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El sacrificio de la salamandrita

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Caminaban por la acera de una linda calle Pablito y Julita –dos niños con una unción tan especial que conversaban como mayores- Venían de norte a sur, él a la izquierda tan próximo a la orilla que sus ropas ondulaban al ser batidas por el aire que despedían los automóviles de paso. En tanto que ella iba del lado derecho, más bien acercándose a un fragante jardín colmado de flores de muchas especies que daban un colorido inigualable y un perfume embriagador.

Hablaban de muchas cosas: de la escuela y sus resultados en los exámenes, de la iglesia que visitaban, del deporte que practicaban, de sus planes futuros, en fin, conversaban con una madurez asombrosa sin perder su espíritu de joven. La propia Julita llegó a un momento que se extrañó de su comportamiento y le pregunta a su compañero: -¿Pablito, tú crees que nosotros seamos anacrónicos entre la juventud de hoy?

-No Julita, precisamente son los otros, los que se pierden y disgustan a sus padres –dijo esto Pablito al tiempo que extendiendo su mano derecha la detenía: -Aguarda un momento –dijo así y cruzó la acera hasta el jardín y tomando una bella rosa roja, que se distinguía sobre las demás, regresaba para entregársela, cuando de pronto ella le dice: -¡Pero tienes sangre en esa mano!

Efectivamente, una minúscula manchita de sangre se apreciaba entre su dedo pulgar y el gajito por donde tomó la rosa. Entonces ella fue a revisarle minuciosamente la mano y es aquí cuando descubre que no había sido herido, sino una salamandrita que se encontraba dormida debajo de la rosa, y que Pablito sin advertirla la había presionado contra una de las agudas espinas de la matita en el acto de arrancar la flor. Él se sorprendió al verla y soltó la rosa, y la pequeña lagartija cayó mortalmente herida dando sus últimos coletazos, sacrificándose ingenuamente para que el dedo del muchacho no sufriera las consecuencias.

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-Te imaginas Pablito –dijo ella con lágrimas en sus ojos muy conmovida por el triste final del lagarto –la salamandrita murió para que tú no fueras herido.

Esta historia nos permite apreciar el sentimiento que se despierta en los niños por los animales, especialmente a aquellos que nos saca de apuros en un momento dado, como muchas veces ha sucedido con perros, caballos, etc.

Pero no sólo con los niños suceden estas cosas. Los adultos, en ocasiones, nos identificamos con animales que nos traen un poco de alegría y llegamos a querer a lo largo de su vida, y creo que eso es bueno.

En otro orden, recordamos con agradecimiento a personas que un día hicieron algo desinteresadamente por nosotros, y esto también es muy bueno; pero lo que no es bueno es que muchas veces olvidamos a quien hizo el mayor de los sacrificios por la humanidad.

El mismo que se sacrificó tan grandemente, que ya nosotros no tenemos que depender de nuestro propio sacrificio. El que nos amó tanto que se entregó a sí mismo para que seamos libres y salvos.

Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. Efesios 5:2

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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