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Devocionales Cristianos.. La pluma blanca

Devocionales Cristianos… Reflexiones Cristianas

Sentado en aquel viejo bar donde solía disipar las penas copas tras copas y escuchando las canciones apropiadas a la situación que atravesaba; Rubén, esta vez, saboreaba una bola de helado como si fuera lo último que haría en su vida.

Se llevó la cucharada final a la boca y la disfrutó por un largo rato. Tomó su sombrero de ala grande con una pluma blanca al estilo de Cyrano de Bergarac, y arrancándole la pluma dijo: -Roxane, tengo mi capa, mi espada y aun mi vida; pero para qué las quiero si he perdido mi honor. -Se puso en pie y encaminó sus pasos a la puerta haciendo mutis por el frente.

¿Cuánto pesar en aquel caballero que se le derrumbaba la vida como a un edificio castigado por un terremoto? ¿Cuántas ideas iban y venían a su mente? Mas para todas ellas encontraba sólo una respuesta consoladora: el suicidio. Por fin, abre la puerta de salida y ya se retiraba cuando alguien lo detiene y le dice: -Amigo, ¿sabías que Cristo te ama? -y acto seguido le entregó algo así como un tratado que Rubén aceptó por pura cortesía; pero sin la menor intención de leerlo porque para él ya no había consuelo.

¿Qué podría haber en la cabeza de este hombre que nada lo detenía a tomar una determinación tan descabellada? Pues bien, nada, aparentemente, lo detenía.

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Llegó a su automóvil que estaba aparcado a pocos pasos de allí, con un gesto maquinal abrió la puerta y quedó sentado delante del volante. Colocó el sombrero sobre el asiento del pasajero y a su lado, la pluma blanca y el tratado.

Fue a poner en marcha el carro; pero algo lo detuvo: -¿Qué dice ahí? –se preguntó a sí mismo y continuó –Déjame leerlo nuevamente en mis propias manos. –Tomó el tratado y pudo ver que estaba escrito en letras muy grandes lo siguiente: CRISTO ES LA ESPERANZA.

Este hombre que no había encontrado nada que lo detuviera a quitarse la vida, fue detenido y estremecido al leer cuatro palabras que encierran una frase de consuelo. –¡Una esperanza! –murmuró –Eso es precisamente lo que yo he necesitado y no he encontrado.

Continuó buscando y más abajo encontró esto: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Juan 11:25.

Se ensimismó en el tratado y con voracidad lo leyó completamente sin ignorar una línea. Después revisó las partes que más connotación le causaron y donde, por su puesto, le llegó una luz de esperanza. Sacó la llave del interruptor, abrió nuevamente la puerta y se dirigió de regreso al lugar del hombre de quien recibió lo que nunca esperó.

Pero para su sorpresa, éste ya no se encontraba. Dejó que la vista se deslizara a todo lo largo de la acera y allá, muy lejos, distinguió una figura bastante parecida a la del afortunado personaje quien pusiera en sus manos algo que le regresó una esperanza que parecía haberse esfumado para siempre.

No reparó en su automóvil, y se echó a correr por la acera, tropezando de cuando en cuando con algún transeúnte; pero sin reparar en ello. Su objetivo estaba trazado: alcanzar su mensajero de vida, porque creía haberla hallado.

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Una vez al alcance de él, lo tomó por el hombro derecho y lo hizo girar sobre sus talones hasta ponerlo de frente. -¡Oiga! –le dijo –usted me ha entregado esto, y con ello una luz. Quisiera que me respondiera esta pregunta -¿Por qué dice que Cristo es la esperanza?

-Muy sencillo –respondió humildemente el caballero –un día yo quería quitarme la vida y Cristo me dio la esperanza de vivir y servirle para que otros tengan la misma oportunidad que a mí me dio.

-Pues anótame en la lista de los servidores –dijo Rubén -porque conmigo él acaba de rescatar uno más. –Y al instante se puso el sombrero con su respectiva pluma blanca, aquélla que le devolvía su honor.

Estimado amigo lector, ¿qué poder habrá en la palabra de Jesús para que un suicida cambie su padecer de un segundo para otro? Pues mucho poder y mucho amor. Si usted hoy está pasando por una situación que le amenace su estabilidad en cualquier área de su vida, antes de proceder por su cuenta, tómese unos instantes de reflexión, que Cristo le puede sacar de ella.

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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