaron las canastas para recoger los diezmos y ofrendas, no tenía monedas y decidió esta vez dar un billete de un peso para reparar un poco las pillerías que venía haciendo durante tantos domingos; pero con el apuro se equivocó y entregó un billete de veinte y cuando fue a retirarlo, la ancianita que cargaba la cestita, le susurró: -Gracias hijito, Dios te lo devolverá con creces-.

Decididamente éste no era el día del Pilluelo, que en vez de sus cuantiosas ganancias dominicales, perdió cuarenta pesos y ni aún consiguió sus cigarrillos; pero sí ganó una gran lección que le haría reflexionar el resto de su vida.

Los pilluelos son individuos que creyendo engañar a los demás, terminan víctimas de sus propias mentiras. Ellos están en todas partes: en la calle, en la casa y en las iglesias; pero su gran desgracia es no conocer la verdad, por tanto, aunque no lo crean, son esclavos de sus malos hábitos . A esto Jesucristo dijo: –y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libresJuan 8.32.

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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