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Devocionales Cristianos… Honrado y agradado

Devocionales Cristianos… Reflexiones Cristianas

El viejo Doroteo fue hijo de esclavos, en su más tierna infantilidad, quien pudo ver los horrores de la esclavitud en sus propios padres. Pronto, y antes de llegar a la adultez, Cuba fue libre y él logró disfrutar de la libertad por el resto de su vida.

Pero no por los viejos y desagradables recuerdos, aquellos que marcaron huellas irreparables y provocaron amargas lágrimas que surcaran sus mejillas; albergó jamás resentimiento, envidia u odio. Por el contrario, su conversación era alentadora e instaba a ser trabajador y honrado. Nunca podré olvidar aquella historia que me contaba, de la cual no fue protagonista; pero sí un testigo presencial de que el hombre honrado, a Dios agrada.

Me narraba Doroteo, la historia de Magdaleno y su hijo, quienes eran libres y muy honrados; sin embargo, terriblemente azotados con el despiadado látigo de la pobreza, cuyos golpes más fuertes se hacían sentir a la hora de la mesa, cuando los platos se limitaban a un caldo de raíces, acompañados de un triste pedazo de pan. En ese momento, ambos oraban por los alimentos y después el hijo miraba al padre en silencio y con respeto; pero este último identificaba la mirada del pequeño con la siguiente interrogante: -¿Tendremos un día, papá, un platillo mejor?

A Don Magdaleno, ese bocado diario no le hacía buena digestión, no por lo poco que era, sino por la mirada compasiva del hijo; pero que él la entendía reprobadora, por cuanto se veía incapaz de proveerle de una mejor alimentación. Y así, día tras día, se enfrentaba a las consecuencias de la pobreza con dos armas: una, el amor al trabajo que en un futuro le haría progresar, y la otra, la honradez que le dejaría como ejemplo al menor. Mientras tanto, el látigo de la pobreza golpeaba sin piedad, hasta el día que pegó con un cascabel en la punta.

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Llegó Magdaleno a la panadería temprano en la mañana, a comprar el pan del desayuno, cuando sintió que lo halaban por un brazo. Era Rufino, un vecino suyo que le decía: -Magdaleno, mi familia y yo nos vamos de este pueblo, estoy vendiendo mi yunta de bueyes por tres monedas de oro; pero a ti te la dejo en sólo dos, porque la quiero dejar en buenas manos, y quien mejor que tú, que sin dudas, eres el hombre más honrado de este lugar.

A esta proposición Don Magdaleno respondió sin detenerse: -Te lo agradezco Rufino; pero no puedo. No tengo eso siquiera.

Acto seguido entregó al panadero justamente los centavos que costaba el pan y cuando fue a tomarlo de la canasta, éste le dijo: -¡Aguarda Magdaleno, tengo hoy un pan especial para ti!- Fue a la parte de atrás de la panadería y regresó con un pan que , efectivamente, se notaba más fresco que los que estaban puestos al frente.

Ya en la casa, Magdaleno con su hijo a la mesa, cortó el pan en cuatro pedazos para desayunar; pero grande fue su asombro, cuando vieron caer del pan, dos monedas de oro. Entonces el hijo exclamó: -¡Padre, ahora sí hemos arreglado nuestras vidas, ya tenemos para comer mejor!

-No hijo- Respondió el padre -esas monedas son del panadero que se le cayeron cuando estaba elaborando el pan, y yo te he enseñado que lo que no es suyo, debe devolverse.

-Tiene razón usted padre- Reflexionó el hijo -me he dejado llevar por la emoción. Regresemos a la panadería a devolverlas.

De regreso a la panadería, se adelantó el panadero diciéndole: -Sabía que ese pan le gustaría mucho Don Magdaleno, ¿seguramente viene por otro, eh?

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-No señor panadero, dentro del pan encontré estas monedas que se le cayeron a usted en la elaboración, vengo a devolvérselas.

-Don Magdaleno- Replicó el panadero -acaba usted de demostrar que realmente es el hombre más honrado del pueblo; pero no, a mí no se me cayeron las monedas, yo las introduje en el pan a propósito.

Vaya donde Rufino y compre la yunta de bueyes, cuando estos den lo suficiente, entonces me las devuelve.

El viejo Doroteo me enseñaba con su lección, que no sólo para agradar a Dios debemos ser honrados; sino también ante los hombres para ejemplo y buen testimonio, por cuanto la Biblia dice: procurando hacer las cosas honradamente, no sólo delante del Señor sino también delante de los hombres. 2 Corintios 8:21.

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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