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Mensajes Cristianos… Fe y perseverancia

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En este andar por la vida no existe algo que nos haga sentir tan mal como ser ignorado. Hasta los grandes hombres se sienten agredidos cuando sus cualidades son menospreciadas, sobretodo cuando estamos en el camino sin poder llegar a la meta.

En una ocasión, el gran pintor y escultor italiano, Leonardo da Vinci, estaba observando una enorme pieza propicia para ser esculpida. Cuando mostró sus intenciones de trabajarla; Miguel Ángel Buonarroti, también escultor y rival de Leonardo, le dijo: -No lo intentes, estás demasiado viejo para trabajar semejante pieza-.

Aquella desestimación de Miguel Ángel puso furioso a Leonardo quien acto seguido, y para demostrar que todavía era muy fuerte, tomó una gruesa varilla de hierro y haciéndole fuerza por sus extremos, la dobló por el centro hasta juntar las dos manos.

Cuando hubo terminado, se la lanzó a Miguel Ángel para que la corrigiera poniéndola como originalmente estaba. Éste, sabiendo que no podría, le dijo algo que constituye una frase célebre: -¿Y yo estoy aquí para arreglar lo que tú dejas torcido?.

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Efectivamente mis queridos amigos, a nadie le gusta terminar lo que otro dejó; pero qué triste queda aquel que no termina su meta cuando sabe que, en breves, nadie se acordará de él.

Por otra parte aquellos que llegan al final del camino, saborean la satisfacción de que sus esfuerzos no fueron en balde y mucho más cuando el camino ha sido un túnel oscuro, empedrado y espinoso, cuyas espinas con sus agudas puntas no han cesado de herir el cuerpo del caminante y las piedras, que la horrible oscuridad no permitieron ver, le han dado múltiples tropiezos.

Pero la fe y la perseverancia llevan de la mano al increíble buscador de fines; para que, antes de quedar rendido por el cansancio y las heridas, la agudeza de la luz que penetra por el otro extremo del túnel le hacen cerrar los ojos y cuando las pupilas se adaptan a la claridad, los abre para contemplar un paraíso y salvación, como correspondencia a su fe.

Un día del mes de agosto de 1994 visité al Dr. Jesús Mulet a su casa en la ciudad de Matanzas. Me había tomado un café en la cafetería “Peñas Altas”, crucé la calzada y caminando de playa en playa, dejaba que las olas mojaran mis pies y con la mirada hacia delante y ligeramente hacia arriba, las ideas jugaban un crucigrama, cuya única salida era, precisamente, la salida del país; pero los elementos que formaban el conjunto solución para terminar el juego, no aparecían.

Por fin llegué al barrio de Mulet y abandonando la playa crucé nuevamente la calzada para dirigirme a su casa. Ya frente a él, a penas sin saludarme, a pesar del tiempo que no nos veíamos, me dijo:

-Antonio, por el bien de nuestros hijos, tenemos que abandonar el país. Siempre te he considerado alguien inteligente, así que no me defraudes con tu respuesta-. Aquello me tomó por sorpresa, aún cuando yo esperaba algo así. Le respondí: -Vuelvo a casa y en dos días regreso a verte-. -Pero no te demores, la situación no está como para dilatarse-. Terminó diciéndome él.

Como le prometí, a los dos días fui a verlo y sentados en el borde de una acera, sellamos los por menores del viaje. Nunca olvidaré, que mis últimas palabras fueron: -Te imaginas Mulet, que en unos años, nuestros hijos hablarán más Inglés que Español-.

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Unos días después, el bote “Cayo Blanco” con veintiséis pies de largo y con cuatro familias a bordo para un total de diecisiete personas incluyendo tres niños, atravesaba el Estrecho de la Florida. En todo momento desde la salida hasta los imprevistos que tuvimos en el mar, la entereza de mi amigo Mulet fue indispensable tanto como médico como por lo perseverante y decidido y reconozco que sin él, el viaje pudo ser inválido.

Como tantos cubanos en aquellos días, nuestro destino fue Guantánamo Bay, donde permanecimos por muchos meses. Allí Mulet prestó servicios como ayudante de los galenos militares que trabajaban con los refugiados hasta que le llegó su salida para Los Estados Unidos. Unos meses después, salí yo con mi familia.

Ya en este país, mi amigo trabajó duramente y por sus propios medios, sin la ayuda de nadie, si no fue el primer refugiado de Guantánamo en ser propietario de su casa, por lo menos es el primero que yo conozco en hacerlo. Relacionándose cada día con la medicina avanzada de este país me dijo:

-Me haré médico aquí también, cuésteme lo que me cueste- Yo no tuve menos que admirar la pujanza de mi amigo y recordé que antes de emprender el camino del destierro, él me mostró unos escritos de su difunta madre, encontrados después de su muerte, que decían algo así: -Y mi hijo Jesús me honrará siendo un gran médico-. No quise decirle nada en aquel momento para no entristecerlo; pero lo hago ahora, porque estoy poniendo en alto su valor y el cumplimiento del deseo de su madre.

Durante varios años mi amigo el Dr. Mulet ha tenido que vérselas duro, estudiando y preparándose para los exámenes de medicina. Muchos reveses ha tenido que enfrentar y soportar, sin contar las zancadillas por las que todos los hispanos tenemos que pasar en esta preciosa; pero no perfecta democracia que como todo lo que no es perfecto tiene que tener su pequeño salidero.

No obstante la fe y la perseverancia, como decía al principio, lo ha llevado de la mano. Hoy, finalmente, contra viento y marea y para la gloria de Dios que vela por los que perseveran, mi amigo ha cumplido todos los requisitos para estar certificado como médico de esta gran nación. Jesucristo fue claro cuando dijo: –Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo-. Mateo 24:13.

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Afortunados serán los pacientes del hospital o de la clínica donde el Dr. Mulet le corresponda prestar sus servicios, porque tendrán un gran médico, una gran persona y un gran amigo que ha honrado, por segunda vez, los anhelos de su madre. FELICIDADES DOCTOR JESÚS MULET.

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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