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¿Por qué sobrios?

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La casa de mi madre es una de esas antiguas y muy grande que tiene las habitaciones alineadas, es decir, primero la sala, la saleta y el comedor, le siguen los dormitorios, después viene la cocina y por último el baño y al costado de estas habitaciones hay un largo pasillo que hace de patio.

Entre una y otra cosa la casa es tan grande que el frente da a una calle y la parte de atrás a otra calle, por donde yo entré aquella tarde cuando sólo contaba veinticuatro años de edad.

Yo venía de haber bebido unos tragos compartiendo con algunos amigos y una vez en la cocina, mi madre me dijo:

-Ahí está la comida, tómala y come que la familia está reunida en la sala- Como era mi costumbre comer en la cocina cuando lo tenía que hacer solo, me serví arroz blanco, potaje de frijoles, toda la carne que quedaba y ensaladas.

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Un gato desde el pasillo me miraba y yo pude interpretar que quería compartir conmigo la cena mas ignorándolo me dispuse a comer, cuando de pronto noté que me faltaba el agua en la mesa.

Hice algunas cosas en la cocina, entre ellas buscar por alguna jarra que tuviera agua fría y no consiguiendo nada, pasé entre los dormitorios hasta llegar al comedor que es donde está la nevera y una vez con el agua regresé a la cocina para definitivamente saciar mi apetito. Pero para mi sorpresa la carne no se encontraba en el plato.

Miré hacia el pasillo y allí vi al gato como quien se hubiera adelantado a mi invitación. Algo turbado por el efecto del alcohol, no pude contenerme ante el desafío que la osadía del animal me proporcionaba. La ira me cegaba y el deseo de venganza era la consecuencia.

Me hice de una pequeña hacha, deposité un poco de comida a mi lado en el piso y ahora fui yo con mi mirada quien invitó al gato para que me acompañara. Él, a mi juicio, con más hambre todavía, respondió a la invitación y a lengüetazos comenzó a devorar lo que le brindé.

Levanté con cuidado el hacha, porque yo estaba cegado de venganza y el alcohol empeoraba la situación, dispuesto a descargarla contra el cuello del infeliz animalito.

Esta era la única manera que yo había encontrado para hacerle pagar al gato por su mal hábito de robar y cuando fui a ejecutar la acción que le pondría fin a su vida, sentí que algo me detenía la mano y me llevaba a la reflexión, entonces me pregunté: -¿Por qué hacer esto, si el tonto he sido yo, por dejar la carne a la merced del gato, sabiendo que los gatos son ladrones?-

La respuesta a mi pregunta no necesitó de palabras, me la dio la ecuanimidad que vino a mí haciéndome comprender el crimen que iba a cometer por mi descuido. Ya más calmado comí la comida sin la carne; pero con conformidad.

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Al terminar, todavía tenia hambre y decidí servirme nuevamente. Abrí la olla de arroz y quedé atónito al ver que la carne estaba allí. La razón es muy sencilla, entre las cosas que me puse a hacer antes de salir a buscar el agua, guardé la carne en la olla de arroz; pero el efecto del alcohol me hizo perder la memoria momentáneamente y la mejor salida fue culpar al gato.

Me senté a comer de nuevo y esta vez con la carne; pero al gato había que darle una satisfacción. Miré para él y vi como si la esperara, entonces partí la carne en dos partes iguales y le ofrecí una. Él la aceptó y así como dos buenos amigos terminamos aquella cena.

El relato, que fue un suceso real, demuestra cuántas torpezas se cometen cuando no somos sobrios ni capaces de soportar con tranquilidad las ofensas o aflicciones. Recordemos 2 Timoteo 4:5 que dice: Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.

El por qué de ser sobrios se debe al llamado que nos hace El Señor a estar vigilantes ante los señuelos que nos pone el enemigo para desviarnos la atención hacia Dios, hacia lo correcto y hacernos caer en errores que muchas veces no podemos, por nuestra propia fuerza, repararlos.

Seamos sobrios y limpios para que el que es verdaderamente limpio de mano y puro de corazón, nos acompañe siempre.

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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