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¿Las apariencias engañan?

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La experiencia de la vida nos ha mostrado que cuando observamos superficialmente las cosas, finalmente, no resultan afín con el juicio que nos hicimos de ellas. Generalmente cometemos muchos errores que, si no nos traen un gran problema, nos causan por lo menos un dolor de cabeza.

Una persona que se acercaba a la orilla del mar, para contemplar la blanca y bella espuma que se levanta producto del mover de las olas, no fue lo suficientemente profundo para ver que la siguiente, con una altura que parecía una montaña, terminó bañándolo. -Sin embargo, la espuma era hermosa-. Decía él.

Otra persona que secundaba a alguien que abría una botella de sidra, la curiosidad lo llamó tanto, que no fue lo bastante observador como para ver que su cara estaba en dirección con la botella, resultado: el corcho al dispararse terminó apagándole un ojo. No obstante, él afirmaba que el acto despertaba curiosidad.

Un profesor de medicina en una clase le decía a sus estudiantes que para ser un buen cirujano, era necesario tener un buen ojo clínico y un estómago a toda prueba. Y para hacer una demostración de lo que acababa de decir, se dirigió a un cuerpo, ya en descomposición, le introdujo un dedo y después de sacarlo, comenzó a lamerlo.

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Acto seguido preguntó si había alguien capaz de repetir lo hecho por él. No faltó un valiente sin escrúpulos que se llegara al estrado y repitiera la hazaña de su profesor. Entonces éste le dijo a su discípulo: -Sin dudas tienes un estómago a toda prueba; pero de ojo clínico, nada. Porque yo introduje el índice y lamí el del medio, y tú, no fuiste tan observador como para notarlo.

Cuando se le preguntó a cada una de estas personas por separados, todos alegaron que no existía ningún problema, y agregaron: -Lo que pasa es que las apariencias engañan.

Y esto me recuerda aquello del escritor mexicano José Rosas Moreno que se titula “EL NIÑO, LA ROSA Y EL CARDO” y que dice:

Al cruzar un bosque umbroso,

un niño vio cierto día

una rosa que se abría

cerca de un cardo espinoso.

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Audaz el niño, anhelando

tener a la rosa bella,

corrió al instante por ella,

al rudo cardo apartando.

Mas la rosa purpurina

objeto de aquel cariño,

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la blanca mano del niño

hirió con aguda espina.

“Que me hiriera no creí”,

llorando el niño exclamaba;

y el padre que lo escuchaba

le dijo amoroso así:

“Niño, escarmienta y no llores,

en el mundo engañador

más que al cardo punzador

debes temer a las flores”.

Si se le hubiera preguntado al niño, estoy seguro que respondería que nunca pudo imaginar que una rosa tan linda, lo fuera a traicionar así, y que por su puesto, las apariencias engañan.

Cuando Judas se desarrollaba dentro de los apóstoles y hacía por la espalda sus fechorías con las finanzas, el resto de los discípulos lo creían uno más de ellos. Mientras que Jesús, que lo observaba por dentro, sabía qué estaba haciendo y también qué se proponía.

Mi conclusión a lo largo de estos hechos y de otras experiencias de la vida, es que, no son realmente las apariencias las que engañan; sino UNA MALA OBSERVACIÓN.

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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