Devocionales Cristianos… La moneda del pachuco

Devocionales Cristianos.. Reflexiones Cristianas

Frank era, sin dudas, todo un pachuco. Su padre nunca lo fue, se había incorporado al período de los 1960s donde los pachuchos, después de su juventud, se acogieron al estilo cholo; pero él quería ser como su abuelo quien en los años de 1935 a 1945 se jugaba la vida en la calle entre las pandillas que pululaban y fortalecían el pachuquismo en ciudades de Texas y California.

Sin embargo, Frank, tenía un gran corazón, tal vez heredado del noble cholo de su padre, y cuando lo hacían entrar en razones, se comportaba como un digno caballero.

Aquel día salía de la Universidad Internacional de la Florida donde estudiaba un bachillerato en administración. Se distinguía fácilmente por su sombrerito de ala corta, una camiseta blanca y sobre ésta los tirantes que sujetaban el pantalón de sus hombros.

Los dos dedos pulgares asidos a estos tirantes y los ochos restantes descansaban en dirección hacia abajo. Los codos hacia fuera y a cada uno se encadenaba con el brazo de una muchacha, la de la izquierda era blanca y rubia y la de la derecha de pelo negro, lacio y la tez de color canela.

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Frank caminaba con pasos ligeros y firmes que casi arrastraba a las jóvenes. Su cuerpo echado algo hacia atrás y su mirada fija hacia delante. Caminaban los tres por la zona de aparcamiento de la universidad, hasta llegar al automóvil.

Con la llave en mano, Frank se disponía a abrir la puerta, cuando advirtió que el cristal de la ventanilla del conductor estaba hecha trizas sobre el asiento. Sin pérdida de tiempo, revisó minuciosamente todo el interior del coche, por si un posible robo fuera la causa del hecho.

Nada faltaba, excepto una de las cinco monedas que guardaba en el portamonedas para pagar el peaje al tomar la autopista. Entonces dialogó con sus compañeras la siguiente conclusión: -Evidentemente el que hizo esto, no es un ladrón.

Ha roto una ventanilla sólo para llevarse una insignificante moneda. Ha sido alguien que tomó una venganza. Y al tomar la moneda y dejando lo demás intacto, me está enviando un mensaje para que le pague con la misma moneda, si es que tengo valor.

Se miró la parte inferior de su antebrazo derecho, donde tenía un tatuaje idéntico al de su abuelo, y dijo: Encontraré al ofensor y le pagaré con la misma moneda.

-No Frank –interrumpió la rubia con un dulce semblante –tal vez se trata de alguien que accidentalmente te rompió el cristal y temeroso de lo que pudiese pasarle, se fue sin decir nada.

-No lo creo así –respondió la otra airada –de haber sido un accidente no tenía por qué llevarse la moneda. Frank, tú estás en lo cierto. Seguramente fue un americano descendiente de padres odiadores de pachuchos que te ha identificado como tal, y quiere cobrar viejas cuentas. No te quedes con esa ofensa, porque te hará imposible la vida

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La rubia fue a intervenir nuevamente; pero Frank la interrumpió: -No hay más que hablar, ese hombre está muerto.

Había transcurrido un mes de aquel incidente sin que Frank encontrara algún indicio, y en todo este tiempo, la rubia se las arregló para ablandarle el corazón, a quien venía de una familia de, pachuchos y violentos algunos y cholos y nobles otros; pero honrados y decentes todos, sólo que con diferentes perfiles de la vida.

También hubo tiempo para que la de la tez color canela entendiera que el bien, era mejor consejero que el mal, y al final, entrara en razones. Frank hubo de reparar la ventanilla de su coche y todo fue olvidado.

Salían los tres de la universidad, y como de costumbre, enlazados por los codos. Frank iba al centro, con su mirada fija hacia el frente y llevando su orgullosa vestimenta de pachuco. Al llegar al coche intentó abrir la puerta; pero de pronto se detuvo exclamando airado: -¡Otra vez me rompieron el cristal de la ventanilla!

Se hizo un silencio, la de la tez color canela se encolerizó. La rubia no encontró sitio donde ocultar su cara. Frank consiguió controlar sus impulsos y al fin abre la puerta. Nada faltaba en esta ocasión, al contrario, había un sobre entre los vidrios.

Él lo tomó y extrajo una nota que decía: “Hace apenas un mes, al aparcar junto a tu automóvil, pude ver a través de la ventanilla una moneda que es una antigüedad y valorada en un millón de dólares. Sabiendo que la echarías en la alcancía de algún peaje, decidí tomarla y compartir el premio entre los dos. Te adjunto un cheque de quinientos mil dólares que pienso sea suficiente para pagar los daños que te causé. Cordialmente, un amigo anónimo”.

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Los ojos de los tres jóvenes centellearon de emoción. Frank, más tranquilo ahora, dijo: -Mi abuelo fue honesto y bueno; pero violento. Mi padre es honesto, bueno y calmado e insiste en que la violencia y la venganza no son las mejores respuesta y desde que fui un niño me ha leído esto, que ya de memoria lo sé: “Oíste que fue dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra.»  Mateo 5:38-39.

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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