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La media naranja

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Contemplaban un claro y precioso día un padre y su pequeño hijo, al tiempo que caminaban por el campo. Mientras paseaban, el niño no cesaba de hacer curiosas preguntas: -¿Qué pájaro es ese que canta tan lindo papá?

-Es un sinsonte hijo. Su canto es encantador; pero tranquilo que conozco tus intenciones, a él no le gusta el cautiverio.

No habían caminado cien metros más cuando el niño vuelve a preguntar insistentemente: -¿Y qué árbol tan alto es ese que sobresale por encima de los demás?

-Es el cocotero, sus frutos dan el agua más refrescante que se pueda beber; pero ni lo pienses, están a tal altura que nos es imposible alcanzarlos, aunque muramos de sed.

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Y entre preguntas del hijo y evasivas del padre, avanzaban maravillándose de la obra perfecta de Dios y cómo todo fue hecho con exquisito gusto y propia finalidad. Así caminaron, y caminaron mucho, y ya la sed se hacía insoportable, cuando de pronto el niño se detuvo: -¡Mire hacia la derecha papá!. Aquellos melocotones tan hermosos pueden calmarnos la sed.

-No son melocotones hijo, sino naranjas. Estamos en presencia de una gran plantación de cítricos.

-Papá, vamos a pedir algunas naranjas, ya no podemos más con esta sed.

-Sí hijo, esta vez te complaceré; pero que conste, sólo pediré una naranja para ti.

-De acuerdo papá. –Dijo esto el pequeño y ambos se encaminaron a la puerta del naranjal donde el portero los recibió cordialmente: -Buenos días, se les ofrece algo señores.

-Sí señor –respondió con firmeza el padre –Venimos desde muy lejos y mi hijo tiene mucha sed, ¿sería usted tan amable de regalarme una naranja para calmarlo?.

-¡Hombre, claro que sí, entre y escoja todas las que desee, con la condición de que al regreso me deje la mitad de la cantidad que traiga más una media naranja, usted sabe, esa media naranja se la doy a probar a los compradores y del resto de las enteras, le doy algunas para que lleven a casa, vamos, es una forma de hacerle promoción a lo que ofertamos.

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-Me parece muy bien –dijo el padre adentrándose a la plantación y habiendo caminado muy poco, encontró otra puerta con un nuevo portero que le hace la misma proposición, la mitad de la cantidad que traiga y una media naranja más, a quien él le respondió que todo estaba bien.

Cuando creyó que ya estaba dentro del naranjal, encuentra una tercera y última puerta con su respectivo portero haciéndole la ya conocida proposición, la mitad de la cantidad que traiga y una media naranja más. Entonces él, antes de acceder, le dijo al portero:

-Todo lo puedo hacer; pero ahora soy yo quien hace esta proposición: -Le daré a cada uno lo que me pide, la mitad de la cantidad que traiga y una media naranja más, sin necesidad de cortar ninguna naranja en dos mitades y además, retirándome con sólo uno de los frutos, el que pedí en un principio; con la condición de que no usen las naranjas que les entrego para hacer promoción, sino para regalarlas a niños que vengan con sed como el mío.

El portero de la puerta tres levantó el teléfono y se puso en acuerdo con los otros dos. Volviéndose al padre le dijo:

-Sí aceptamos, estamos ansiosos de ver cómo darás medias naranjas sin cortarlas y cómo te harás para salir con una, al final de la repartición.

El padre tomó una bolsa y entró dispuesto a cumplir con lo prometido. Media hora más tarde, regresó a la puerta tres y ante el portero vació la bolsa contando quince naranjas y acto seguido dijo:

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-Son quince en total; pero la mitad de quince es siete y medio, más media naranja que se debe agregar hacen ocho. Tome ocho y me llevo siete.

Tomó su bolso y se dirigió a la puerta dos seguido por el curioso portero de la puerta tres. Una vez allí le dijo al portero:

-Aquí traigo siete naranjas, la mitad de siete es tres y un medio; pero al agregar media naranja como está establecido, hacen un total de cuatro naranjas. Te dejo estas cuatro y me llevo las restantes tres para la puerta uno.

Llegó a la puerta uno escoltado por los curiosos porteros de la tres y la dos. Allí desembolsó las tres últimas naranjas diciendo:

– Traigo tres, te doy la mitad, que es uno y un medio; pero como debo darle además media naranja, si a uno y un medio se le suma otro medio, hacen un total de dos. Entrego dos y me voy con una, que en definitiva fue lo que pedí. Ahora queda por ustedes la otra parte del acuerdo.

El padre le dio la espalda a los tres porteros, que quedaron atónitos, para dirigirse a su hijo sediento que le esperaba para chuparse la naranja, cuando uno de ellos lo detuvo por un hombro:

-¡Oiga, un momento!. Usted cumplió todo al pie de la letra y ha demostrado una honradez intachable llevándose sólo la naranja que pidió. Por otra parte su compasión es grande cuando deja las restantes catorce para el pobre que no puede comprarlas.

Mire, esa cuenta la podemos pagar nosotros que tenemos mucho más. Llévese las quince naranjas porque ha pensado en el que no tiene y pensándolo bien, A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar. Proverbios 19:17.

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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