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Orando y creyendo se recibe

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Me preguntó el viejo Doroteo, hace muchísimos años, -¿tú crees en milagros?  Me preguntó el viejo Doroteo, hace muchísimos años, -¿tú crees en milagros? –Yo le respondí que sí; pero que nunca había visto alguno. Entonces me dijo: -Pues te contaré algo para que te sorprendas.

Sólo un cliente se encontraba en la carnicería, aquel día temprano en la mañana. Su pequeño hijo, sentado sobre el mostrador, aprovechaba que el carnicero conversaba incansablemente, para jugar con la balanza que pesaba las carnes que se vendían. El carnicero no le daba oportunidad al hombre, le parecía que si lo dejaba hablar, éste pronunciaría la despedida que diera lugar a un aburrido día sin ventas, y para retenerlo, ni siquiera le llamaba la atención al niño que manejaba la pesa a diestra y siniestra.

Hubo un momento que la conversación se detuvo. Entraba una humilde mujer y en el acto el carnicero le preguntó: -¿Desea usted algo señora?

-Sí, dos libras de huesos de res, para hacer sopa.

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Cuando el carnicero iba a cortar los huesos, ella interrumpió: -Un momento, yo no traigo dinero; pero mi hijo está con mucha fiebre, tiene frío y quiero darle algo que lo caliente. Si usted fuera tan amable y me permitiera pagarle la semana que viene.

-Señora, lo siento mucho; pero en mi negocio no se da nada a crédito. Paga en el momento o no puede llevar la mercancía.

La mujer bajó la cabeza turbada y unas lágrimas corrieron por sus mejillas. Giró sobre sus talones para retirarse, al tiempo que el hombre que conversaba con el carnicero dijo: -No se retire señora, yo pago por lo que usted compre –y le ordenó al carnicero –póngale las dos libras de huesos que yo pago.

El carnicero de mala gana y sin poder contener el resentimiento le dijo a ella: -Mire señora, yo le daré más aún, tome este papel y este lápiz. Escriba en él todas las libras de hueso que desee y sitúalo sobre esta parte de la balanza en lugar de las pesas. Por la otra parte yo pondré tantos huesos como las libras que usted haya escrito en el papel.

El carnicero planeaba una irrespetuosa burla, sabía que al depositar la menor de las astillas de hueso sobre el otro extremo de la balanza, pesaría más que el papel. De manera que lo que la humilde mujer llevaría a casa, sería justamente una astilla de hueso.

Pero ella no se amilanó, miró hacia arriba, como quien orara en silencio. Después escribió sobre el papel que puso sobre la correspondiente parte de la balanza.

El carnicero, con alevosía, colocó una pequeña astilla de hueso sobre el plato de la balanza; mas el dial permaneció inmóvil. Puso dos astillas más y nada. Entonces colocó un hueso con carne y nada. Dos huesos con carne más y el aparato mostró estar completamente balanceado.

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El carnicero muy asombrado, empaquetó los huesos y se los entregó a la señora, quien antes de retirarse se dirigió a los dos hombres y dijo: -A ustedes les doy las gracias; pero mi corazón es de Jesucristo.

El cliente, más sorprendido que el carnicero, le dijo a éste, después que la señora se había retirado: -Por favor carnicero, compruebe su balanza.

El carnicero miró minuciosamente la balanza y una maliciosa sonrisa apareció en sus labios cuando comprobó que el niño había alterado el dial de la balanza en dos libras. Entonces exclamó: -¡Vaya, vaya! Conque Jesucristo. Mejor que le dé su corazón al niño que le regaló las dos libras de huesos. Déjame ver cuántas libras pidió en el papel.

Tomó el papel arrancándolo de un tirón; pero sus ojos parecían salirse de sus órbitas cuando pudo leer algo que no era un número de libras de huesos, sino una oración, o más bien un ruego que decía: “SEÑOR JESÚS, TÚ MEJOR QUE YO, CONOCES MI NECESIDAD, TE RUEGO QUE TÚ SEAS QUIEN PONGA LAS LIBRAS DE HUESOS”.

Mi querido amigo lector, ¿crees tú en los milagros? La historia narrada no es más que uno de los tantos ejemplos que muestra que cuando se pide en oración y se cree de verdad, se recibe. Y TODO LO QUE PIDIEREIS EN ORACIÓN, CREYENDO, LO RECIBIRÉIS. Mateo 21:22

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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