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Devocionales Cristianos… Haz bien, y no mires a quien

Devocionales Cristianos… Mensajes Cristianos

¿Cuántos hemos escuchado el viejo refrán has bien y no mires a quien, en los años que tenemos de vida?. Yo diría que todos lo hemos oído y podría asegurar que muchas veces.

Pero lo que no puedo afirmar es que todos lo ponemos en práctica cada vez que la ocasión se presente. Porque lo triste; pero cierto, es que la inmensa mayoría, en el momento preciso decimos de boca para fuera: haz bien y no mires a quien; pero de boca para adentro: haz bien mirando a quien.

Efectivamente, si la persona necesitada nos pagará con creces mañana, no vacilamos en corresponderle en el acto; ahora bien, si se trata de un infeliz que para qué esperar, entonces tenemos que tomarnos cierto tiempo para responder y generalmente la respuesta es negativa.

Así es el comportamiento de muchos y la experiencia de los años vividos, da más de un testimonio para los que han tenido que sufrir el amargo sabor que producen varios movimientos de cabeza de izquierda a derecha y de derecha a izquierda cuando, en una desesperada situación, un favor ha sido solicitado.

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Sin embargo, hay personas que no saben decir que no, son vivos representantes del famoso refrán y siempre tienen su recompensa, sin que ellos la busquen con su espontáneo y generoso proceder.

Mi primo; el Dr. Alfredo Marín, que es un excelente cirujano con muchos éxitos en su carrera, clasifica muy bien dentro de esos que siempre están dispuestos a prestar un servicio desinteresadamente.

En una ocasión, él y yo conversábamos sentados en un banquillo de un parque que, aunque tiene un nombre propio, todos conocen como el Parquecito de los Viejos; por la cantidad de ancianos que suele visitar este lugar del pueblín Jovellanos, en Matanzas, Cuba.

Pues bien, después de tratar muchos temas, llegaba la hora de almorzar y como es natural, salió a la luz aquello que más se desea comer. El médico dijo: -Yo quisiera comer ahora mismo… ¡platanitos manzanos!, sí, eso mismo-. y continuó el galeno -Hay una producción muy grande de plátanos frutas en este pueblo y verdaderamente estoy harto de ellos. Mientras que los otros, hace tanto que no los veo y son tan sabrosos que daría lo que me pidan por tan solo uno de ellos-.

Yo, por mi parte, que soy menos dado a las cosas dulces, me manifesté partidario a comer una pizza y recuerdo que precisé de esta manera: -Pero que sea de la pizzería Castel Nuovo de Varadero, que son las más exquisitas que he comido-.

Transcurrió una media hora más de conversación y por fin decidimos retirarnos, cuando de pronto fuimos interrumpidos por un señor de aspecto muy humilde; pero parado ante nosotros con tal determinación que nos impedía caminar. En su mano derecha una bolsa muy grande envolviendo algo que, a juzgar por el esfuerzo que hacía, era bien pesado.

Con su mano izquierda, la que estaba libre, empujó la punta del sombrero hacia arriba dejando ver su rostro. Tardó unos segundos esperando inútilmente ser reconocido, hasta que él mismo rompió el silencio; y dirigiéndose a mi primo: -Doctor, ¿no dijo usted hace muy poco que desearía comer platanitos manzanos?-.

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-En efecto, yo lo dije- respondió resueltamente el médico.

-Entonces aquí tiene- diciendo esto el hombre, introdujo una mano en la bolsa y extrajo un enorme racimo, tan lindo que; de haberlo visto Cristóbal Colón, hubiera dicho: “¡Estos son los plátanos más hermosos que ojos humanos hayan visto!”.

Pensando mi primo que el individuo se trataba de un vulgar vendedor, de los que todos los días pululan por allí, le respondió al hombre: -Muy bien, ¿cuánto debo pagarte por eso?-.

A lo que el sujeto, con lágrimas en los ojos, respondió: -No doctor, ya veo que no me recuerda; pero lo cierto es que una noche traje a mi madre muriéndose a este hospital de Jovellanos, no quedaban camas disponibles para ella, por lo que tenían que trasladarla a la ciudad de Matanzas. Entonces usted la examinó y dijo que no soportaría el viaje y le cedió una de las camas suyas, destinadas sólo para cirugía, y la atendió personalmente. Gracias a Dios, que puso a usted en nuestro camino, mi madre se salvó- Se detuvo un momento para secarse las mejillas, surcadas por un manantial de agradecidas lágrimas y después continuó: -Sé que esto no paga lo que usted hizo por mi madre; pero es una forma de mostrarle mi gratitud-.

Yo estoy casi seguro que el hombre no tenía en su casa el racimo de plátanos aquel día; pero al oír que ése era el deseo del médico de quien estaba infinitamente agradecido, salió a buscarlo al precio que fuera necesario.

Una vez más este médico; haciendo el bien sin mirar a quien, se había hecho recipiente del viejo refrán. Y Dios, que no es deudor de nadie, le correspondió dándole cumplimiento a Proverbios 19.17: A Jehová presta el que da al pobre, Y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar.

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Mi querido lector que hoy entra a estas páginas, no ha sido obra de la casualidad llegar hasta aquí. Usted está llamado a hacer el bien sin esperar nada a cambio. Pero hágalo, como el cirujano, olvidando lo que hizo; porque Dios, que todo lo ve, no lo olvidará.

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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