La oración, un arma poderosa

Mensajes Cristianos.. Devocionales Cristianos

Agradezco la gentileza de mi amigo Jorge Meléndrez (a quien admiro mucho por el perfil de los temas que publica en sus editoriales en el periódico Noroeste, en Culiacán, México) por permitirme que yo, humildemente y con todo respeto, traiga uno de sus temas a mi editorial semanal de estas páginas.

Lo que sucedió aquel día en un lugar del mundo, es algo que hemos escuchado de forma similar muchas veces y que no tiene mayor importancia porque todo queda en tinieblas y en ocasiones pensamos que ha sido pura imaginación del portador de semejante testimonio; pero como Dios no deja nada inconcluso y es de su agrado el testimoniar lo que hace en nuestras vidas, para que nadie se gloríe y entreguemos la gloria y la honra a quien sólo pertenece, a Él, veamos Cómo empieza y cómo termina esta historia.

Se dice que un misionero de una congregación cristiana de Michigan, prestaba servicios en un pequeño hospital de una zona rural en África. Como parte de su ministerio, debía ir en bicicleta cada dos semanas a la ciudad más cercana a buscar provisiones y medicamentos. El viaje le tomaba dos días y una noche. Por lo que tenía que acampar y dormir a mitad de camino en la selva, para continuar el viaje el siguiente día.

Cuenta que en una de estas travesías, vio en la ciudad dos hombres peleando y uno de ellos quedó bastante herido. Él lo atendió y lo curó para después regresar al hospital, tomándole también dos días de viaje con la noche de descanso en el punto medio del camino.

A las dos semanas, el misionero viene de nuevo a la ciudad, y a penas llegó a ella, para su sorpresa, se tropieza con la persona que había socorrido la vez pasada. El hombre lo llamó confidencialmente y le dice: -Tengo que contarte esto, porque de otro modo no me sintiera verdaderamente arrepentido, el día que tú me atendiste, noté mientras lo hacía que llevabas dinero y otras cosas de valor. Sabiendo que tendrías que acampar en un punto del camino, me confabulé con otros, para atacarte cuando descansabas y robarte aún matándote si fuera necesario; pero al llegar al lugar y ver los veintiséis hombres armados hasta los dientes que te esperaban para protegerte, vimos que era imposible y decidimos retirarnos sin que nada pudiéramos hacer. Ahora, algo me ha llamado a la reflexión y me siento tan arrepentido que te lo estoy contando para solicitar tu perdón.

El misionero se quedó sorprendido; pero pronto se relajó y le dijo: -Sin dudas yo te perdono, ahora bien, conmigo no había nadie-.

-Sí, eran veintiséis hombres y se lo puedo asegurar porque mis compañeros también lo vieron- concluyó el hombre.

Pasado un tiempo de esto, el misionero viene de vacaciones a Michigan, y en uno de los servicios de su iglesia, da este testimonio; pero sin darle mayor importancia, al tiempo que es interrumpido por uno de los miembros de la congregación: -Hermano, ¿podrías darme la fecha de ese incidente?-. El misionero se la dio y entonces continuó el hermano congregado: -Mira, ese día aquí era de mañana y yo que iba en ese momento a practicar deportes, sentí un llamado de orar por tí en grupo e invité a todos los hermanos que encontré y oramos por varias horas porque ellos sintieron, como yo, una gran carga por tu vida en África-. Hasta aquí todo parece muy normal; pero la gran confirmación de que la mano de Dios estuvo en esto, se produce cuando el hermano que oró le dice al misionero -Te voy a presentar todos los que me acompañaron en aquella oración por ti. A ver hermanos, ¿pueden ponerse de pie?-. Todos quedaron atónitos cuando se contaron veinticinco personas que sumándole el hermano que hizo la solicitud de oración, hacían los veintiséis hombres bien armados que puso el Señor para defender al misionero.

Verdaderamente impresionante, no cabe duda que la oración es un arma poderosa de la cual nuestro Señor Jesucristo dijo:

Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos.- Mateo 18:19.

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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